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Serrat
Lo malo de discos como éste es que te sacuden una bofetada enorme de ésas que te avisan que el tiempo pasa casi sin enterarse. Porque no hay que ser muy habilidoso para darse cuenta de que Serrat ha firmado un álbum que se merecía las interpretaciones que hacía hace veinte años. Si bien el catalán había cubierto casi toda la década de los 90 con obras que, en su discografía, no podían tacharse sino como menores, “Versos en la boca” vuelve a mostrarnos a uno de los mejores retratistas de la realidad que hemos tenido en nuestra música. Eso sí: Serrat ya no canta sus versos, sino que los recita, y esto, que puede agradar a quienes le han conocido en su última época, supone su mayor carencia para quienes adoran a un Serrat más jovencito. “Versos en la boca”, además, se aleja conscientemente del terreno musical en el que el cantautor se ha manejado últimamente y en el que, siendo sincero, ha aportado poco. Las canciones actuales tienen una melodía más dibujada que ayuda y colabora a que la voz del personaje pueda ejercitarse con comodidad sin resultar un pegote mal puesto. Es como si, con este álbum, Ricard Miralles (el habitual arreglista de Serrat) hubiera aceptado, finalmente, las limitaciones que su compañero aborda cuando es quien tiene que apechugar con el mayor peso musical de la canción. En el plano de los textos, “Versos en la boca” es mucho más certero y concreto que “Sombras de la China” (no puede hablarse en este aspecto de “Cansiones” por cuanto las letras no eran suyas) y coloca a Serrat con los pies en el suelo y la cabeza en las nubes, probablemente la situación más lúcida en la que el catalán puede escribir. Situaciones cotidianas miradas con rayos X, visiones lejanas acercadas con ternura, reflexiones inteligentes a partir de vivencias inusuales… todo ese universo propio del cantautor del que, quiera o no, es imposible disociarle. E.P.
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