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La vida en la carretera (VIII)

Accidentes imprevistos y otros baches.

por Kike Turrón & Kike Babas con ilustración de Mart

La operación salida y regreso es moneda común para los conjuntos musicales. Las medidas de seguridad que pone tráfico para estos menesteres funcionan sólo en contados días del año y aun así, como vemos en los telediarios, se produce un considerable número de bajas. Todas las precauciones son pocas cuando iniciamos un viaje, aunque en el maletero llevemos guitarras. De muestra sirve este capítulo: los músicos y sus derivados recuerdan los sustos que es mejor olvidar.

Estamos para sustos…

Mezclar la natural torpeza humana con el inexplicable carácter de los automóviles da como resultado una serie de sustos que bien pueden ser traducidos en partes de accidentes a lucrativas compañías de seguros. Los inclasificables Dwomo nos traen el ejemplo. Habla Coque: “tocaba en Malarians y, viniendo por autopista, en algún lugar de Europa, después de esquivar un coche, vimos que lo que había detrás… ¡era un burro! Estuvimos a punto de atropellarlo. Fue demasiado esquivar el coche y después un burro: sólo faltaba que lo siguiente fuese una gallina. De todas formas, si lo llegamos a pillar, aparte de la hostia que le damos al animal, nosotros nos matamos”. Claro, que tampoco hay que irse a un zoológico europeo para toparse con la cotidiana convivencia entre máquinas y creaciones del Señor. Héctor, el violinista de los cacereños Niños de los Ojos Rojos, se nos confiesa: “Salíamos de Cáceres hacia Valladolid en coche y había un paso de cebra. Entonces se metió una perica y nuestro conductor pisó la línea continua para no llevársela por delante. Apareció un municipal que nos dio el alto (estaba mosqueado de la leche) y se puso a gritar a nuestro conductor: que le iba a quitar el carnet, que le iba a poner cuarto de kilo de multa por conducción temeraria y por intentar atropellar a un agente de la autoridad… Alucina. Todo por una tía que se nos echó encima”. Claro, que esto le ocurre a todo quisque que esté acostumbrado a circular por cualquier gran capital. Pero centrémonos, señores: estamos yendo a tocar, estamos de concierto, la fama nos espera, un equipo humano está funcionando… A Cristóbal, furgonetero que ya ha aparecido en anteriores capítulos, le ocurrió un accidente digno de mención estando, por desgracia, la furgoneta sin contacto. Empecemos con el relato: “era en Macael, un pueblo de Almería. Estaba esperando en la recepción de un hotel a que bajaran los Boikot. Era la mañana de un domingo, después de haber actuado en el festival Mármol Rock. Teníamos prisa en salir porque había una tirada hasta Madrid y no llegábamos a tiempo para descargar el equipo en La Factoría, los locales de ensayo. Cansado de esperar me bajé con JuanCar para dejar los bártulos en la furgoneta. Ibamos a tomar las escaleras cuando se nos abrió el ascensor. Le damos a la planta de abajo y yo jugueteaba con las llaves de la rula. En el momento que llegamos a la planta elegida se me resbalaron las llaves entre los dedos y, casualidades de la vida, se colaron entre el huequecillo que separa el suelo con el ascensor. Levanté la mirada y un JuanCar con los ojos como platos me susurro: ‘¿Tendrás otras llaves?’ Víctima del infortunio me acordé que había dejado las otras llaves en casa; como siempre llevaba dos juegos y nunca pasaba nada, las deje en casa para no perderlas. Previsor que es uno. La señorita de recepción nos dijo que hasta el lunes no vendría el de mantenimiento. Tras unas llamadas, Antonio, el del mantenimiento, prestó auxilio. Nos dio las instrucciones a seguir con una llave especial que tenía en no sé qué cuartito y logramos rescatar las nuestras con un retraso considerable. Este es un claro ejemplo de un fallo tuyo y, de éstos, cuantos menos mejor. Luego te toca aguantar la mofa de todos los pasajeros de viaje de vuelta y chuparte la descarga del equipo”. Toda una lección para conductores noveles: en este oficio hay que estar alerta las veinticinco horas del día.

