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2002, el año de “Operación Triunfo”

España no va bien

Es curioso que, en el 2002, las cosas que más han influido dentro de la industria musical tengan poco o nada que ver con la música. El hecho es una demostración más de que, en demasiadas ocasiones, la estructura musical española creció desordenadamente en los 90 sin atender al cuidado de sus cimientos. Eso generó situaciones de extrema debilidad que, finalmente, están causando abundantes problemas.

¿Cómo, si no, se puede entender que un programa televisivo haya puesto firmes a todos quienes trabajan alrededor de la música masiva? De repente, infinidad de ARs y de directivos se ven, en muchas compañías discográficas, preguntándose qué ha pasado, cuál es la piedra filosofal que ha puesto a niñatos aficionados a la misma altura de popularidad y ventas que sus vacas sagradas. Durante toda la década de los 90 las compañías más grandes entablaron relaciones con los medios de comunicación que hacían de ellos más servidores a buen sueldo que críticos certeros y objetivos. El tiempo ha terminado dando tanto poder a los medios que éstos, a la primera oportunidad que han podido, han dejado de lado a sus socios y han desplegado alfombra roja a unos mindundis inventados por la televisión. Y el hecho, no se puede olvidar, viene dado porque en la última década se ha promocionado exageradamente la música banal, sin contenido y sin recursos, una música que (ha quedado demostrado) está al alcance de cualquier cantarín que se vista de lentejuelas. En lugar de haber dado al público un producto cada vez más adecuado a los tiempos y a las vanguardias (que son las que marcan los gustos del mañana), la escena musical mayoritaria se ha conformado con repetir fórmulas que, hoy en día, pueden ser utilizadas por cualquiera, hasta por una productora de televisión avispada.

Pero el hecho no ha venido solo. Ha llegado en el mismo año en el que las mantas han hecho su agosto y en el que mucho público se ha empezado a preguntar el porqué de pagar por un disco mucho más dinero del que vale en realidad. Durante lo que va de siglo XXI instituciones como la SGAE o AFYVE se han encargado de dejar claro que la música no es propiedad de quien paga por ella, sino de quien la crea. Si eso es así nadie entiende por qué pagar por una caja de plástico y un librillo un precio tan exagerado.

Las mantas, con todo, no parecen (visto lo visto) el peor de los problemas. El público que acude a ellas es, en muchísimos casos, circunstancial y va bajando de una manera tal que obliga a los vendedores a reducir el precio de un compacto hasta la ridícula cantidad de dos euros. El mayor problema que ha surgido en este aspecto es el de la copia privada: cada vez son más quienes, a partir de los compactos de sus amigos, se hacen con una discoteca de lujo. No aceptan pagar el precio de tienda por un disco que, en el mejor de los casos, sólo aporta dos o tres canciones de valía. Prefieren gastar sus pocos billetes en un álbum de catálogo en serie media que confiar su dinero a un disco que saben sobrepromocionado y que, probablemente, les va a satisfacer bien poco sino militan como fans tragalotodo.

Todas estas circunstancias han hecho del 2002 el “año del baile” porque, en contra de lo que vaticinaban los más agoreros, en la industria musical no ha habido tantos despidos como cambios de departamento. No más, por ejemplo, que en la época en la que se fusionaron las más grandes multinacionales tratando de aumentar sus cifras de negocio y beneficio echando a la calle a un buen puñado de trabajadores sin que la SGAE o la AFYVE (aún se escuchan sus gritos diciendo que las mantas hacen crecer el desempleo) se molestaran lo más mínimo. La crisis económica que afecta a casi todos (¿alguien no la nota?) también ha llegado a la música y eso, de nuevo, ha pillado desprevenidos a quienes pensaban que esto era Jauja y que siempre tenía que crecer en cifra de negocio. La medida más ocurrente que se ha tomado en la mayoría de las casas ha sido asumir que algo fallaba en la organización y que eso era lo primero que había que cambiar. El hecho ha supuesto un duro golpe para los géneros minoritarios, que se han visto perdidos en un mar de organigramas y que ahora difícilmente encuentran acomodo en estructuras que quieren, como sea, recuperar los primeros puestos en las listas de ventas.

Las compañías más grandes (y este año muchísimas de las pequeñas) no se quieren dar cuenta de que una historia está acabada y que hay que empezar a pensar en otra. Querer recuperar la hegemonía de la música banal y del mercado televisivo no parece la mejor solución y continuar lanzando a chicas espectaculares o a latinos bailones tampoco. El mejor recurso que ha dispuesto siempre la música para su crecimiento es la originalidad, algo poco premiado cuando se intenta hacer dinero rápidamente. A los artistas creativos hay que darles su terreno para evolucionar y ofrecer grandes obras y eso, en estos tiempos, no parece lo más natural a ojos de los que tienen las riendas del asunto.

