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José Ignacio Lapido, el ex de 091, publica su segundo álbum en solitario. Abril 2002 La esperanza de la resurección
091 dieron por finalizada su historia en 1997. Se daba carpetazo a una de las bandas seminales del sonido español tan fundamental como olvidada. Habiendo aparecido en plena eclosión de la nueva ola española, ellos, desde Andalucía, siempre supieron marcar territorio propio en base a un rock sumamente personal y a unos textos que contrastaban con las abundantes letras intrascendentes que cubrieron casi toda la época. Al finalizar la aventura, uno de los personajes que la integraban prometía más que el resto de sus compañeros. Fuera por lo que fuera, José Ignacio Lapido aparentaba tener más capacidad y resortes a la hora de funcionar con vida propia. Y así fue: mientras que el resto de sus compañeros entraron a formar parte de otras bandas con más o menos resultado (José Antonio García llegó a grabar con Sin Perdón), él inició una carrera en solitario que, por meditada, se hizo esperar. No fue hasta 1999 cuando Lapido debutó a su nombre con “Ladridos de perro mágico”, un álbum alejado del sonido de 091 en el que se presentaba como nuevo artista. Atrás quedaba la intensidad rabiosa del grupo para centrar las canciones en una óptica más personal y profunda. Sin embargo, aquel álbum no tuvo una continuación inmediata, lo que hizo pensar a muchos que tampoco Lapido estaba por la labor de seguir contando algo en el mundo de la música. El, por su parte, seguía con sus asuntos subiendo al escenario muy de cuando en cuando y poniendo a sus aficionados en antecedentes de que, tarde o temprano, esto continuaría. El último aviso lo dio hace pocos meses, cuando lanzó seis canciones en forma de miniCD con el título de “Luz de ciudades en llamas”. Ahí se podía comprobar ya que el camino iniciado por José Ignacio en solitario no tenía vuelta atrás, que los tiempos de sudor juvenil y un frente de guitarras habían quedado en el pasado definitivamente. Lo ofrecido en “Luz de ciudades…” era dar por bueno lo ya presentado en su primer disco y decir a los cuatro vientos que su carrera en solitario tenía nuevo rumbo y dirección. Después del aviso llegó la realidad, lo que se ha dado en llamar “Música celestial”. Es ésta una colección de trece canciones en las que la faceta del cantautor no huye del sonido eléctrico ni de una estética ciertamente revisionista. Nada de modas al uso ni de corrientes de temporada: solamente canciones hechas desde dentro y expuestas hacia fuera sin pretenciosidad. “Me imagino que será recibido como siempre: ignorancia casi absoluta por parte del gran público. Soy consciente de que la música que hago no está de moda y que las letras que escribo no son del gusto de la masa compradora. No puedo hacer nada contra eso. Me limito a grabar discos con buenas canciones para quien las quiera escuchar”, dice Lapido. Cada vez resulta más difícil encontrar ilusión en artistas que no aborden la música por primera vez. Los tópicos del mercado y los cambios entre el público mayoritario parecen hacer que, quienes se salen de la norma, se tomen cada vez más su obra como una aportación sin ningún otro tipo ánimo. Esto se empieza a asemejar a un archipiélago de pequeños islotes alejados del continente en los que, ocasionalmente, alguien recala después de una travesía aventurada. Ni hay intención por parte de los indígenas por contaminarse del primer mundo ni respuesta por parte de éste hacia lo que no sea la moda más inmediata prefabricada por los gobernantes del comercio. “Hay grupos que me gustan, como Gomez, Eels, Wilco, Buckcherry, Jayhawks… solistas como Mathew Sweet o Elliott Smith. Otras corrientes de moda, como el nuevo metal y todo ese rollo, no me interesan en absoluto”, indica José Ignacio al tiempo que establece diferencias entre lo que significa “música moderna” y “música realmente nueva”: “No me imagino a nadie preguntándole a Muddy Waters por qué no modernizaba su sonido. Creo que aquí hay demasiado snobismo. Si modernizarse es utilizar loops, por ejemplo, te diré que eso ya lo usaban los Beatles en el ‘Revolver’ del 66. Si es hacer algo más techno esa palabra ya se oía en el 74 y 75 con Kraftwerk, Tangerine Dream y todo ese rollo. Si se trata