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El 2001 se cierra con la televisión como referente del mercado musical. Diciembre 2001 El gran hermano monta una tienda de discos No cuesta tanto como otros años echar la vista atrás cerca del final del 2001. Aún resonarán durante tiempo los ecos del aluvión veraniego que ha venido a poner de manifiesto, más que nunca, la trascendencia del medio televisivo en nuestras vidas. Ya no sólo nos cuenta quiénes son los buenos y los malos en las guerras, cuándo los perros muerden demasiado o cuándo se pone de moda la violencia doméstica o el botellón; a partir de ahora, parece que Sardá dictará los superventas discográficos y que "El Gran Hermano" dirigirá los ballets de nuestro público mayoritario. Porque si algo ha quedado claro este año es que, definitivamente, por un lado van los gustos mayoritarios del público y por otro bien diferente el interés de la música. En España, hoy más que nunca, las compañías ponen velas a televisión para que alguno de sus productos caiga en gracia y obtenga los beneplácitos del medio. Las cadenas, por el contrario, sabedoras de que son capaces de conseguir que hasta un ciego haga funambulismo en el cañón del Colorado con tal de tener cuota de pantalla, se limitan a poner la mano admitiendo su sordera y su incapacidad para distinguir lo bueno de lo malo. El público televisivo se ha puesto a comprar discos como loco. Y le da lo mismo que el disco sea una recopilación de sardanas que un compendio de chistes de Arévalo. Parece que ahora la moda, entre los televidentes, es comprar ávidamente aquello que tenga un anuncio en la pequeña pantalla. Y, si encima sale en "Crónicas marcianas", se sufre un espasmo si se adquiere más tarde que el colega de la oficina. El asunto está bien de alguna manera. Así como quien no quiere la cosa te puedes encontrar con un superventas debajo de la alfombra. Todo dependerá de la gracia que tenga el elemento en cuestión a la hora de ponerse delante de las cámaras. Hasta la tele pública se ha inventado un concurso a medias entre "Lluvia de estrellas" y "Gran Hermano" sabedora que las discográficas pueden descubrir artistas pero que, ahora, es el medio catódico el que hace las estrellas. El asunto también tiene su parte negativa. Igual que ocurrió a mediados de los ochenta, la basura suele traer consigo el desinterés de los aficionados, incapaces de encontrar un hueco para su arte preferido entre tanto ejercicio de mercadobaile. Como esto siga así cada vez habrá más compradores de discos que sólo se acerquen a la tienda una o dos veces al año mientras que los aficionados que suelen hurgar en los cajones de los discos con una revista en la mano o con la lista hecha a partir de las recomendaciones de los DJs de criterio comenzarán a escasear. Siguiendo la tendencia de los últimos años, los grandes almacenes y los hipermercados son los establecimientos que más discos despachan al público. Con las mismas, según el último estudio de mercado realizado por la AFYVE, la televisión es el medio más influyente para hacer que un disco se compre. Si sumas lo uno a lo otro, no hace falta ser Einstein para darse cuenta de que, comenzado el siglo XXI, las reglas del mercado para los discos son más o menos las mismas que para un paquete de detergente o para un jersey de punto. En principio puede parecer un tanto desolador pero... ¿a qué engañarnos? Hemos conseguido que los medios de comunicación pasen a ser correas de transmisión de las compañías más grandes en vez de ejercer de ojo crítico: si nadie se pone a seleccionar detergentes... ¿por qué va a hacerse algo así con la música? Queda claro que el aumento de ese mercado (que puede crecer mucho más todavía) poco tiene que ver con la innovación, la originalidad o el riesgo. Si antes era difícil para una compañía discográfica defender un producto que no cumpliera con las normas, ahora es algo menos que imposible. Tú puedes conseguir que todos los integrantes de la casa del "Gran Hermano" hagan el payaso bailando la revisión castellanoparlante de un viejo éxito de country, pero... ¿qué haces con la música étnica? ¿Pones a los de "Supervivientes" a tocar el tambor? Bueno... Quizás sea una idea. Cosas mucho más raras se han visto en la tele. El asunto de los discos se ha trasladado, en gran