Internet, otro de los cánceres de la venta masiva, no ha afectado tanto a España como al mercado internacional. En estas tierras aún no se ha popularizado masivamente el reproductor de ficheros MP3 y parece que todas las cadenas de electrodomésticos están más empeñadas en que el nuevo aparatito casero sea el reproductor de DVD. Con ésas, son pocos quienes gastan el tiempo y el dinero bajándose música de la red si lo comparamos con países como Estados Unidos. Y quienes lo hacen prefieren descargarse música inédita que no pueda ser encontrada necesariamente en los discos oficiales.

Donde sí ha resultado una gangrena el auge de “Operación Triunfo” ha sido en el circuito en vivo. La mayoría de los ayuntamientos que ofrecen espectáculos en directo a sus conciudadanos en las fiestas populares están gestionados, habitualmente, por gente que busca votos, no cultura. Así, casi todos los presupuestos para la organización de eventos se han dedicado este año para los personajes más populares y éstos han sido, con diferencia, los protagonistas del citado culebrón. El hecho, que ha rebajado copiosamente la cuota de actuaciones de la mayoría de artistas, no ha importado lo más mínimo a la ya mencionada SGAE, ya que ha incrementado soberanamente las cifras de recaudación por derechos de autor gracias a los públicos multitudinarios que han agrupado en torno a sí los chicos de Nina. Una vez más queda claro que a esta sociedad no le importa lo más mínimo el futuro de los músicos, sino solamente el de sus asociados más boyantes y sus propios ingresos.

El hecho es más sangrante, si cabe, en Madrid y sus aledaños. Si año tras año señalamos en este resumen el enorme daño que ha sufrido el circuito de directo por la paulatina desaparición de salas, éste la circunstancia se cubre, además, de tristeza al ver que un recinto como el Bernabéu, estadio no hábil para gente como los Stones, Michael Jackson, U2 o Springsteen, abre sus puertas al espectáculo mediático del “Triunfo”. Salta, inmediatamente, la duda de si los nuevos recintos que las administraciones públicas han prometido terminar alguno de estos días se podrán utilizar para conciertos mayoritarios o si solamente estarán al servicio de los de siempre.

Musicalmente, este año no ha sido muy diferente a los que nos preceden, aunque en esta ocasión habrá que hablar, si cabe, de menos sorpresas y de menos vanguardia. Los lanzamientos más resultones (comercialmente hablando) han terminado siendo nombres habituales con la excepción de Alex Ubago, talento nuevo que ha conseguido hacerse un hueco más que respetable que defiende cuando ya empiezan a caer las figuras del primer “OT”. Por lo demás, se han notado punzadas como las de Diana Krall, que, con un disco de jazz, ha conseguido hacerse respetar y cuajar unas giras de impresión a unos precios que quitan el hipo. Mención aparte merece el veraniego “Aserejé”, plagio descarado del “Rapper’s delight” de Sugarhill Gang (1979), que, curiosamente, no parece considerarse pirateo por estas tierras. Cuando una cosa genera dinero no hay ilegalidades siempre y cuando los cuartos vayan al bolsillo de… ¿los autores? En este caso, eso es más que dudoso.

Asumido parece ya que el rock está, en los primeros años del siglo XXI, enfrascado en la dinámica de morderse la cola sin encontrar una salida que le permita evolucionar. Mejor será, para los amantes de este género, asumir que, hasta que salga algún talento oculto, todo será más de lo mismo mejor o peor hecho. En el terreno electrónico parece que las tendencias de baile también se han quedado con un interrogante encima de la cabeza por cuanto las salidas más originales, en el último año, han llegado tras recurrir a la música brasileña o al jazz a fin de dar volteretas al cuerpo. La fusión, que parece haber enriquecido también a los músicos de jazz, está obteniendo, de momento, buenos frutos, aunque en esta etapa ninguno de ellos se atreva siquiera a toser dentro de las listas de venta o popularidad.

Lo que se ha dado en llamar “étnico” ha sufrido, como muchos otros géneros con limitado mercado en nuestro país, la reorganización de los departamentos de las grandes compañías. Lanzamientos de enjundia e interés se han quedado abandonados de la mano de Dios sin un mal argumento promocional que les permitiera un mínimo crecimiento. Lo africano o asiático ha seguido el mismo camino que han tenido que vivir terrenos como las nuevas músicas, el blues o el folk, estilos casi arrinconados, por completo, en las manos de pequeñas compañías o distribuidoras que, lamentablemente, no tienen medios para darles más salida.

En este año, hasta colocar discos en las tiendas ha sido algo de una complicación inusual. Los establecimientos tienen un espacio que no es, precisamente, chicle y que, por tanto, no puede crecer: cuando todas sus estanterías están llenas de discos de “OT” no hay sitios para CDs que aseguran mucha menos venta y eso también ha afectado en gran medida a estilos que, por lo que sea, no terminan de romper en nuestro país.

