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El dilema de la piratería plantea diferentes puntos de vista. Enero 2002 ¿Un escándalo nacional?
Los vendedores de discos piratas ponen a prueba mi capacidad de asombro. Hasta hace bien poco, recuerdo haberlos visto en los alrededores de la madrileña calle Preciados aguardando que el reloj marcara las nueve de la noche --cuando, aparentemente, la presencia de la Policía Municipal disminuye-- para tapizar en segundos toda esa zona peatonal con sus mantas disqueras. Pero el otro día (laborable), subía por la Gran Vía a la hora de comer y empecé a contar los puestos de CDs. Cuando llegué a la tienda de Zara ya había perdido la cuenta y estaba convencido de que Madrid es como cualquier capital del tercer mundo: lo ilegal se desenvuelve con total impunidad, con completo descaro. Ya sólo falta que se vendan piso por piso... y llegaremos a verlo. Arremeter contra la piratería no te garantiza, lo asumo, muchas simpatías. La reacción de muchos de nosotros es reírse de los apuros de las discográficas, señalar sus contradicciones, recordar sus miserias pasadas y presentes. Y aflora ese impulso demagógico de proclamar --lo hacen hasta artistas tipo Fangoria-- que la música debe ser gratis o muy barata. Claro que sí: y también la comida y el alcohol, y las drogas, y la ropa de marca, y los taxis.... De cómo las empresas fabricaron horcas para colgar sus negocios discográficos Además, este infierno en que han caído las disqueras era previsible. Muchas de las compañías afectadas son parte de conglomerados industriales que llevan años vendiendo grabadoras de CDs o discos vírgenes. Como aquella anécdota apócrifa de Lenin, cuando proclamó que había que colgar a todos los capitalistas y un bromista le preguntó de dónde iban a sacar tantas sogas: "nos las venderán ellos, camarada". Así está ocurriendo: los fabricantes de "hardware" están acabando con el negocio de sus hermanas que venden "software" grabado. Aunque quizás ésa no sea una paradoja tan sangrante: la avidez de beneficios les hizo poner en el mercado las máquinas grabadoras antes de que se tuviera unos hipotéticos CDs protegidos. Y la Sony, por ejemplo, no puede renunciar a vender unas grabadoras si sabe que otras competidoras, sin intereses disqueros, van a inundar las tiendas con sus modelos. Las grandes discográficas no son empresas modélicas. Con la que está cayendo, siguen practicando el despilfarro más salvaje, al peor estilo de Hollywood o de los jeques petrolíferos. Viene el otro día Jennifer López a hacer un "playbaback" en los Premios Ondas y dar una conferencia de prensa... y se trae unos treinta acompañantes, que se alojan en el mejor hotel de Barcelona. Otro ejemplo de derroche --y lamento que se trate de otro artista de la misma compañía, ya que todas funcionan más o menos igual-- podría ser Michael Jackson. Su "Invencible" ha costado entre treinta y cuarenta millones de dólares. ¿Cómo es posible? Fácil: Michael encarga temas a todo productor que le llama la atención. Luego, con el "master" ya entregado y pagado, decide que no le gusta o no le encaja y ni llega a poner la voz (sólo Dr. Dre se ha negado a entrar en esta lotería). Jennifer no vende lo suficiente para permitirse esos lujos; lo de Michael se perfila como un pinchazo monumental. Y es inevitable que esos costosos caprichos sean pagados finalmente por el comprador de discos legales. Engordan la cuenta de gastos que sirven para que los disqueros afirmen que es imposible rebajar los precios. ¿Es ésa una posibilidad? Ciertamente, uno --que también compra discos, aunque reciba muchos de promoción-- cree que eso sería MUY, MUY deseable. Pero NUNCA podrán bajarlos hasta un precio que sea competitivo con los piratas, que ya han llegado al tres-piezas-por-mil-pesetas. Ellos no tienen que pagar gastos de producción, portadistas, autores, promoción, publicidad y los sueldos de todos esas personas que trabajan en una compañía... Maravilloso negocio. Un inciso: dado que el auge de la piratería demuestra que hay mercado para discos que se venden muy por debajo del PVP habitual, la industria podría replantearse --¡PERO NO LO HARA!-- las series baratas, pero ahora no únicamente para títulos de catálogo (tal como ocurre con los que se venden en carretera). Algo parecido a lo que se hace con los genéricos de farmacia, alimentación o detergentes, es decir, CDs sin lujos de presentación. ¡Oiga! Por lanzar ideas que no quede. ... y de paso, ahorcar también a las pequeñas disqueras De todos modos, un descenso de los precios oficiales tendría probablemente resultados fatales para las pequeñas compañías. Estas deberían seguir la pauta marcada por las multinacionales y pronto entrarían en la tierra de los números rojos. Las indies no se benefician de la economía de escalas que practican las grandes: tienen escasos márgenes y son extremadamente sensibles a cualquier encogimiento del mercado. Y el