medida, a los conciertos en directo. Parece que mucha gente va a Las Ventas sin saber lo que va a escuchar, pero el circuito de salas empieza a responder a situaciones más que preocupantes. No es ya sólo el hecho de que Madrid no tenga infraestructuras para acoger conciertos de cierta entidad (el tema cansa ya, ¿no?), sino que, además, los precios de todo lo relacionado con un concierto están ascendiendo hasta unos niveles que hacen imposible que alguien se plantee ir a un par de ellos al mes. En la mayoría de las salas, un tubito de plástico con más hielo que bebida se cotiza a precio de jamón de Jabugo y quien viva un poco a desmano de la sala del evento va a tener que hacerse maratoniano si pretende llegar a su casa a una hora razonable. Siempre me pregunté si los taxistas no se enteraban nunca de que, con cierta frecuencia, tres o cuatro mil personas se reunían a la misma hora en un sitio concreto y solían salir también a la vez. Ahora ni me lo pregunto: ya no se ven las tres o cuatro mil personas y el dinero reservado al taxi suele quedarse en las cajas de las barras del concierto. El caso es que también parece que lo de los conciertos se vende en los supermercados. Y aquí, además, no hay piratería que haga daño. El personal que asiste a un concierto conjunto de Paulina Rubio y Café Quijano puede encontrarse tocando delante de la puerta a los mismísimos Rolling Stones, ya que, como no salen en las "Marcianas", ni se entera. Es, además, público de un concierto al año, por lo que dos empachan. Creo que, en el festival en cuestión, cuando salió Paulina, muchos estaban ya escuchando "El larguero" porque esa gente, a esa hora, hace eso. Pero... no vamos a ser pesimistas. También hay cosas que celebrar en el 2001 que se acaba. Por ejemplo: cada vez se vende más música española. Y a paletadas. Para quienes hacemos patria el asunto siempre es positivo, ya que debería implicar un mayor compromiso de las compañías con el producto local, pero... Claro: siempre habrá quien nos diga que, para lanzar a más Coyotes o más Selenas, mejor estaría apoyar la música marroquí; y a eso no le puedes responder con argumentos ingeniosos.
También habrá que celebrar que el panorama festivalero vaya aclarándose. Después de una época oportunista en la que cualquiera que tuviera un tiesto montaba un festival, este año parece que las mejores organizaciones han recibido el premio del público con asistencias importantes y con un resultado artístico más que satisfactorio. Mención aparte habría que hacer a los festivales que no ubican su programa dentro del pop o el rock: están consiguiendo, a lo tonto, que artistas de una calidad indiscutible comiencen a ser conocidos y afamados por un público que, en lugar de fiarse del cartel, ya confía directamente en la programación. Los festivales de jazz veraniegos, los especializados en música étnica... hasta aquéllos que se fijan en los francotiradores contemporáneos o en la salsa, comienzan a consolidarse captando la atención de los medios que, lejos de hacer valoraciones, empiezan a considerarlos como un evento social con suficiente trascendencia como para dedicarles un poquito de espacio en sus páginas y programas. Como esto siga así, los festivales más "rompedores" (así definió uno de los consejeros de la Comunidad de Madrid al Festimad cuando estaba presentando su patrocinio al evento) van a tener que apretarse los machos. Quizás su público un día siente curiosidad por una experiencia nueva y descubre que en otro tipo de festivales no tiene que hacer aguas en un cajón verde con la nariz tapada por la peste o que, para escuchar el concierto en condiciones, puede hasta sentarse al lado de su chica sin tener que perder visibilidad. Quizás es una tontería, pero si quienes se quedaron sin ver a Limp Bizkit por no colocar las medidas de seguridad de acuerdo a contrato se hubieran acercado al "Galapajazz" a ver a George Clinton, probablemente hubieran preferido el festival de una semana en lugar del de un par de días. Esta apreciación no vale, lógicamente, para quienes asisten a estas cosas en plan "buen rollito", con la tienda a cuestas y con un colocón lúdico durante la mayor parte del día, pero probablemente sí resulte válida para quien entiende que en un festival musical lo más importante es eso: la música.
