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"Quecus endorphina" Elkarlanean junio 2001 Si lees esta revista con frecuencia sabrás lo que es la txalaparta, pero como no sé si eres un lector habitual... Imagínate una especie de mesa de madera en la que la parte de arriba no es una sola tabla, sino varias, y que, además, no están clavadas al soporte. Si coges un palo discretamente grueso y lo golpeas por uno de sus extremos sobre alguna de las tablas verás que, evidentemente, suena. Si tienes cierto oído podrás jugar mínimamente con las notas que despidan las tablas si varías sus dimensiones y si las sacudes más hacia el centro o más hacia su borde. Un instrumento parecido a eso apareció en la música tradicional vasca ineludiblemente ligado al mundo rural y, gracias a una buena labor de recuperación, hoy es un elemento bastante más popular y visible de lo que era, por ejemplo, hace veinte años. Respecto a los instrumentos musicales, hay quien prefiere conservarlos siempre del mismo modo o quien, llevado por la búsqueda de nuevos sonidos, los modifica creando otros con mayores posibilidades expresivas. El dúo formado por Harkaitz Martínez e Igor Otxoa (Oreka TX) hacen esto último y eso les ha llevado a traspasar de largo el universo musical en el que siempre se había ubicado la txalaparta, la cual, habría que aclarar, se toca por parejas, uno a cada lado de la susodicha mesa y con un palo (makila) en cada mano. En "Quercus endorphina" el dúo hace una obra que hace unos años se habría considerado imposible, ya que llevan el instrumento a lugares que, probablemente, ni se soñaban. Ello lo consiguen variando los timbres con diferentes materiales y dejando la mano sabia del estudio a Kepa Junkera. El resultado es inexplicable y lleva a la txalaparta a una nueva dimensión para terminar siendo considerado algo mucho más rico que un mero instrumento tradicional proveniente del campo. E.P. |