de los territorios hip hop todos sabemos que a finales de los 70 ya se rapeaba… En conclusión: nada nuevo bajo el sol. Estamos hablando de cosas hechas hace más de veinte años aunque haya gente que las tome como nuevas. ¿Y por qué no el rock’n’roll? Yo tengo mi propio estilo y creo que lo voy puliendo disco a disco, introduciendo matices que, para mí, significan pasos a delante”. ¿Un estilo propio? Bien… ¿Y cuál es? “No soy consciente de que muy poca gente señalaría mi música como rock’n’roll porque… creo que poca gente diría que existo. La opinión del resto es algo que no me quita el sueño. Sé que muchos identifican rock’n’roll con un tipo astroso que lleva la gorra al revés y que da berridos con voz de chivo agonizante. No es mi problema. Yo creo que para hacer rock’n’roll hay que tener cierta clase y, muchas veces, la furia debe ser sugerida antes que evidenciada”. Digamos, por ejemplo, ¿cantautor rockero? “En España el apelativo ‘cantautor’ tiene unas connotaciones muy específicas que todos conocemos. Lo del ‘cantautor rockero’ creo que lo utilizaba Sabina cuando hacía aquella pachanga pseudorockera en los 80, ¿no? A mí me da igual como me llamen siempre que no me digan ‘artista latino’. En Estados Unidos hay tipos como los que he nombrado antes (EliottSmith o Tom Petty) que entrarían en una categoría estilística parecida a la mía, pero aquello es otro mundo”. Lo dicho: otro mundo. Centremos nuestra mirada entonces en el mundo de José Ignacio Lapido, un personaje que, entre disco y disco, “básicamente no hago nada, sólo pensar en el siguiente y esperar el cheque de los royalties que nunca llega y la transferencia de Autores que tarda demasiado”. Sobre su material, señala que lo que más tiempo le lleva componer es, “sobre todo, las letras. Dedico mucho tiempo a pulirlas. Creo que es muy importante que lo que quieras decir se diga con la mayor brillantez posible. Además, claro, hay que tener cosas que decir. En cuanto a la música… sale de una forma más natural, más intuitiva, no tan cerebral como la parte literaria. Los músicos con los que toco son amigos que amablemente me ayudan a hacer los discos. Son gente brillante con sus instrumentos y que saben tocar buen rock”. La dinámica que sigue una persona como José Ignacio a la hora de plantearse un disco pasa por la elección de dejar pasar el tiempo, juntar canciones y, algún día que otro, publicarlas en un álbum. “Sí. Siempre hago los discos así; voy recopilando canciones: componiendo y desechando. Cuando tengo el número suficiente me meto en el estudio. No tengo idea preconcebida a la hora de hacer discos excepto la de que contenga buenas canciones. Eso es primordial. No hago discos conceptuales aunque mis canciones siempre giren en torno a determinados conceptos: tiempo, amor, muerte, soledad…”. El cuidado de los textos, como ya queda dicho, es uno de los grandes valores de la obra de Lapido, como en su día lo fue de 091. Dicha actitud choca bastante con el momento actual del rock español, un género en el que el ritmo y la diversión parecen la seña de identidad más reveladora. “Me imagino “--dice--” que será porque en el rock, muchas veces, el componente puramente hedonista o físico de la música se superpone al cerebral de la letra. Ya sabes: un Marshall a todo volumen deja poco espacio para metáforas. Cuando me preguntas si el rock es una música demasiado juvenil… pues yo diría que, hoy en día, la mayoría de los jóvenes de 16 o 18 años pasan olímpicamente de él. El tema maquinero y pastillero es lo que está de moda, es decir, la nada, el vacío más absoluto. Lo que ocurre es que hay gente que, cuando pasa de los treinta, cree que ya debe oír otras cosas y abandona el rock por considerarlo ‘demasiado juvenil’: Es una gran paradoja”. Cierto. No parece que el género esté, en España, abonado para la edad madura, para la época vital en la que empiezan a aparecer preocupaciones y responsabilidades. Las letras de José Ignacio reflejan claramente una visión muy alejada de la intrascendencia. De hecho, hasta podrían señalarse, en algún momento, como de pesimistas. “Dicen que los pesimistas son optimistas bien informados. Yo soy eso: un optimista bien informado. El futuro me preocupaba antes, en el pasado: ahora ya no. Desde pequeño creía que el año 2000 era el