Sigamos con los sustos y, para ello, deslicémonos a la furgoneta de unos jóvenes Planetas que empiezan a dar sus primeros tumbos por la geografía hispana ofreciendo un pop psicodélico encima y debajo de los escenarios. Nos habla Jota, puntiagudo frontman del combo: “al principio conducía en los conciertos y en un viaje, por la mañana, había hielo en una curva y nos caímos por un puente con todo dentro. Solamente se nos jodieron todos los fly case, pero, afortunadamente, ni los instrumentos ni nosotros nos jodimos. Era nuestro primer concierto para la agencia de contratación Atraction así que les llamamos y Paco alucinó: pensaba que era broma, pero tuvo que venir a traernos en su coche”. Otros que patinan sobre el asfalto son los euskaldunes Urtz: “el susto fue un trompo que hicimos en el puerto de Opakua con una furgoneta Mercedes con más de veinte años (asientos totalmente rígidos y sin cinturones de seguridad). Nos quedamos todos blancos, salvo Víctor, que iba leyendo y solamente notó que el culo se le levantaba ligeramente del asiento. Y luego va el conductor y nos dice que lo ha hecho a propósito. Casi lo matamos”.

Como no podía ser menos, Mimi, de A Palo Seko, nos trae una correría del grupo más bandarra de Alcalá de Henares: “Fue la primera vez que tocábamos en Barcelona. Pasando Zaragoza, a la altura de Bujaraloz, tuvimos un accidente. Volcamos. La furgo quedó destrozada, hecha un asco: se partió. En una curvita se me fue un poquillo. Conseguimos que la grúa nos llevara hasta el pueblo y desde ahí, en un taxi, los cinco con las dos guitarras y el bajo fuimos hasta otro pueblo a coger el tren. Llegamos a Barcelona y allí nos metimos en el metro, con los platos, la caja y todo lo demás. Teníamos que probar sonido a las dos y llegamos a las nueve y media, llenos de sangre del hostiazo. El tío nos decía que habíamos llegado tarde y bastante fue que hubiésemos llegado. Tocamos y al día siguiente era 20-N. Imaginaos: con todos los trastos, por el metro de Barcelona y aquello lleno de nazis. Nosotros nos regresamos en bus y el Moncho y el Chungo se quedaron para arreglar los papeles. Los del taller llamaron a la Guardia Civil, que nos dijo que la teníamos que retirar del asfalto en veinticuatro horas o que nos metían una multa que te pasas. ¿Y como la íbamos a retirar si estaba destrozada? Entonces llaman de nuevo los listos del taller diciendo que nos la compran por mil duros, que, total, era para chatarra. Entre pagar la multa o que los guarros ésos nos dieran mil pavos… pues se la vendimos, pero nos la jugaron. Así que, cada vez que pasamos por Bujaraloz, llamamos a Tráfico y a la Guardia Civil para decir que estamos de accidente. Los fingimos para hacerles salir con su puta grúa. ¡Que se jodan!” En este caso comprobamos que el susto se lo llevan los picoletos y los del taller: para chulos ellos.

Sigamos con más grúas. Está vez le toca el turno a M-Clan. Un accidente que tiene su parte de pesadilla. “Este sería un concierto en algún sitio de Galicia o Asturias. Como siempre, salimos con nuestra furgoneta, las guitarras, los amplis, y los bocatas de chorizo. Era pleno invierno y salimos muy temprano, como a las tres de la madrugada. Poco a poco nos fue venciendo el sueño (aunque los asientos eran verdaderos potros de tortura) mientras nuestro chófer conducía incansable a través de la helada estepa manchega. De pronto abrí los ojos y miré a mi lado. Todos dormían mientras el ruido del motor continuaba zumbando regularmente. Limpié con la mano el cristal que estaba empañado y sólo pude ver las líneas de la carretera que pasaban a mucha velocidad. De pronto miré hacia delante y se me heló la sangre en las venas. Parpadeé un par de veces sin creer lo que estaba viendo. ¡En el asiento del conductor no había nadie y, sin embargo, la furgoneta corría por la carretera a gran velocidad! Me incorporé como pude y tarde unos instantes interminables en comprender lo que pasaba: unos kilómetros atrás habíamos pinchado y una grúa de asistencia en carretera nos había recogido y nos llevaba hasta el taller más cercano. Nos metieron en el taller y, sin bajarnos de la furgoneta, nos cambiaron la rueda. Mientras los mecánicos hacían su trabajo nosotros continuamos durmiendo plácidamente. Cuando me desperté de nuevo estábamos llegando a Benavente. No recuerdo si fuimos a la izquierda o a la derecha”.