bajón de ventas es real. Cualquiera puede entenderlo: imagina a un melómano que va a su tienda favorita a comprar tal título. En el camino, se encuentra con una de esas mantas musicales y descubre que, ¡coño!, por el mismo precio, puede llevarse cuatro o cinco discos donde puede estar el que deseaba u ofertas similares. No nos engañemos: los piratas no atacan exclusivamente a los imperios discográficos. Roban a todos, grandes y pequeños, y ya no se limitan a los discos que entran en AFYVE. Acabo de ver que están vendiendo los últimos lanzamientos de Javier Ruibal, Capullo de Jerez y otros artistas de compañías diminutas. Así que vamos a ver --ya se aprecia, si sabes mirar-- el hundimiento de muchos sellos modestos o, en el mejor de los casos, la reducción de actividades a lo mínimo: el abandono de oficinas para instalarse en una vivienda, la renuncia a grabar a muchos artistas, la economía de guerra... ¿Y las grandes? No. Estas van a seguir: ya han hecho cuentas y han comprobado que pueden sobrevivir vendiendo una porción de lo habitual (hasta los piratas, a gran o pequeña escala, tienen que adquirir sus discos legítimos). Eso sí: habrá que despedir a mucho personal y restringir la producción (NI HABLAR de reducir los macrosueldos de sus altos directivos). Se olvidarán AUN MAS de trabajar músicas de espectro limitado --las étnicas, el jazz, la clásica, el rock alternativo, los novísimos...-- para concentrarse en lo que tenga un potencial comercial más evidente. No me estoy inventando nada: eso ha pasado en Argentina, donde los piratas habían machacado a discográficas de todo tipo antes incluso de que llegara la actual crisis económica. Y es lo que teme Moby que esté ocurriendo (ver recuadro). Razones para ser pesimista (parafraseando a Ian Dury)
De cualquier forma, me asombra que AFYVE y sus compañeras afectadas te abrumen con datos sospechosos (tan risibles, tan dudosos como los que suelen lanzar los organismos antidroga) y no tengan --o no compartan con la prensa-- un estudio minucioso del mercado paralelo. Convendría saber exactamente quién (edad, sexo, ocupación, residencia, gustos...) compra piratas y sondearle. ¿Adquiere también discos legales? ¿A qué precio estaría dispuesto a pagarlos? ¿Es mínimamente consciente del daño que está haciendo? El único estudio que conozco, limitado a los adolescentes del colegio Puig Castellar, es desolador, aun teniendo en cuenta el mínimo poder adquisitivo de los críos. Los jóvenes de Santa Coloma de Gramanet o Sant Adrià de Besòs sólo compran... ¡un 2 por ciento de discos legales! El 75 % de sus CDs son piratas; el 8 % son CDs copiados en casa, al igual que el 15 % restante, que son cassettes grabados a partir de CDs. Que conste: entiendo, cómo no voy a entender, a los clientes de las mantas. Personalmente, me ha costado resistir la tentación de hacerme por quinientas pesetas con copias de ese recopilatorio que sabes que sólo contienen uno o dos temas atractivos, de discos de esos artistas por los que siento cierta (no demasiada) curiosidad. Colega: Aznar es tu amigo. No le importa que compres discos ilegales Mi ira no va dirigida primordialmente contra los minoristas o los mayoristas de la piratería. Ni siquiera contra esos listillos que no tienen que correr ante los municipales porque se han montado el chiringuito de venta de copias en su bar, en su oficina o en su facultad. Lo que me indigna es la actitud del gobierno. Sotto voce, los responsables policiales explican que no van a desviar sus efectivos para combatir esa plaga mientras ETA siga matando. Absurdo razonamiento. Hace unos años, cuando te vendían tabaco rubio a doscientas pesetas la cajetilla en muchas calles, se decidió acabar con ese negocio y... ¡oiga!, se logró. Los impuestos del tabaco son una maravillosa fuente de ingresos y había que acabar con algo que pone en peligro a los estancos (Las tiendas de discos no se consideran centros de difusión cultural y nadie llorará por su cierre). Y es que el PP parece haber asumido que la industria de la música puede ser castigada, que no pasa nada grave. Tolera la venta callejera de piratas dado que da empleo a multitud de inmigrantes recién llegados que, piensan estas lumbreras, podrían dedicarse a otros delitos más graves. Pura especulación racista: alguien que compra los CDs a 200 ó 250 pesetas y los tiene que vender a 500, 400 ó 333 pesetas está claro que se conforma con la subsistencia, que nunca se atrevería a tareas más arriesgadas. No. No queda bonito detener a pobres negritos o latinos y quitarles los discos que ellos han pagado en firme. Pero ellos no deberían ser los objetivos principales. Lo asombroso es que no se les siga hasta llegar a esos pisos-almacenes donde se distribuyen los CDs. Y desenredar la madeja hasta los lugares donde se fabrican los putos discos. Igual ni era necesario tanto trabajo detectivesco: bastaría con vigilar los almacenes donde venden discos vírgenes al por