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Adolfo Celdrán

"Jarmizaer, Jarmizaer"

Ceyba 163

septiembre 2001

El nombre de Adolfo Celdrán dirá poco a los más jóvenes. En España no tenemos la costumbre de recordar durante mucho tiempo a quienes utilizaron la música y la canción como arma revolucionaria cuando más falta hacía. Parece ley de vida. O de desagradecimiento.

Celdrán fue una de las principales voces que, en Castilla, se afanó en recuperar poesía cuando ésta no se podía leer, en hablar de situaciones que no se podían nombrar y en cantar en público cuando eso era considerado ilegal si no se pasaba una censura previa. Para la historia colectiva dejo un "Denegado" en el que presentaba públicamente todo el material que, en su día, le fue prohibido interpretar y, junto a él, otros discos que, en la década de los setenta, tuvieron una enorme repercusión para quienes buscaban en la música un medio de comunicación de ideas más que una diversión temporal de tres minutos.

La reaparición discográfica de Celdrán tiene poco sentido en estos días por cuanto él, como tantos y tantos compañeros de generación, es de quienes desapareció de la escena bien porque considerara hecho su trabajo o bien porque, con la llegada de ciertas libertades a este país, se quedó sin argumentos para su guitarra. "Jarmizaer, Jarmizaer" nos ofrece, por tanto, un Celdrán sumamente diferente al que guarda la memoria, un cantautor más personal y menos colectivo, más intimista y menos social. Aparecen como recuerdo de época algún poema de Machado y Lorca y una canción como "Pep de l'horta" en la que se rememora una revuelta campesina. El resto de las piezas viene a decir que el tiempo pasa, que las preocupaciones cambian y que hasta los ritmos que el cuerpo pide se acomodan. Valga el álbum para reivindicar su figura, pero no para que los más jóvenes crean que siempre fue así.

E.P.