Otro viaje accidentado, está vez obra de los punkrockeros Mallory Knox. En este caso no es la carretera la que ofrece peligros: el enemigo está dentro. “Destino: primer festival Rock de Villarejo de Salvanés. El presupuesto era escaso, así que no se podía alquilar una furgoneta en condiciones y, a través del amigo de un amigo, conseguimos una que estaba prácticamente para el desguace. Nada más salir de Madrid una fuga de agua, pero… por dentro de la furgoneta: los que iban delante se mojaban los pies. Paramos, miramos qué pasaba allí y, a pesar de eso, decidimos continuar aun sabiendo que habría que parar cada diez minutos a echar agua. Transcurridos unos minutos, el asiento de la parte de atrás se rompe estrepitosamente, por el medio, dejando a Paco, nuestro bajista, prácticamente embutido en el asiento: el resto del camino de pie o sentado en el suelo de la furgoneta. En total fueron tres horas de camino para un recorrido en el que se tardaría media hora en condiciones normales. Demasiado tarde para la prueba de sonido. Acabado el concierto, vuelta a la furgoneta. Volvemos a repostar agua y arreglamos el asiento con una tabla que encontramos por allí. De nuevo, a mitad de camino, se rompe la tabla y otra vez a sentarnos en el suelo o a ir un rato de pie: otras tantas horas en aquel comodísimo ambiente. ¡Viva el rock & roll!”

JuanCar Grass, batería de Boikot, nos añade otro susto para encanecer los bellos corporales: “Nos estábamos aproximando a un peaje; todos íbamos durmiendo en la caravana, Tekila conduciendo y yo de copiloto. El se ocupaba del volante y yo manejaba los pedales. Entonces llegábamos a ese peaje y, al tomar él los pedales, nos dimos cuenta de que aquello no frenaba. Tocó tirar del freno de mano, hacer una especie de trompo y darnos cuenta de que se había descompuesto por entero. Tomamos el vehículo de asistencia que te da el seguro y continuamos. Ese ha sido de los sustos más grandes que hemos tenido en carretera”.

La bruja avería…

Los Mallory Knox y Boikot ya nos adelantaban la dirección de los tiros que vamos a seguir. Algunas veces el factor humano no cuenta en absoluto: el auto dice no y ahí se quedó. Es tiempo de rezar y que la ayuda en carretera no tarde. Los Planetas vuelven a la carga para ejemplificarnos: “no sé de dónde veníamos. Era un monovolumen y, llegando a Jaén, la cosa andaba cada vez menos, de modo que paramos… pero se nos olvidó quitar el contacto. Fueron unos segundos, justo en los que nos preguntábamos que le sucedería al coche, cuando aquello empezó a arder. Salía humo y sacamos el equipaje superrápido. Allí se quedó, en medio de Jaén, saliendo humo por todos lados. Llegaron los bomberos, el Canal Sur Andalucía, mirones… ¡Un follón! Finalmente llegamos a nuestra Granada en taxi”. Mikel, de EH Sukarra, también sabe lo que es ese repentino cambio de ritmo en la bielas del auto. Queda entendido que, salvo honrosas excepciones, los músicos no tienen ni puñetera idea de mecánica. “Estábamos de gira por la antigua Alemania del este. Hacía muy poco que había caído el muro. El caso es que íbamos con nuestra camioneta y teníamos que repostar combustible. En los surtidores ponía ‘bencine’ y otras cosas y uno del grupo, precisamente alguien de fiar y responsable, aseguró que ‘bencine’ significaba diesel, así que lo llenamos. Nada más salir de la gasolinera notamos que la furgo, que como mucho iba a 150, comenzaba a ponerse a más de ciento sesenta. Andaba de la hostia hasta que unos ruidos raros anunciaron una avería muy gorda. Llegamos al concierto en grúa y una gente de allí, que controlaba de mecánica, nos ayudó. La furgoneta está a punto de cascar, pero ha dado mucho cuartelillo”.

