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Los artistas del año. Diciembre 2002 La diferencia es una virtud Resultaba obvio. En un año en el que el pop masivo ha estado monopolizado por el medio televisivo es lógico que los artistas que se han mostrado con mayor proyección hayan surgido de géneros prácticamente vetados en las 625 líneas. Con las mismas, aquellos personajes que se han consagrado en el 2002 como elementos de fiar poco o nada tienen que ver con la música de usar y tirar. Puede haber sido la respuesta instintiva. O una simple casualidad. Lo cierto es que algunos de los músicos que hasta hace bien poco trabajaban en una cueva han visto crecer sus expectativas en un año que, en teoría, no aventuraba nada bueno. Dentro de nuestro país, infinidad de estilos han visto aparecer en su seno a músicos que pueden desarrollar, si siguen así, carreras sumamente interesantes. El hip hop, por ejemplo, parece haber encontrado ya su capitán de navío con los chicos de Doble V, un dúo que no se ha caído de los grandes escenarios y que ha visto crecer su público hasta unos niveles inusuales dentro del género. Pero no ha sido el hip hop el único estilo que ha dado sorpresas. En el terreno electrónico el dúo Wagon Cookin’ ha soltado un debut que les está haciendo sobrevolar los pasos intermedios y les ha colocado en una situación envidiable. “Appetizers” es un disco que ha sido apreciado tanto en el terreno del jazz como en las esferas de la música de baile y ha permitido contemplar a unos artistas que aportan un proyecto tan novedoso como asequible. Otro tanto habría que señalar de Alcohol Jazz, banda que, con su segundo álbum, debe luchar ya por consagrarse ante públicos numerosos. Su calidad musical y el nivel de sus instrumentistas van parejos a la curiosidad de su propuesta y a lo válido de su presentación en público. Un poco menos entusiasmante es el caso de Sidonie, un grupo que despertó amplias expectativas pero que, aún, no ha respondido como cabía esperar en directo. Si bien la propuesta estética de Sidonie abunda en las referencias al pasado y hereda directamente de ellas, su álbum de debut ha generado una buena respuesta en un público juvenil que no conoce directamente las fuentes y que ve en la banda a uno de los más relevantes representantes de una nueva andanada de bandas noveles que se mueven en un pop setentón. En el terreno del jazz el año tampoco ha sido malo y, además de la habitual colección de lanzamientos alrededor de las formas clásicas, hemos tenido ocasión de redescubrir el talento de un personaje como Guillermo McGill o de toparnos con una propuesta tan rompedora como la de Nardy Castellini, músico cubano afincado en Andalucía. Dentro del rock las expectativas son menores por cuanto, últimamente, nos hemos acostumbrado a ver cómo bandas que causan impresión con sus debuts empiezan a alejarse de la escena en muy poco tiempo. Ante ello uno no sabe cómo catalogar la aparición de Tokyo Sex Destruction o los metálicos Coilbox dentro de todo este mare magnum. Los primeros se mueven en un terreno que aún no parece haberse consolidado comercialmente en nuestro país, mientras que los segundos, como hijos de su género, estarán al albur de la escena metálica, tan exigente con los debutantes como fiel con las viejas glorias.
Otras chicas que también han causado una gratísima impresión con sus lanzamientos de este año y con su paso por nuestros escenarios han sido Mary Gauthier, Jane Monheit y Michelle Branch. Cada una en su estilo, las tres han mostrado una enorme personalidad aun cuando las dos últimas se encuadran casi en sus primeros años de profesionalidad. La Monheit, por ejemplo, se ha exhibido en sus conciertos como una vocalista perfecta, pero amparada en un repertorio clásico incontestable que no deja traspasar demasiada personalidad. Del mismo modo, Michelle Branch no ha tenido oportunidad de cuajar en otros ambientes que no sean los propios de la radiofórmula habida cuenta de que su paso por nuestro país fue rápido y muy orientado hacia este tipo de medios.
