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Chulito Camacho

“18 kilates”. Boa

abril de 2002

Se agradece, se ha dicho muchas veces desde aquí, que la gente del hip hop intente aprender de alguien más que de sus amigos. En principio, la propuesta de Chulito Camacho se planteaba así: un “algo” llamado hardcore ragga que parte del dancehall y terminaba en el hip hop más callejero. Luego, cuando escuchas “18 kilates”, el álbum completo, ves que dentro de tanta etiqueta no hay más que un ejercicio de hedonismo que, musicalmente, termina recurriendo a bases de lo más repetitivas que, cuanto menos, sí se salen de la normalidad.

Chulito defiende su personaje como si de un icono cinematográfico se tratara. Dice en una de sus rimas que “los inteligentes están callados” y él lanza unas verborreas enormes que exhiben todos los tópicos recurrentes de un ambiente propio de “Perros callejeros”. Sus letras pueden llegar a hacer gracia porque dan la impresión de ser las de un adolescente jugando a ser James Cagney: presume de chico malo y ofrece en el libreto del disco una lección práctica de cómo liar un porro. Es de suponer que un muchacho como éste considere el acto una provocación, algo comprensible cuando en toda la estética del disco se pasa de la manicura a la joyería con unas poses tan de “niño bien” que lo que suena pierde credibilidad segundo a segundo.

Musicalmente puede considerarse un principio, aunque el poder y la personalidad de una voz tan peculiar como la de Chulito oculta en gran medida el trabajo sonoro en el que la producción juega un papel sumamente digno.

Lo incomprensible es el personaje, propio de videoconsola y de cine negro de segunda fila.

E.P.

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