mayor y centrarse en esos compradores que no tienen tiendas de electrónica ni justificación para adquirir 60.000 unidades. O controlar las importaciones paralelas, las que no pagan ni canon ni impuestos ni nada. Felices de vivir en el tercer mundo Todo redundaría en beneficio de las arcas estatales. Y nada. ¿Las razones? Me parece que subyace un menosprecio total por la música y su industria. Y pronto lo comprobaremos, cuando se popularice el DVD y se descubra cómo copiarlos barato y empiecen a venderse en la calle por una ridiculez. Apuesto a que entonces la industria del cine pondrá el grito en el cielo, La Moncloa acusará la presión y las diversas policías mostrarán una diligencia que ahora no se aplica dado que, ya sabes, son discos de música y, bueno, no hay nada malo en que se pongan al alcance de todo el mundo. Es el tercermundismo mental de nuestras autoridades. No he visto nada similar a la diaria escena de la Gran Vía madrileña en las calles principales de Nueva York, Berlín, París o Londres. Sí; en el mercadillo del Candem Town londinense encuentras cassettes y CDs ilegales, pero están en rincones poco visibles y parecen centrarse en sesiones de DJs o recopilaciones de jazz, funk, samba, salsa y otras músicas especializadas y bailables; allí nunca aparecen copias de discos que están en las tiendas. Si es el fruto de un acuerdo tácito entre pirateadores e industria-policía, resulta hasta admirable. Que conste que yo no tengo prejuicios contra los "bootlegs", los discos piratas que ofrecen material no disponible en el comercio: acabo de pillar cinco volúmenes de "Grabaciones extraviadas", con rarezas y colaboraciones varias de Andrés Calamaro. De relamerse. Todo lo anterior es la visión particular de quien firma. Para quien quiera una opinión totalmente contraria sugiero investigar en http://www.stormymondays.com/biblioteca/pirateria.php. Jorge Otero, de Stormy Mondays, ataca a la Mesa Antipiratería y recoge un estudio del economista David de Ugarte más testimonios de Nacho Escolar (Meteosat), Courtney Love, el productor Steve Albini y el creador de la FMP (Filosofía de la Música Libre). La inteligencia se hunde, la basura flota En España, el principal enemigo de la música grabada es el disco pirata callejero. Por lo tanto, mis quejas se han concentrado en ese tema. Pero también están los que piratean música a través de Internet. De siempre, el consenso de los enterados era que tales prácticas no afectaban seriamente a los artistas, ya que esos buscadores de la Red son fans que ansían tener rarezas o los discos antes de que salgan (luego, se decía y lo creíamos, se compran el CD oficial). Moby, el calvo de las maquinitas, cree que no es tan sencillo. Ha escrito un texto en el especial de música que la revista estadounidense "Details" publica cada año. Me voy a permitir citar fragmentos. Dice Moby que ha estudiado las listas de venta de "Billboard" y que ha descubierto "el síndrome de Pearl Jam": "Resulta que los fans de Pearl Jam tienden a dominar la informática. Cuando ese grupo --o cualquier otro que haga discos que se salen ligeramente de la norma-- saca un disco, pocos de sus fans llegan a comprarse una copia. Por el contrario, se lo bajan de la red o se lo tuesta un amigo. El resultado es que los discos de Pearl Jam ya no venden tanto como antes, igual que ocurre con los de otros grupos que se desvían ligeramente de la norma, y las listas se llenan de discos que compra gente técnicamente poco preparada. Y esos discos tienden a ser poco interesantes, poco inteligentes". Dice Moby que no tiene pegas contra la gente que compra música idiota, que ésa es su muy democrática elección. Asegura que le encanta que se escuche su música, aunque no haya pagado nada por ello. Pero advierte contra las consecuencias de ese consumo de música inteligente que queda fuera del radar de "Billboard": "Las compañías de discos miran a las listas de ventas y ven que la música inteligente no vende tanto como antes. Entonces, salen y fichan música tonta creyendo que eso es lo que quiere la gente (...) Así que la próxima vez que oigas algo terrible, obvio, lleno de clichés, y te preguntes '¿a quién le gusta esta basura?, ¿cómo es que están promocionándolo?', recuerda lo que está ocurriendo y las misteriosas formas en que la tecnología afecta a la música". Blues del disquero José María Valiño, de la discográfica/ distribuidora Resistencia, reescribió para sus amigos aquel clásico del folk que se llamaba "The bells of Rhymney". Con su permiso, reproducimos un fragmento. "¿Hay alguna esperanza en el futuro?" Desde el desprestigio en el que estamos siendo colocados poco a poco aquéllos que nos dedicamos a esto con mayor o menor honestidad y, siendo al parecer los únicos a los que las reglas del tan cacareado libre mercado no debe aplicarse, sólo queda pensar en otra actividad, otro modo de ganarse la vida.
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