Mención aparte merece la figura de Femi Kuti. El nigeriano, que lanzó su “Fight to win” a finales del 2001, se presentó en directo en España demostrando que su parentesco con Fela Kuti no es un recurso para vivir dentro de la escena musical. En los escenarios demostró su valía y como personalidad resulta tan irreverente como carismática, aportando un valor nuevo dentro de la música contestataria africana. Los consagrados Lo mismo que comentábamos sobre los artistas que han supuesto una revelación este año habría que señalarlo para quienes parecen haberse afianzado decididamente como elementos a tener en cuenta. Mientras que el pop apenas ha dejado una tímida esperanza con un Alex Ubago que aún tendrá que demostrar mucho en su segundo disco, un personaje como Bunbury se ha consolidado como artista hecho y derecho. Bien es cierto que el zaragozano venía avisando con sus dos últimos discos, pero, del mismo modo, las referencias todavía resultaban dudosas por lo cambiante del personaje y por la irregularidad de su carrera. Con “Flamingos”, sin embargo, ha firmado un álbum impresionante que, aunque hereda mucho de Bowie, no le quita el mérito de construir canciones de una enjundia considerable. También en terreno popie, pero con un corte más rockero, la consolidación de un personaje como Fito ha resultado de lo más feliz. Con una propuesta absolutamente diferente a la que mostraba dentro de Platero y Tú, en este 2002 se ha dado un baño de multitudes cada vez que se ha subido al escenario. La gente parece haber entendido bien su nueva orientación y su manera de componer, fresca y directa, obtendrá, seguramente, muy buenos frutos a nivel discográfico. En terrenos más abiertos es obvio que La Cabra Mecánica ha seguido un camino paralelo al de Fito. Con un disco lanzado en el 2001, el año que se cierra le ha hecho crecer y consolidar una puesta en escena que, hasta ahora, siempre se había mostrado ciertamente floja. El salto hacia el público masivo no sólo no le ha sentado mal a Lichis, sino que le ha permitido reclutar una banda sólida que, en directo, defiende su material con una consistencia muy de agradecer. La manera de escribir de este autor y su universo musical, tan accesible como sencillo, es una baza de enorme valía que, hasta el momento, no había encontrado una buena puerta de salida hacia la popularidad. Una vez hallada, el asunto es mantener una línea de camino coherente. En otros campos no puede dejarse de lado la consolidación de tres elementos que, por una u otra causa, habían despertado dudas en el pasado. Por un lado están los chicos de Ojos de Brujo, un colectivo que se antojaba demasiado cambiante como para tener una evolución positiva. Sin embargo, su segundo lanzamiento ha dejado claro que en el centro de la banda hay talento por kilos, originalidad expresiva y una forma de leer la música tan certera como variada. Paxariño, por su parte, ha estado tan ausente de la escena discográfica que era difícil augurarle un futuro certero, pero es evidente que, tras publicar “Ouroboros”, el momento creativo del artista está en una ebullición que debe evidenciarse también encima de los escenarios. Como compositor, su figura queda absolutamente consolidada y lo único que puede hacer ya es crecer en popularidad a nivel de público. El caso de Joan Valent es algo diferente. Su “Ensems” le ha proporcionado un carisma incontestable y le ha generado, también, el salto hacia una compañía que debía explotar las posibilidades internacionales de su música. Con todo, Valent es de los músicos funambulistas que ejerce tanto dentro de la escena sinfónica como de la más popular, y eso, de momento, es difícilmente entendible por el público de nuestro país, muy reacio aún a aceptar a alguien que entra y sale dentro de los círculos elitistas que todavía anclan en España a la música orquestal y de cámara. Fuera de nuestras fronteras el panorama está mucho más oscuro. El 2002 ha estado dominado, precisamente, por músicos que llevan consolidados una buena cantidad de tiempo y que siempre parecen dejar las migajas para los pocos que terminan realizando una carrera más o menos larga. Este año nuestro mercado ha seguido creciendo en