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La vida en la carretera (II). Abril 2002 Los olvidados
por Kike Babas y Kike Turrón con ilustración de Mart ¿Repostamos? Parece ser que el mayor enemigo de los despistados es la gasolinera, ese lugar imprescindible para la marcha del vehículo, ese momento necesario para repostar birras, vaciar vejigas o, simplemente, estirar las piernas. Sin embargo, ¡cuidado! Siempre puede haber un conductor con la cabeza en otro lado que te la juegue cuando menos te lo esperas, aunque en esos casos la culpa “nunca es de nadie” y todo es considerado poco menos que un pequeño accidente. Al menos Viry se desentiende de la siguiente manera: “me pasó una anécdota con Garaje H. Yo era el conductor de la furgoneta, íbamos de Bilbao a Francia, se habían pillado un cebollón de la hostia e iban tumbados, durmiendo, amontonados. Total, que paramos a repostar antes de pillar la frontera, cerca de Irún. Pagué y miré atrás. Allí estaba el bulto de gente, por lo que arranqué y tiré. A los cien kilómetros alguien llamó a Abel, el cantante, y el tío no respondía. Resulta que se había bajado en la gasolinera sin avisar a nadie y no había vuelto. Dimos la vuelta y estaba allí, medio llorando, descalzo…” ” También es mala suerte, no sólo por el hecho de quedarte tirado en una gasolinera española, sin documentación, siendo tu lugar de origen Cuba, sino que, para colmo, te quedes descalzo. Una putada así no debería pasar dos veces y, sin embargo, aquí están Barricada para demostrarnos que el hombre tropieza siempre dos veces en la misma piedra (y descalzo): “llevábamos al principio dos roadies. Eran los hermanos de El Drogas y el Boni: dos chavales jovencitos, muy tímidos… Pasaban viajes de ocho horas y no se dirigían la palabra. Lo llevaban bien así, pero no hablaban. Una vez pararon a echar sopa y uno de ellos salió a mear, descalzo, sin abrigo, y el otro, al terminar de repostar, arrancó y se piró. Cuando llegó a Oviedo y le llamó para no sé qué, se fijó en que el otro no estaba. ¡¡Se lo había dejado doscientos kilómetros más allá!! Descalzo, en una gasolinera”. Una y otra vez se vuelve a repetir el mismo ejemplo: gasolineras y olvidados parecen destinados a ir juntos de la mano. Juan Maya, actual guitarrista flamenco de Estopa, nos cuenta una batallita en ese sentido de la época en que curraba para la pequeña de las hermanas Flores: “nos dejamos tirados al Bola, a Agustín Carbonell. Ibamos de guitarristas con la Rosario y volvíamos de un bolo, con un calor que te mueres, sentados en una colchoneta que poníamos en el autocar. Bajamos a comprar algo y él se bajó en pantalón corto. A los cien kilómetros sonó el móvil y, en efecto, era el Bola, que estaba sin camiseta tirado en alguna gasolinera entre Madrid y Murcia”. Al final lo suyo es hacerse notar en la furgoneta de tal forma que, si por un momento no estás, se te eche de menos rápidamente. Si no… ya se sabe: a atenerse a las consecuencias. Que se lo pregunten a Salva, calladito batería de los Macaco, que volvió a palmar en una “sopería” tal y como nos cuenta Dani “el Mono Loco”: ”paramos en una gasolinera cerca de Madrid y lo típico: todos a mear… ¡y nos dejamos al batería! Simplemente nos olvidamos de él. Nos fuimos y, de repente, cuando llevábamos no-sé-cuántos kilómetros… ‘¡Hostias, El Salva!’ Tuvimos que volver otra vez y el tío con un puteo que no veas, cagándose en nuestra madre. Después de eso el road manager nos cuenta a todos”. Desde luego, acordarse de todos los muertos del resto de la excursión es lo mínimo que puede hacer el afrentado, quizás lo único si es que no se ha apeado del carro con el socorrido teléfono móvil. Para confirmarnos este punto tenemos a J. Al-Andalus, bajista de Def con Dos, que recuerda cómo se dejaron a un compañero al salir de un bar (¡qué originales!): “nos dejamos a un guitarrista en una venta, el camarada Nicolae. La verdad es que el tío era un tanto extraño y casi nadie le echábamos en cuenta; era un personaje. El caso es que estábamos en Granada y el tío tenía mal el estomago o algo así. Cuando todos terminamos de hacer nuestras cosas, nos subimos y marchamos. A los cuarenta kilómetros nos dimos cuenta: ‘oye, ¿y Nicolae?’ Cuando nos dimos la vuelta y regresamos, allí estaba, sentado en la puerta del bar, llamándonos de todo. Le recogimos y seguimos adelante”. Al menos, tanto el camarada Nicolae como Salva Macaco, Abel de Garage H o el roadie de Barricada pueden contar que, mosquedados o descalzos, el caso es sus compañeros se dieron cuenta a tiempo y volvieron a recogerlos, cosa que no nos podría contar Auo con sus Etsaiak: ”fue durante la primera gira a Cataluña, en el año 1992. Nos dejamos olvidados a Auo, el cantante, en Barcelona, y tuvo que volver en bus…”. Seis cuerdas y un jamón De todas formas, no son sólo los pobres silenciosos de cada grupo quienes pagan el pato del despiste general. Incluso objetos tan valiosos como una guitarra pueden ser susceptibles de ser olvidados, tal y como nos relata Viry: “una vez estaba con Los Activos, de Huelva. Quedamos a las ocho de la mañana, íbamos a Santander y el guitarra llegó una hora tarde contando una de sus historias. Llegaba con sus dos guitarras, nos subimos y arrancamos. Al llegar al bolo, estaba ayudando a descargar y, cuando pillé las guitarras, vi que su peso era escaso. Abrí y estaban las dos fundas vacías. ¡El tío no lo había notado! Así que hubo que buscar una guitarra guapa urgentemente”. Despiste morrocotudo pero, al fin y al cabo, salvable. Otra cosa muy distinta es que quien desparezca sea el propio guitarrista, detalle sobre el cual mucho tendrían que decir los míticos punks La UVI, cuyo mentor principal, Manolo Quevedo, le va quitando importancia al asunto: “alguna vez tuvimos que esperar al guitarrista porque se hallaba desaparecido en combate. ¡Pero esperarle un día entero! Luego aparecía con una tía a la que se había ligado, sonriente… Y lo peor: encima teníamos que acercar a la tía a su pueblo. ¡Si es que éramos un grupo muy amoroso!” En fin. No todo van a ser olvidos calamitosos en este capítulo. Hay veces que la suerte sonríe y permite bonitos encontronazos. Si no que lo cuente el batería Juan Carlos Grass en una de las innumerables batallas de Boikot: “nos encontramos un cerdo en medio de la carretera viniendo de León. Era una carretera de dos carriles, pero uno de ellos estaba cortado por desprendimientos de rocas, así que había un semáforo en cada extremo que controlaba el trafico. Roberto Galán, el técnico de PEA de Hamlet, venía con nosotros, echándonos una mano. El caso es que, cuando nos tocaba pasar, aparece un cerdo enorme y Roberto nos brindó la imagen del día: comenzó a tirar del cerdo, el animal no se movía hacia donde él quería y, en éstas, cambió el semáforo y llegaban los coches en el otro sentido y por el mismo carril… Roberto iba empujando el cerdo, nosotros detrás, y los coches reculando hasta que pudiésemos salir… Juancar Cabano quería cogerlo y echarlo a la furgoneta: ¡menudos jamones!”. Desde luego, ya es extraño encontrarse en medio de la carretera un hermoso ejemplar porcino, pero más raro es, y juzguen ustedes mismos, ¡encontrarse a los propios miembros del grupo! “Estábamos tocando en Logroño. La primera noche, al acabar, hicieron una fiesta en una bodega. ¡En la Rioja! Entré al local con el tío: botellas, botellas y más botellas. De repente… me perdí, claro: había vino blanco, y tinto, y… De ahí a la carretera no me acuerdo de nada; parece ser que me quedé en una curva. Estos casi me atropellan; frenaron y encontraron un bulto tirado…” Tamaño desbarajuste etílico no les podía pasar a otros más que a los Enemigos en sus inicios. De hecho, Josele Santiago nos sigue relatando las batallas de una excursión que no tuvo desperdicio: “en el concierto del día siguiente Artemio, el primer batería, se nos perdió. Se había quedado dormido en la pista de baile de las fiestas del pueblo. Cuando se despertó pidió una silla para irse a Madrid andando porque así se iba sentando cuando estaba cansado. Nos lo encontramos con la silla en medio de la carretera. ¡Tenía la camiseta llena de pisadas! De vuelta iba conduciendo Fino y, de pronto, se cruzó una paloma y se estrelló contra el parabrisas; quisimos enterrarla pero no la encontramos: se había desintegrado en el golpe. Estuvimos una hora buscándola, Artemio casi llorando… Recuerdo que venía el Guille de Desperados como invitado y le pillamos la mano con la puerta. ¡Es que fue el único que ‘pilló’! Por cierto, que, nada más llegar a Logroño, nos habían venido cinco o seis armarios con cadenas y bates y nos habían dado una somanta de hostias de puta madre. Fue porque nos habían confundido con otro grupo. Total, que habíamos tocado cada uno con un montón de piedras al lado por si acaso”. Capítulo
1: La vida en la carretera
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