Para Viry, vecino de Granada y hombre de carretera para lo que haga falta, la suerte es cuestión de rifa. Muchas veces, más que la distancia, cuenta la carga que llevas dentro: “Me quedé tirado con la furgoneta que llevo ahora. Iba con Delinquent Habits y los llevaba al aeropuerto. Era agosto y estaba a quince kilómetros de Madrid. El manager estaba todo mosqueado. Yo le di una patada a un quitamiedos de esos y me jodí el dedo gordo. El manager se dedicaba a llamar a la oficina que les había contratado; se quejaba de la furgoneta y me llamaban a mí para darme la charla. La furgoneta era nueva; fue un accidente. Para colmo, tampoco funcionaba el aire acondicionado al principio de esa gira. El manager, de nuevo, no paró de darme la charla y otra vez volvió a llamar a la oficina para que me diesen la bronca. Son problemas que ocurren y que, en el momento, no los puedes solucionar, pero tampoco es para que te pongas a quejarte. ¿De qué sirve eso? Lo que hay que hacer es solucionar entre todos la cosa y llamar para dar alegrías”.

Y la guinda la pone, como no podía ser de otra forma, Paco Clavel, incombustible farandulero de la España más profunda que, como todo dios, circula por las mismas carreteras para trabajar: “lo más normal es que vayas a un sitio y empiece la furgoneta pa-pa-pa-pa. Yo tenía una que llamaba ‘La gitana’. Casi nunca me fallaba, pero cuando lo hacía lo hacía de verdad. Si te imaginas a las chicas que me acompañan tiradas en carretera, la estrella tirada como una cerda… Todo eso te produce muy mala leche en el momento, pero luego lo recuerdas y es divertido”.

Sueño, que me caigo…

Todos somos valientes, todos podemos, sabemos que aguantamos unos kilómetros más y ya lo dejamos, que sabemos de sobra cuándo no podemos más, que ninguno nos queremos matar… la eterna cantinela de siempre. Cuando el sueño se despierta, los reflejos empiezan a descansar: todo parece sencillo. Al habla con Fe de Ratas: “Me quedé dormido al volante en una ocasión (menos mal que fue en una autopista de tres carriles yendo por el del medio y subiendo, que si no quizás no lo hubiera podido contar) por intentar volver a casa sin haber sobao no digo desde dónde. También nos ha ocurrido tener que bajarse todos (menos el conductor, claro está) para que la furgo pudiera subir las peores pendientes del Puerto Pajares, averiarse la furgo compartiendo equipo con A Palo Seko (Mimi llamándonos histérico y nosotros: ‘Que sí, que ya llegamos’ con la cacharra tirada en el arcén), partírsenos el palier delantero justo en la recta al llegar al garaje de la oficina de alquiler…”

Julián Hernández, desgarbado líder de Siniestro Total, nos lanza su experiencia. Esta vez la vida de muchos está en manos de uno solo al que acabas de conocer. Hay que ser muy profesional para poder descansar a gusto: “era un viaje que hacíamos de Zaragoza a Valladolid. Habíamos tocado en Zaragoza y de Valladolid salía el único vuelo que podíamos coger por la mañana para al día siguiente ser teloneros de Madonna, no os lo perdáis. El tío que llevaba la furgoneta, un tío ocasional, era taxista. En un trozo de carretera donde bajan todos los emigrantes europeos, fundamentalmente portugueses (peligrosísimo, ya que la gente, como no tiene pasta, se pega unas buenas panzadas de coche, se atiborran de anfetas y van pasados de rosca), al buen hombre no se le ocurre otra cosa que quedarse dormido al volante. Nosotros veníamos cansados y medio adormilados y creo que Soto o Blanco lo notaron. De pronto la furgo se fue y uno de estos pegó un grito. Nos despertamos todos y empezamos a hablar como cotorras para que no se nos durmiera. El susto fue que nos íbamos al carril contrario con los coches cruzando a toda hostia. Nos despertamos todos con los ojos como platos y sin parar de hablar a grito pelao. El tipo aguantó hasta Valladolid, nos dejo allí, cogimos el avión y tocamos con Madonna”.

