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Toda la discografía de Jethro Tull entra en el terreno de la remasterización. Noviembre 2001 El hombre de la flauta
Cuando me comentaron que Jethro Tull iba a volver a tocar en Madrid mi cara debió mostrar uno de esos gestos de entre incredulidad y poco aprecio. Ninguna de las amistades que mantengo menores de treinta años había oído hablar de Jethro Tull y el nombre de la banda había quedado asociado, para mí, a un pasado muy, muy lejano, en el que este grupo era uno de los que siempre aspiraban y nunca conseguían hacerse con la etiqueta de "número 1". Mirando un poco para atrás, no podía ni imaginarme cómo esta formación seguía en activo: su música era del pasado y, evidentemente, no había evolucionado. El concierto se celebró y, para mi sorpresa, pasaron por taquilla muchísimas más personas de las que nunca habría imaginado. Y no eran curiosos de ésos que se acercaban para ver de cerca a la vieja leyenda, sino individuos que se sabían cada tema como si lo hubieran escrito ellos. Era una demostración más de que la historia pesa y de que quienes tenemos que estar siempre informados de la última hornada perdemos, en muchas ocasiones, perspectiva de lo que nos dejó el tiempo. El nombre de Jethro Tull tiene aún más peso que el de muchos músicos con aspiraciones a ser algo en el futuro y, desde luego, mucho más que el de estrellas radiofónicas destinadas a morirse el verano que viene. ¿Y por qué? Viene esta disquisición al caso porque un día recibí una llamada en la que me proponían charlar un rato con Ian Anderson, alma mater y líder de los Jethro. Siempre es un placer hablar con gente que lleva metida en la música más años de los que tú siquiera has cumplido, pero... ¿cuál era el motivo? ¿Por qué Anderson se dejaba caer en Madrid para hacer una ronda de entrevistas? La respuesta me llegaba al día siguiente, cuando un mensajero me entrega, bien empaquetadito en un sobre, la última obra discográfica de Jethro Tull. ¿Ultima? Bueno... No. Se trata de un compacto titulado "Lo mejor de Jethro Tull" y, a primera vista, es uno de esos álbumes orientados a Navidades en los que se recoge la obra de un clásico para poder volver a promocionarla. El asunto se ha manifestado últimamente como una buena inversión para las compañías, quienes han descubierto que desempolvar la obra de los clásicos en determinados momentos es mucho más rentable de lo que nunca llegó a ser en su momento de apogeo. El caso es que de Jethro Tull han aparecido ya recopilaciones de todo tipo: de un disco, de dos, cajas de cuatro, álbumes en directo, recopilaciones con orquesta... ¿Qué tenía este recopilatorio que fuera a aportar algo a la discografía de un grupo que tiene más obras en su carrera que letras en su nombre? Pues... nada: la verdad. El disco es únicamente una punta de lanza de algo mucho más ambicioso. Junto a él han aparecido en Gran Bretaña los tres primeros discos de la banda reeditados y remasterizados, con todo el material adjunto que ha podido recuperarse de la época y con notas renovadas. Es la primera entrega de una serie que pondrá poco a poco en la calle toda la discografía de los Tull adaptada a los tiempos que corren. En España, las nuevas versiones de "This was", "Stand up" y "Benefit" aparecerán en enero para no coincidir con el recopilatorio, pero, posteriormente, el resto de los álbumes saldrán en nuestro país al mismo tiempo que en todo el mundo. Cada año seis, en bloques de tres. Así hasta completar el catálogo completo. "Lo mejor de Jethro Tull" ejerce, por tanto, de carta de navegación. Su material ha sido elegido por el propio Anderson, aunque él mismo reconoce que no incluye las canciones que más le gustan, sino aquéllas que considera orientativas y definitorias de la obra del grupo. Son, en suma, las que destilan pasiones en los conciertos de la banda y las que puedes encontrar machacadas en la discoteca de cualquier amigo que viviera su adolescencia en los años setenta. El disco (simple) se acompaña de un pequeño libreto en el que se pueden ver las carpetas de todos los discos