En las facetas más duras se afianza un revival del heavy, incluso entre los artistas españoles, y elementos como Mago de Oz (asombroso lo suyo este año) o Tierra Santa están empezando a ensanchar sus giras yéndose más allá de nuestras fronteras. Peor está lo del nuevo metal: el asunto parece haberse quedado en otra moda de temporada y, excepto contadas excepciones, las bandas no resisten dos o tres discos con un buen nivel. Eso, las que no se separan a los seis meses. Del pop... ¿qué vamos a contar? Precisamente es el género que mejor ha calado dentro del espectro televisivo, así que cualquier oferta que pudiera tenerse por novedosa ha resultado, en nuestro país, totalmente oscurecida por la colección de chicas con ombligo al aire y los grupitos de casting que bailan y no cantan. En el terreno internacional da la impresión de que se cuece algo peligroso: dos nombres que hace cinco años eran iconos de modernidad (Björk y Radiohead) han dado este año un pasito más (y van...) hacia la parte elitista del mercado. Es una opción personal que no resiste crítica, pero que, evidentemente, deja al pop sin dos valores que se perfilaban como renovadores del género. El terreno latino, por supuesto, sigue en un plan de rompe y rasga y parece que su pop de caderazos se ofrece como un elemento sumamente positivo a la hora de vender a la tercera edad eso de "usted también es joven". Sólo así puede entenderse el predominio de estos artistas en programas de marujeo o revistas del corazón. A las maduritas también les gustan los Martín, Baute o Vives. Y si no, que se lo pregunten a Terelu o Ana Rosa. La figura de Macy Gray hace aventurar una nueva posibilidad para el soul. Si en años anteriores todas las chicas de su cuerda se pasaban rápidamente al imperio Babyface, Macy parece disfrutar con los ritmos calientes y con las cuerdas vocales en estado de infarto continuo. Pero no es eso lo mejor dentro del género. Lo más trascendente es que figuras de la electrónica han terminado dándose cuenta de que con los samplers de los viejos clásicos de la Stax o la Motown se baila mejor que con sonidos saturados amparados en la repetición minimalista. Fusionar el funk o el soul con la electrónica ha resultado un filón para la gente creativa y hasta en nuestro país tenemos a unos Telephunken que, con su segundo trabajo, deberían dar mucho que hablar. La electrónica no sólo ha admitido los géneros negros como argumento de fusión. También han llegado por ese campo coqueteos con la música brasileña, con el dub y el reggae, e incluso con el tango. Las mentes abiertas parecen haber barrido de un plumazo a aquellas otras integristas que defendían que, con las máquinas, sobra todo lo demás. Salvo muy contadas y loables excepciones, la electrónica sigue sin proporcionar artistas consistentes, pero, con un poco de suerte, se están sentando las bases para que eso cambie. El mismo discurso valdría para el mundo del hip hop, aunque, en este caso, más para España que para fuera. Si por ahí no se ponía ningún reparo a que el rap entablara discurso amistoso con cualquier música que pasara por enfrente, aquí nos encabezonábamos en inventarnos un "movimiento", una "cultura" o una "imagen" que, al fin y al cabo, era dictada por marcas comerciales. Este año se han escuchado producciones sumamente valiosas de cara a pensar que, dentro del hip hop español, sí hay gente con ideas sugerentes y con mentes abiertas.
¿Jazz? ¿Blues? Mala suerte. Los grandes sellos están encuadrados en multinacionales que, recientemente, han pasado por procesos de fusión y reordenamiento interno. Dichos sellos parecen haber sido los hermanitos pobres del proceso y la promoción de los lanzamientos ha decaído sobremanera en este año. Con todo, lo citado anteriormente sobre los festivales temáticos hace pensar que el mercado de este sector puede crecer si se reorienta acertadamente. Los discos de jazz puede que no estén nunca en el Carrefour, pero sería imperdonable que no estuvieran allá donde coinciden los artistas y el público. Lo mismo que le ha ocurrido al jazz le ha sucedido, corregido y aumentado, al resto de los géneros minoritarios. Country, reggae, fusión... todo ha quedado en mano de las pequeñas compañías independientes que bastante tienen con ir tirando en un momento en el que pintan bastos de cara a la venta. En este terreno, el único beneficiado ha sido el flamenco, el cual, consolidando lo que se veía venir en estos últimos años, ha tomado ya una dimensión lo suficientemente importante como para que cada compañía grande tenga en su alineación a artistas de relumbrón o a valores en alza. Ahí quedan las apariciones discográficas de Estrella Morente o Marina Heredia, por citar sólo algunas (o algunos) de quienes tendrán que renovar el género una vez que artistas como José Mercé han entrado en terrenos más comerciales y mayoritarios. Por último, la canción de autor se ha tomado este año como uno de ésos que gustamos de llamar "de transición". Después de una época de abuso, los artistas válidos encuentran renuencias ante su fichaje, pero, como éste es de los géneros que siempre proporciona cantera, alguno sorprende cada año. Lo mejor dentro del género es que, oficialmente, Ella Baila Sola han anunciado una separación que se había producido en realidad hacía la tira de tiempo. La exposición ante los medios y el uso del acontecimiento como elemento de promoción no hace sino demostrar que el dúo, junto con muchos artistas que salieron del tirón en un momento muy similar, no era sino un invento del tebeo creado al amparo del éxito de Pedro Guerra. E.P.
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