Fermín Muguruza, cuyas giras llegan a más de medio mundo, viene hasta nuestras páginas para mostrarnos algunos casos. El músico vasco no se corta ni media: “nos ha pasado el ir en autopista y, de repente, empezar a pisar la banda rugosa lateral con la rueda y darnos cuenta que el conductor se adormilaba. ‘¡Joder, que nos matamos!’ Ayer mismo me llamó Andrés: venían de Madrid a Euskadi con la furgo y se quedaron sin gasolina ¡a un kilómetro de llegar a la gasolinera! Y con todo el material metido dentro. También nos ha pasado lo de salirte humo porque se ha salido el aceite y se está quemando el motor. Esa es la furgoneta que Viry (nuestro actual conductor) le ha vendido ahora al Tonino Carotone… La vida en la furgoneta sí que es la farándula total”.

Parte de conclusiones…

La primera: que, a veces, llueve a gusto propio. “Veníamos para Madrid y el conductor tenía prisa. A mí me entraron ganas de mear y él pasaba de mí. Así un montón de kilómetros y yo diciéndole que me meaba. Pasó de mí y, en un momento dado, ¡Boom!: reventó una rueda del remolque. Yo pensé: ‘¿ves? Ahora ya has parado y por fin puedo mear’. Lo hice y me quedé tan a gusto”. Y lo firma Manolo Benítez, ex-Enemigo.

La segunda, que no hay mal que por bien no venga: “Nos quedamos tirados en Suecia cuando vino el policía para ver qué había pasado. Sólo se había movido el equipo dentro de la furgo. Resultó que el conductor era alemán, el vehículo estaba comprado en Bélgica y nosotros dos éramos españolas. El policía nos dijo: nunca había atendido un accidente tan internacional”, comenta Maite, del dúo Baccara.

La tercera nos la explica de viva voz Julio, de los sevillanos Mártires del Compás: “Hemos visto muchos accidentes y te puedo decir que siempre hay un vehículo grande implicado, un autobús o un camión. La verdad es que ves cosas grotescas. Nos ha tocado ponernos al lado de un camión que iba haciendo eses porque el conductor estaba dormido y tener que darle el toque para que no se matase. En fin: que si quieres ser leyenda… o haces un buen trabajo o te matas en la carretera”.

La última, siguiendo esa necrológica vía asfaltada, nos la trae, una vez más, Johnny, de Burning: “… en la carretera siempre te vas jugando la vida. Siempre. Ahí, detrás de un camión, y eso que en veintitantos años que llevamos nunca nos ha pasado nada grave, aunque hemos visto muchísimas cosas delante de nuestros morros. Hemos auxiliado a mucha gente y a también hemos visto muchos fiambres, fiambres ahí delante que te dejan el cuerpo que no veas. Luego te subes arriba y lo olvidas. Esto es rock and roll y ya no piensas en la niña esa que viste muerta en la cuneta. En fin: son cosas de las carreteras”.

Capítulo 1: La vida en la carretera
Capítulo 2: Los olvidados
Capítulo 3: Guía gastronómica
Capítulo 4: La Benemérita
Capítulo 5: Por el guiri
Capítulo 6: Los runners
Capítulo 7: Entretenerse en la furgo
Capítulo 9: Touring in Spain
Capítulo 10: Escenas escatológicas
Capítulo 11: Fuerzas de la ley vs. rock'n'roll

Capítulo 12: El baúl, con tachuelas, de la Piquer
Capítulo 13: En carne propia

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