la cuota que, dentro de las listas de ventas y asistencia a conciertos, ocupa la música hecha en nuestro país y eso ha quitado protagonismo a otros artistas que llegan de fuera. De todos modos, si hubiera que señalar a un músico extranjero que se ha consolidado a nivel mundial ése no puede ser otro que Eminem. Su “The Eminem show” ha dejado claro que el éxito de su anterior álbum no era un punto y aparte. Tanto en disco como en directo, el rapero se ha hecho el amo de una escena que necesitaba, con urgencia, a alguien desvergonzado y ofensivo con respecto a los hábitos de la generación anterior. Eminem ha ocupado ese espacio desplazando enormemente a todos los músicos que se habían propuesto sentarse en ese trono desde el terreno del hip hop. Mientras que ellos han pinchado y han ido acercándose cada vez más a una vulgaridad hortera y propia de nuevos ricos, Eminem ha desbordado todo tipo de expectativas aun cuando tiene pendiente el mostrarse en directo (y convencer) en Europa. Junto a él aparecen artistas como Coldplay o Nashville Pussy que, ante públicos mucho más limitados, también han ido creciendo generando respeto. Los primeros parecen confirmarse como el grupo de pop que va a generar interés en Inglaterra en los próximos cuatro o cinco años y los segundos como una de las ofertas respetables dentro del rock’n’roll clásico que, anclado en el pasado, se conforma con interpretarse bien antes que evolucionar. El caso de Nashville Pussy en nuestro país es especialmente crudo por cuanto su compañía apenas les aporta ayuda promocional, algo que el grupo puede suplir de largo cuando se da una vuelta por aquí pero que se echa de menos cuando la banda no puede venir de gira. Los otros dos artistas que cierran nuestra particular lista de “consagrados” son Beth Orton y Morcheeba. La primera ha demostrado con “Daybreaker” que es uno de esos talentos que no se encuentran muy a menudo aun cuando su estilo nunca vaya a ser furiosamente popular en nuestra tierra. Morcheeba, por contra, sí ha hecho posible una comunión entre su aventura vanguardista y su entendimiento de los géneros más populares. Sus resultados discográficos, junto al hecho de que se ofertan bien, y administradamente, en directo, les ha colocado ya como plato fijo dentro del pop inteligente.
El caso de Marea es uno de ésos que, a cualquiera, le hace sonreír aunque sea por lo bajini. Dos discos anteriores a su exitoso “Besos de perro” les catapultaron a una situación de privilegio de ésas que sólo concede el público. Tanto “La Patera” como “Revolcón”, sus dos primeros trabajos, fueron extendiéndose entre la colonia rockera a base de directo y… manta. No resultaba nada extraño pasear por cualquier ciudad norteña y encontrarse los discos de Kutxi y compañía al lado de los más solicitados por el público mantero. Esa promoción, y el hecho de que su música pudiera ser escuchada a un precio asequible por la gente que siempre busca algo nuevo, les fue generando una pléyade de seguidores que llenaban sus conciertos allá donde fueran. Su fichaje por Dro, una compañía que entiende y trabaja estupendamente el rock en castellano, les ha catapultado hasta el lugar que, por sus obras, les corresponde. Porque, habría que señalar, Marea no es una formación típica de guitarreo y tentetieso. Aporta, y ésa es su diferenciación, canciones con una lectura y un lenguaje muy superiores a la media de las bandas del entorno. Kutxi, como autor, es uno de los mejores que nos podemos encontrar actualmente en nuestro país y sus compañeros forman un bloque tan integrado que cualquiera de sus canciones llega con una facilidad pasmosa. “Besos de perro” no es solamente uno de los mejores discos de rock que se han hecho este año en España; ha sido también el disparadero que ha permitido que mucha más gente conozca a Marea, justo lo que necesitaba el grupo para subirse a lo más alto de los pedestales escénicos. La actuación del grupo en la última edición del “Viñarock”, por ejemplo, fue una comunión absoluta entre banda y público que ha de considerarse como la puesta de largo entre los más grandes. Los consagrados Marea Las promesas Doble
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