Pocos a recordar

Parece innegable que, en poco tiempo, la calidad media de un CD ha bajado hasta unos niveles preocupantes. Se podrán buscar causas o argumentar excusas, pero lo cierto es que, en este año, muy pocos serán los discos a recordar cuando alguien se preocupe de hacer un resumen de la década. Rosana señalaba un día, en uno de sus habituales ataques de lucidez, que la piratería causaba que su último disco hubiera vendido medio millón de copias en lugar del millón que vendió su debut. La idea, muy extendida entre el Olimpo de nuestros músicos, viene a poner de manifiesto la prepotencia del entramado artístico y su decreciente nivel de exigencia: se entiende que, aunque entregues un álbum que dé pena, la gente va a comprarlo igual. El hecho de que los músicos (sobre todo los mejor colocados a nivel de popularidad) traten a su público como subnormales en potencia hace que luego se lleven sorpresones cuando sus álbumes pasan de ser iconos religiosos a producto de manta en oferta con un recopilatorio de “Crónicas marcianas”.

Otra idea a tener en cuenta es la que señalaba en estas mismas páginas Joe Zawinul en su última visita a nuestro país: los medios ponen a los artistas mediocres como si fueran maestros y, cuando el público llega a conocer su obra, termina pensando que, si ésos son los maestros, mejor dedicar el tiempo a los videojuegos. Este hecho se ha reflejado este año más que nunca en los medios de comunicación españoles, empeñados en cubrir hasta el último movimiento de los niños de moda y en colocar el Festival de Eurovisión al mismo nivel que un Mundial de fútbol.

Los medios, con necesidad

En el 2002 ha nacido PEMOC, una asociación que trata de aglutinar a su alrededor a todos los informadores posibles dentro de la prensa musical y/o de ocio. El asunto parece buena idea, sobre todo cuando surge de la reivindicación de algunos periodistas que se ven encorsetados a la hora de opinar objetivamente sobre las obras musicales. Los logros de PEMOC se tendrán que valorar con el tiempo, pero su nacimiento vuelve a poner de manifiesto el poco respeto que, en los últimos años, conceden los medios mayoritarios ante la creación musical. La mayoría de éstos desatienden la faceta entendiendo que dicha sección está lo suficientemente cubierta con hacer de altavoz para los grandes lanzamientos multinacionales, algo que termina quemando a quien ve arrinconada su profesionalidad y tiene que sufrir, diariamente, las actitudes de “divo” que mantienen quienes creen que, por su cara bonita, tienen a su alrededor a un sinfín de informadores.

Cultura para ricos

La Ley de Propiedad Intelectual está al alcance de quien la desee leer. Otra cosa es la manera de entenderla. En los últimos años, y gracias al auge de la venta de discos ilegales, la SGAE ha tenido a bien poner de manifiesto que su lectura de dicha ley viene a indicar que sus asociados son trabajadores con muchos más derechos que el resto de los mortales.

Si tuviéramos que atender a su punto de vista (corporativamente lógico, por otro lado), las escuelas de nuestro país probablemente dejarían de existir por cuanto la cultura no es sino otro bien con el que comerciar. Baste decir que, hoy en día, cualquiera que quiera dar difusión a una obra musical ha de pagar un canon por ello y, si no lo hace, es puesto delante de un juez con la menor demora posible. Si el mismo rasero que adopta la SGAE para las obras audiovisuales se aplicara a cualquier otra manifestación artística sería imposible que en las escuelas hubiera libros y diapositivas, que existieran bibliotecas públicas o que se pudiera leer un periódico dos veces sin tener que pagar un suplemento.

En el 2002 la SGAE ha conseguido que se acepte su idea de que los CD vírgenes tengan que pagar un canon por copia privada tal y como lo hacían previamente las cintas cassette o las de vídeo, algo similar a cobrar un canon por el papel ya que sirve para ser fotocopiado. Su gestión sobre las obras audiovisuales, trasplantada a otras manifestaciones artísticas, exigiría que hubiera que pagar cada vez que se entra en un edificio o se ve una pintura, algo que, lógicamente, no se hace.

La actitud de la Sociedad de Autores en los últimos tiempos está abonando la idea de que su máximo interés está contra una cultura abierta y da la impresión de apoyar a otra de élite que solamente pueda ser disfrutada por quienes más dinero disponen. La SGAE no apoya a los nuevos creadores ni a las nuevas industrias dentro del ambiente cultural; al contrario: se pone del lado de los autores que más dinero generan cuando éstos son, precisamente, quienes menos ayuda necesitan.

Su lucha contra la piratería puede ser encomiable en tanto en cuanto apoya la legalidad, pero deja de serlo cuando se sirve de argumentos maniqueos como los puestos de trabajo que se pierden en la industria o el daño que se hace a nuestros creadores. A la SGAE le trae al pairo que cierren las tiendas mientras siga funcionando El Corte Inglés y le da lo mismo que se mueran todos los autores de este país mientras sigan vivos los cincuenta que más generan. Con las mismas, la Sociedad de Autores nunca apoyará una bajada de precios en los soportes de audiovisuales por cuanto su cuota de ingresos depende en porcentaje de ese precio.