que entran en el programa de reedición y, curioso, un texto del propio Anderson en el que se justifica el producto entregado: "Yo solía pensar "--escribe "el viejo flautista guasón e ingenioso"--" que las recopilaciones eran una engañifa, una forma de aprovechar un par de éxitos y unos temas de relleno para engatusar a aquellos compradores que no llegaban a ser auténticos fans, de esos aficionados no tan comprometidos con el grupo que veían el disco en la cola del súper, al lado de las pilas y del chicle. Y de repente ocurrió algo curioso: ¡me di cuenta de que yo mismo estaba comprando 'Los grandes éxitos' de otros artistas! Y lo hacía porque quería conseguir las mejores creaciones en un solo álbum o porque quería familiarizarme más con algún grupo al que sólo conocía por encima. (...) Así que, sí, he sido un holgazán y he dejado que otro se encargue de seleccionar en vez de hacerlo yo mismo". La excusa es tan válida como cualquier otra, sobre todo para quienes (¡culpable!) nos negamos a abandonar la música de otras épocas y que colocamos en nuestra discoteca los discos de Muddy Waters al lado de los de Mudhoney o los de Víctor Jara junto a los de Victor Bailey. Siempre tienen algún hueco en tu tiempo casero y se revelan como verdaderos recordatorios de épocas enteras de tu vida. En ese aspecto, habrá que reconocer que las canciones de Jethro Tull, o muchas de ellas, son parte de un pasado espectacular. Bien. Situémonos en la Gran Bretaña de finales de los sesenta (¡uff!). Era un momento mágico para la música. Los británicos aún vivían con la fiebre beatle que aún no han abandonado y, entre sus músicos, había muchos que miraban al otro lado del Atlántico saturados de tanto yeyé y tanto shananá. A la mayoría les dio por el blues encontrando en esta música un canal para crear algo diferente a lo que se estandarizaba en el mercado inglés. Otros prefirieron el folk y se empeñaron en imitar a Dylan tratando de convertirse en el clon europeo de la tendencia. Hubo quienes, locos por el jazz y la música negra, hacían sus pinitos en lo que aún tardaría en nacer con el nombre de jazz-rock. A la mayoría, sin embargo, lo que mejor les pareció fue coger la estética hippy de los pelos largos y empezar a trabajar en una música de virtuosos en la que los solos instrumentales no duraran menos de veinte minutos. De aquellos aires salió el primer hard rock, la psicodelia británica o el rock sinfónico, tres pilares fundamentales que definirían el grueso de la música british de los setenta. Después vino Jethro Tull. Ian Anderson, escocés de origen, tenía alguna diferencia con lo que se estilaba entonces: tocaba la flauta y era un payaso. Bien, bien: había más payasos en la época, pero ninguno de ellos tocaba la flauta. El caso es que, cuando empezó a despuntar dentro del mundo de la música, lo hizo con un amasijo que no huía del sinfonismo pero que, como punto pintoresco, introducía el bucolismo y el toque folkie que todos los escoceses parecen llevar inmersos en la suela de sus zapatos. Al tiempo que Pink Floyd alucinaba al personal con proyecciones de gotas de agua coloreadas, Led Zeppelin enardecía masas con grititos de gorgojo y un guitarrista tan místico como espectacular y Deep Purple intentaba hacer rockero a Bach con adaptaciones orquestales, un tipo embutido en un abrigo grasiento y con el pelo sin lavar desde hacía quince días se presentaba en los clubs londinenses acompañado por... una flauta. Vale, vale: con él iban otros cinco elementos, pero, a decir verdad, aquéllos eran absolutamente sustituibles y lo único que parecían aportar a las actuaciones era el fondo sonoro para que el individuo del abrigo soltara sus composiciones flautistas apoyado en un solo pie y poniendo su cara delante de las primeras filas como si éstas le hubieran hecho algo. Aparte del asunto escénico (probablemente no habría sido ése si se hubiera dispuesto de más dinero) estaba la música: canciones tremendamente elaboradas en las que aparecían historias campestres, visiones de loco y desesperadas narraciones personales. No se podía negar que era pintoresco