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Black Rebel Motorcycle Club

Moby Dick. 5 de marzo de 2002

Cientos de conciertos, otras tantas fiestas y muchas, muchas noches han pasado desde que la sala Moby Dick abriera sus puertas. Tantas que, sin darnos cuenta, ha cumplido diez añitos. Como no podía ser menos, para tan señalada ocasión no se han andado con chiquitas y se han traído de los Estados Unidos (aprovechando la minigira que el grupo iniciaba en París el 21 de febrero pasado y que tenía su colofón en nuestro país) a una de las bandas que, de unos tres meses para acá, y junto con otras como Strokes o White Stripes, han empezado a tener relevancia como por arte de magia.

Bueno. Por arte de magia o por arte de una cuidada campaña de promoción que nos ha abordado tanto desde la prensa especializada como desde los suplementos de la prensa en general. El caso es que muchos de nosotros ni habíamos oído hablar de los Black Rebel Motorcycle Club (está bien el nombrecito: así no se nos olvidará el conjunto de motoristas que Marlon Brando lideraba en “El salvaje”) cuando nos hemos topado con su primer y único disco. Eso sí: ya sabíamos de ellos que les gustan, les influyen o les comparan con bandan como la Velvet, los Stones o Joy Division y que están más cerca de los Stone Roses, Charlatans o Jesus and Mary Chain. ¡Ah! Y que no se me olvide The Stooges.

Ironías mediáticas aparte, lo cierto es que se había creado expectación y que el número de fans del grupo creció por momentos, lo que hizo que la sala se abarrotara para ver a los de San Francisco y que muchos de los que más ganas tenían de verlos se quedaran con las ganas. La entrada anunciaba “telonero” a las 10:15 y BRMC una hora más tarde. Como no hubo telonero tuvimos un buen rato para calentar nuestros motores. Quienes sí estuvieron fueron Peter Hayes a la guitarra y Robert Turner al bajo (los cuales no tuvieron ningún problema en intercambiarse responsabilidades instrumentales y vocales a lo largo de su actuación), así como Pete Salisbury (de The Verve) a la batería en sustitución, también para esta gira, de su legítimo batería británico Nick Jago.

El concierto fue cortito, como no podía ser de otra manera dado su, de momento, escaso repertorio. En una hora escasa se repasaron la mayoría de su homónimo disco añadiendo alguna cara B de sus singles y un adelanto de su próximo disco. Por si había suspicacias, lo hicieron con un sonido que se adaptó a la sala como pocas veces, enfatizando sus temas más hipnóticos y lisérgicos, a la par que los más pop y los más oscuros se agrandaban con su buena puesta en directo y su “savoir faire” instrumental. Con distorsiones tan salvajes y alucinadas como anidadas y ordenadas y un bajo omnipresente y predominante (y, en ocasiones, tan reiterativo y delirante que llegaba a noquear) consiguieron crear esas “atmósferas” peculiares que el grupo persigue.

A destacar varios temas, pero especialmente “Whatever happener to my rock’n’roll”, que se ha convertido en su gran éxito y con el cual cerraron el concierto para, después, solventar los bises con un largo “Salvation” que puso fin a la velada.

Volverán.

Miguel de la Varga