futuro, un futuro con ambientación espacial. Ahora que estamos en 2002 veo que aquello que parecía que iba a ser de ciencia-ficción no es otra cosa que ‘más de lo mismo’, como dice una de mis canciones. Por lo tanto no me preocupa. Además, ya lo dijeron los Sex Pistols: No future”. “Música celestial” ha sido grabado en el estudio Producciones Peligrosas de Granada, al igual que los trabajos anteriores de José Ignacio en solitario. “Son gente con la que se trabaja a gusto y saben grabar amplificadores antiguos”, comenta. El proceso de grabación comenzó en noviembre del año pasado y la producción la ha realizado el mismo Lapido contando como músicos con Antonio Lomas, Alex Bédmar, Alex Serrano, Víctor Sánchez y Jass. De lo obtenido se eligieron seis canciones para el ya citado “Luz de ciudades en llamar” e, incluso, aún han quedado escondidas otras tres canciones que irán apareciendo en los diversos singles que se extraigan del álbum. “Los discos se ven más claramente en la distancia y todavía es pronto para saber qué puede significar en mi carrera. En todo caso, creo que es un disco que retrata perfectamente mi estado emocional, tanto musical como literariamente hablando. Obviamente, yo no hago discos de transición: uno no se tira dos años preparando un disco para hacerlo de transición. Yo intento hacer obras maestras (valga la inmodestia) y unas veces salen más ‘maestras’ que otras (es broma)”, comenta el autor sobre su obra más reciente. Se da la curiosidad de que “Música celestial” ha coincidido casi en el tiempo con la reedición remasterizada de “Todo lo que vendrá después”, el último disco que 091 grabó en estudio antes de despedir su carrera con un fantástico doble álbum en vivo. “Estuve catorce años en la banda. 091 fueron muy importantes para mí; fueron mi banda y eso no es fácil de olvidar. En su momento fue un grupo minoritario en el ámbito estatal, pero con mucho prestigio, creo. En Andalucía sí tuvimos más repercusión. De todas formas, en 091 nunca nos planteamos cambiar nuestras propuestas artísticas para llegar a un público más amplio. Por eso siempre se nos tildó de grupo de culto, grupo maldito y todas esas cosas”, apelativos todos que, dicho sea de paso, también parece ir ganando día a día un personaje como Lapido. “Yo no tengo demasiadas salidas para dar a conocer mi música “--señala--”. Las grandes radiofórmulas y todos ésos no programan mis canciones, por lo que uno de los pocos resquicios que me quedan es el directo, que, además, me gusta. La sensación de tener el amplificador caliente detrás de ti a punto de conseguir un feedback es algo realmente atractiva”. El girar, además de ser la mejor manera de promocionar su material, se convierte para José Ignacio en una vuelta al contacto personal con su público. Dentro de una serie de conciertos que servirán como arranque para mayores aventuras de carretera, Lapido tocará en Madrid dentro del mes de abril que se nos avecina. Lo más normal es que en sus conciertos se den cita todos aquéllos que, ansiosos de nuevas canciones, no pongan reparos a la espera que han sufrido, fans silenciosos que, en corto número, consideran a este personaje como uno de los creadores más fundamentales de la música española. Su pasión llega hasta el punto de generar expectativas en torno a un libro de próxima aparición sobre su figura: “Tengo vagas noticias sobre eso. No sé cómo me lo tomaré si es que finalmente se llega a producir. Dependerá de si se habla bien o mal de mí. Espero que no tenga que partir ninguna pierna (es broma, otra vez)”. José Ignacio se toma con humor el típico dicho de que cuando, en España, se escribe un libro sobre ti es porque ya has pasado a mejor vida: “No sé. Siempre nos queda el consuelo de la resurrección”. Actualmente, la mente de este creador pasional no contempla otra cosa que subirse a un escenario y ver la respuesta de la gente ante su nuevo disco. “Después de grabar, mezclar y todos esos procesos a uno se le queda la mente más bien vacía. Estoy deseando volver a llenarla leyendo un poco de filosofía, no sé si Tomista o Agustiniana”, dice mostrando, una vez más, su sentido del humor. Esperemos que no se acabe con sus nuevas lecturas. E.P. José Ignacio Lapido. “Música celestial”. BigBang
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