y, lo mejor, no obligaba a mantener los ojos abiertos durante interminables aforismos lisérgicos que invadían cualquier concierto de la época. Tampoco se trataba de una música sencilla que desmontara todo el tinglado que imperaba por entonces, pero sí de un proyecto más asequible que contaba con algo diferente encima de un escenario. Si todas las bandas trataban de enriquecer su puesta en escena con elementos luminotécnicos, efectos de humo o escenarios desplegables, Jethro Tull contaba con un individuo que era una mezcla de Tolkien y de Bart Simpson. "Una de las definiciones que considero más acertada que se ha hecho sobre mí es la que me retrata como el pirata indio, malo y pérfido, de una película hecha en Bombay", señala el propio Anderson. ¿Entiendes a lo que me refiero?
La carrera de Jethro Tull funcionó bien desde el principio. Albumes como "Aqualung", "Thick as a brick" o "Minstrel in the gallery" eran colocados como fundamentales en cualquiera de las listas que las revistas hacemos cuando se trata de hablar de una década. Además de su buen nivel como compositor, Anderson era consciente de la importancia de su misma presencia y, periódicamente, cambiaba su aspecto para convertirse tanto en una especie de gnomo de calzas verdes como en un agresivo flautista de Hamelín envuelto en cuero negro. Sus discos aportaban novedades tan curiosas como un packaging que reproducía un periódico o una única canción de treinta minutos que llenaba las dos caras del vinilo. Era la época de la exageración: todo estaba permitido y había quien, en uno de sus pulsos de estrella, perdía la cabeza con experimentos la mar de pretenciosos. "Bien. Me han pillado "--reconoce Anderson en el libreto de "Lo mejor de Jethro Tull"--". Quizá me haya pasado una o dos veces, ¿vale? Pero fue muy divertido". Una de las veces que se pasó tres pueblos fue cuando, en 1980, lanzó "A". El álbum señala, sin lugar a dudas, una inflexión en la historia del grupo, ya que, desde aquel día, Jethro Tull pasó a ser un clásico en lugar de una banda de primera línea. "Bueno. Hay muchas interpretaciones para eso. Lo cierto es que 'Broadsword and the beast', que fue el álbum que siguió a 'A', se convirtió en el más vendido del grupo en toda su historia. Y lo mismo ocurrió con 'Crest of a knave', que superó las ventas de aquél en 1987. La carrera de Jethro Tull nunca fue ni ascendente ni descendente; siempre ha tenido olas: buenos discos, malos discos, buenos bajistas, malos bajistas... Yo no valoro tanto el éxito como la suerte que tienes. 'A' iba a ser un disco en solitario y la A del título era la de Anderson, nada que tuviera que ver con Jethro Tull, pero... ya sabes cómo son estas cosas: invitas a uno para que te ayude con una guitarra, otro se encarga de la batería, dos más colaboran en una canción... El caso es que me dejé convencer por los individuos de la compañía, que veían más conveniente sacar el álbum como uno más de Jethro Tull en lugar de ponerlo en la calle a mi nombre. Pero yo no creo, personalmente, que con ese álbum viniera un deterioro de la carrera de la banda", argumenta Anderson cuando se le hace recordar aquel momento. La verdad es que, en cierto modo, tiene razón. Las ventas de los discos posteriores resultaron más llamativas que las que tuvieron en su día "Aqualung" o "Thick as a brick", sus dos discos más reconocidos, pero también hay que tener en cuenta que, con el comienzo de los ochenta, apareció en la industria de la música el imperio de la MTV y el resurgir de muchas bandas que eran reconocidas por una generación que no los disfrutó en pleno auge. Jethro Tull obtuvo excelentes ventas con sus discos de los años ochenta, pero bastaría señalar que, con la edición especial que se hizo del "Aqualung" para celebrar su vigesimoquinto aniversario, se vendieron más copias de ese disco que del resto de la discografía de los Tull. Ni "Broadsword..." ni "Crest of a knave" han resistido el paso del tiempo, y lo mismo podría decirse de sus posteriores "Rock island" o "Catfish rising", álbumes ocurrentes que indicaban muy a las claras que Jethro Tull, como