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Faith Hill
Bueno. A estas alturas está claro que esta mujer se ha decantado por el pop con todas sus consecuencias. “Breathe”, su anterior entrega, ya era un paso de gigante en ese aspecto y en sus surcos no aparecía ni el más mínimo resquicio de un pasado country. El resultado comercial de aquel álbum, realmente espectacular, ha traído consigo que la Hill se convenza plenamente de que, con guitarras acústicas y música campestre, no llegaría, ni de lejos, a unos resultados la mitad de halagadores. Conclusión: el pop es el que manda y el que tiene el actual mercado americano cogido por su miembro más débil. Faith, al igual que hiciera, por ejemplo, LeAnn Rimes en una transición similar, decide afianzarse en ese mercado y, además, resulta que se convierte en una superestrella de las más grandes. “Cry” debutó directamente en el número 1 de las listas norteamericanas y parece destinado, como su predecesor, a ser un disco de ventas millonarias. Y es que, en el fondo, hay que admitir que vocalistas de este calibre parecen nacidas para dar valor a todo lo que les pongan delante. Escuchando “Cry”, uno tiene la sensación de que a Faith le puedes echar encima un bolero o una rumba y que lo cantaría exactamente igual de bien. Probablemente ése sea su máximo valor: en un momento en el que el pop femenino aparece dominado por el concepto de imagen y sensualidad se echan en falta, al final, voces privilegiadas. Es lógico que la unión sea satisfactoria cuando el repertorio aportado no es repetitivo y cuando los arreglos y la producción siempre evitan ponerse por encima de la propia artista. Discos de esta categoría son de los que se echan de menos en otras corrientes del pop (llámese latino o británico) en las que el artista se mira tanto el ombligo que termina olvidándose de su verdadero trabajo: hacer buena música. E.P.
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