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Chucho Valdés

La Riviera. 15 de marzo de 2002

Este personaje se está ganando a pulso su reconocimiento como uno de los grandes. Y, cuando digo de los grandes, ya no pienso en Stan Getz o en Chick Corea. Mi mente se va más hacia los Ellington, Charlie Parker o Miles Davis. ¿Que por qué? Porque Chucho Valdés está reinventando el jazz de una manera tan preciosista como contemporánea y porque, en buena lógica, como siga así, su nombre va a influir a las próximas tres generaciones de jazzistas. Lo de Chucho (igual hay que aclararlo) no puede meterse en el saco tan lapidario de “jazz latino” así como quien señala de un tirón a Paquito D’Rivera o Jerry González. Mientras éstos y muchos más tiran de la tradición haciendo mezcolanza con las formas del jazz (y lo hacen de un modo genial), lo del pianista va tres pueblos más allá: él inventa, crea, mete en una coctelera toda la música existente y la expone de un modo tan personal como accesible. Cuando se llenó La Riviera (casi) nadie dudaba de que, antes que nada, iba a escuchar jazz. Pero no cualquier tipo de jazz (para eso parece que no hay audiencias tan grandes hoy en día en nuestra ciudad), sino esa maravilla que hace Chucho Valdés y que mama tanto de Rachmaninof como de su padre Bebo.

Y es que, puestos a pensar, lo que hace este cubano no es otra cosa que dar rienda suelta a su talento uniéndose con músicos que le entienden a la perfección. Si él conoce como de corrido las polonesas de Chopin o los conciertos de Brahms, ¿por qué no va a heredar de ellas del mismo modo que tira del tumbao o del son? Y si, con las mismas, este hombre está poseído por el espíritu de Bill Evans, ¿por qué no unir sus imágenes con el lirismo de Lecuona? La música de Chucho Valdés es toda una enciclopedia y, lo mejor de ella, es que no hay que ser un erudito para apreciarla.

Puede que, algunos de sus fans se quedaran un tanto esquilmados por su repertorio “rivereño”. Pero no hay razón: los clubs de jazz son para aficionados al jazz y recintos como La Riviera son para que gente que no se acerca a estos géneros termine amándolos. Chucho lo consiguió: hizo tres o cuatro saltos de escenario, bailó, montó un pequeño show con las percusiones, llamó a invitados e, incluso, hizo algún que otro chiste. Suficiente para quitar densidad de mente a quienes, en su cortedad, no eran capaces de seguir sus impresionantes solos de piano. Para quienes lo hacían, el aluvión era tremendo: puro arrojo convertido en máquina del tiempo en la que el pasado y el futuro se daban la mano como si tomaran un café.

Tuvo a familiares como invitados, pero, más allá de eso, el asunto no puede calificarse si no como una nueva concesión a un público amplio. Su música era la que mandaba y la que, más allá de su actuación, quedaba. Es tan cubana como universal y tan clásica como contemporánea. Es, realmente, digna de quien puede cambiar el camino del jazz de un modo absolutamente relevante.

E.P.