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Festival de Jazz de Granada Granada. 8-23 de noviembre de 2002 Durante dos semanas el jazz ha sido el protagonista cultural, social y espectacular de la ciudad de Granada. El Festival ha ofrecido medio centenar de actuaciones en muy diversos puntos de los días, tardes, noches y madrugadas granadinos. Es propósito del Festival de Granada que haya música en todo momento, convertirse en una cita obligada para aficionados del entorno andaluz y que el precio no sea objeción para no acudir. Y lo ha conseguido: según la organización no menos de 20.000 personas han pasado por sus conciertos, la mitad por el programa principal y la otra mitad por el paralelo y los trasnoches. El concierto inaugural estuvo a cargo del trío de Chucho Valdés. El cubano había cancelado dos veces su visita a última hora y a la tercera apareció. Aunque su reciente disco muestra su faceta como pianista de música clásica, en Granada prescindió de este repertorio para ofrecer le concierto que les suponía. Comenzó con una guajira y terminó con un guaguancó ("La Sitiera" y "Los Caminos", ésta última partiendo de un original de Pablo Milanés convertida casi en un rumbón). Adscrito a los pianistas acrobáticos, capaz de todo a velocidad es supersónicas, Chucho fue encontrando el equilibrio cuando no el vértigo del contraste entre las ejecuciones volcánicas y los momentos de un romanticismo cristalino que recuerdan tanto a la delicadeza de su padre como a la economía sentimental de Bill Evans, a quien homenajeó, por cierto, a través del "Solar" de Miles. De postre Duke Ellington a ritmo de cha-cha-chá. Joshua Redman desplegó en esta gira toda su querencia por las nuevas tecnologías. Sorprendente es el calificativo que mejor resume el concierto de la Elastic Band. Su ausencia de prejuicios y su gran curiosidad le habilitan para acceder a perspectivas casi futuristas, lo que ya resulta curioso partiendo del rancio sonido del órgano y su tembloroso difusor leslie. Pero aunque su padre fuera un notable defensor del free el hijo prefirió no provocar ni asustar, y sus improvisaciones más abstractas siempre tenían cinturón de seguridad o una lógica interna susceptible de seguirse para quitar hierro. El concierto de Redman fue una combinación de elementos comunes a toda la historia de la música negra, arrimando el bop a la robustez del blues, hubo momentos en los que la apariencia era de soul y de r&b sixtie de club, y hasta gospel. Material prácticamente por completo incluido en "Elastic" ("Molten soul" al principio y "Birthday song" al final, como en la grabación) salvo la célebre "Moonlight in Vermont", alternado el tenor con el soprano y ocasionalmente sentándose ante el teclado que quedara libre en cada momento La Mingus llegaba a Granada tras un periplo accidentado por algunas otras plazas españolas. Y aunque la disciplina no es su fuerte, aquí estuvieron algo más ordenados de lo que cuentan las crónicas de otros lugares. Con un repertorio temático que llevan años tocando y una formación con escasas coincidencias con la anunciada, la MBB salió a todo trapo con el swingueante "Boogie stop shuffle" y la nave base por la labor, relajada y hasta dicharachera. De allí saldrían volando diversos pilotos solistas con diversa fortuna, de excelentes (el valenciano Carlos Martín) a soberbios (Stubblefield). John Swana apuró la sordina de su trompeta en el bello dibujo de "Haitian fight song" apenas un rato antes de que Lacy se convirtiera en rotundo cantante del granítico "Devil woman blues" donde John Stubblefield marcó el paso reptante al principio con su solo para terminar en una cumbre de respiración circular con el tema ya dispuesto para la suerte de hierro. También en ese blues robusto y extenso tuvo su momento de lucimiento Earl Mcintyre con menos gravedad y más sentido del humor en su trombón de varas. Sección rítmica y trompetas fueron más escasos en sus intervenciones, salvo Earl Garner que soleó con fibra de estibador portuario llamando a descarga con su trompeta, y si no llega a ser porque se hizo un hueco a golpe de baqueta nadie se hubiese fijado excesivamente en el nervioso batería Donald Edwards.
La cita anual con la Big band de la ciudad vino avalada en este caso por el trompetista Michael Mossman. La Big Band de Granada salió con una soltura inédita hasta la fecha. Los nervios de antes se han tornado en relajación y hasta sonrisas, como si se realimentaran ellos mismos y fueran cogiendo inercia con la marcha. Abrieron con algunos de los temas que van a incluir en su primer disco de la autoría de su director Kiko Aguado: "Blues de la concordia" y "Soletico". Sonorizados admirablemente, el maxigrupo rodaba con seguridad y tronío, dando espacio a una cantidad considerable de solistas que han tomado el relevo de los titulares fundadores ya clásicos, gente joven cuya palpable progresión garantiza el futuro y renovación de esta agrupación. A destacar la actuación solista del tenor Arturo Cid tanto con el saxo como haciendo scat. Con Mosman al frente, la Orquesta derivó hacia los sonidos latinos que tanto le gustan al arreglista y especialmente los que en su momento hizo para la orquesta de Bauzá. El final de fiesta estuvo a cargo de la adorable Sheila Jordan y la siempre enigmática Patricia Barber. Al lado de Sheila y como objetivo de carantoñas estuvo el pianista Steve Khun. Un músico contenido, exacto y servicial que sirvió el almíbar que necesitaban algunas de la piezas obligatorias como "Quasimodo" o "Ballad for Miles", pero que cuando se quedó solo con el trío destapó todas las esencias que ha cultivado en la línea de Bill Evans, demostrando gran fantasía y hasta el vigor que como acompañante frena, en piezas como la sugerente "Ocean in the sky". Sheila comenzó y terminó haciendo blues, el último en plan talking contando su propia biografía y la de sus compañeros. No tuvo objeción en cantar a los Beatles ("Blackbird"), al Tom Harrell que estuvo un par de días antes ("Out to sea"), preparando para despedirse una versión cantada del "Confirmation" parkeriano impecable y dinámica . La Barber fue emocionalmente lo más opuesto de la calidez y las ganas de agradar de Sheila. Seca, fría y distante, en este concierto, como en su último disco, se ambientó más dentro del jazz (que por ejemplo el que dio en Jazz en la Costa hace dos años), a lo que ayudó el buen hacer de su trío de acompañamiento, sobre todo del bajista Michael Arnopol y del baterista Eric Montzaka, ya el guitarrista Neal Alager era un elemento más ecléctico y modernista. Por si quedaba alguna duda de su capacidad de maniobra dentro de este terreno, una pieza de Fats Waller sirvió para situar el concierto en los terrenos ortodoxos. Personaje siempre rodeado de un hálito de misterio, su música rehuye hacer ningún tipo de ruido ni estridencia, suele trabajar los tiempos medios y lentos jugando con el silencio como un elemento más, dejando mucho espacio para que sus músicos campen en solitario siempre que no rompan el hechizo. Su discurso es pausado pero muy tenso, enormemente dramático, casi confesional, eso sí: entonado con una voz grave y poco confidencial que le dota de una frialdad y una enorme distancia emotiva, más "cool" no se puede ser sin que intervenga el forense. Con este tratamiento de estética de diseño sonó buena parte de su álbum "Verse" pero también, como es tradicional en ella, algunas otras piezas ajenas completamente sacadas de contexto: de nuevo "Blackbird", más Beatles ("Norwegian wood") y el célebre "Light my fire" de los Doors que en su voz significaba justo todo lo contrario de lo que cantaba.
JJG
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