tal, ya no existía. Hablar con Anderson sobre su carrera y sobre su banda tiene ciertos inconvenientes. El fundamental es que, cuando llevas metido en el mundo de la música treinta y cinco años, no sabes concretar las cosas: siempre las ves con perspectiva. Un elemento como Lou Reed, por ejemplo, es criticado cuando resuelve todas las respuestas en diez palabras, ya que asume que, siendo tal celebridad, todo el mundo debería conocer su vida y su obra. Anderson es de la otra esquina: se ve en la obligación de ponerte en antecedentes de cada una de las cosas que dice y eso hace que tu conversación de media hora con él se convierta en un monólogo en el que la mayoría de lo dicho ya está escrito en los libros de historia. Comentando esto, me señalan que, cuando le encargaron el texto que acompaña al CD que genera esta visita de promoción, lo pasó francamente mal: sólo le dejaron escribir dos folios... y eso era lo que necesitaba simplemente para saludar. Con todo, no deja de resultar curioso y amable. Y personal. Partiendo de que a Anderson no se le puede saludar con la mano, como estamos acostumbrados, no deja de sorprender que en una conversación con él aparezca como elemento de referencia David Beckam o haga chistes sobre Robert Plant. Lo del saludo no es una manía histriónica: es debido a una lesión que tiene en la muñeca derivada de uno de sus saltos escénicos. Anderson escucha siempre los últimos minutos de las pruebas de sonido de sus conciertos desde el foro del público y, recientemente, al ir a dar el salto desde el escenario, los años de sus huesos le jugaron una mala pasada que, por demás, no ha generado nada preocupante. "Tengo tres lesiones endémicas que no son demasiado importantes: una en la muñeca, otra en la espalda y otra en el tobillo. Me permiten hacer mi vida normal, aunque mi mujer no opina lo mismo, claro". Bromas de quien ya ha cumplido los cincuenta y cuatro. Lo de David Beckam es más relevante. Surge el nombre del futbolista al hablar de la trascendencia de los músicos que han pasado por Jethro Tull. Siempre se ha asumido desde fuera que la banda no era sino los acompañantes del flautista, pero él tiene otra opinión más deportiva: "Eso resultaba cierto a veces, aunque otras no. Ahora, por ejemplo, sí lo es porque, si para presentar este álbum hubiera venido el bajista del grupo, probablemente nadie habría venido a entrevistarle. En este caso, y ahora mismo, en esta habitación, yo soy Jethro Tull porque yo lo represento. Digamos que el grupo es como un equipo de fútbol y que yo sería, como Beckam, el capitán. Hay ocasiones en las que tengo muy claro cómo quiero que suene una canción que compongo, pero en otras muchas es el grupo al completo el que termina dando forma al tema. Tengo muy claro que ni Beckam puede ganar partidos él solo aunque muchas veces parezca que lo hace". Queda por aclarar el chiste sobre Robert Plant. Anderson me cuenta que su personaje escénico no nació inventado, sino que se construyó poco a poco. Cuando se fue de su casa, su padre, con el que no había tenido una relación fácil, le dio un abrigo y le dijo que le necesitaría porque el invierno se avecinaba frío. Fue así y, lo peor, Anderson no encontró un trabajo fácil que le permitiera vivir en una casa con calefacción. El caso es que aquel abrigo se convirtió en algo parecido a la manta de Elmo, el fraguel de "Barrio Sésamo", que no se separa de la prenda absolutamente por ningún motivo. Anderson dormía con el abrigo, comía con él, se pringaba de grasa con él y, si se terciaba, le servía de abrigo para arrejuntar su cuerpo ante el de una señorita. También, lógicamente, actuaba con él y de ahí surge la ya histórica broma de la portada de "Aqualung" en la que el viejo representado no es otro que el propio Anderson. "En una ocasión éramos los teloneros de Led Zeppelin y, en un momento dado, dejé el abrigo en el camerino mientras iba a hacer algo. Cuando volví el abrigo no estaba y tuve que actuar sin él. Nunca supe si fue Robert Plant quien se lo llevó". Otra broma a los cincuenta y cuatro. Charlar con Anderson alrededor de Jethro Tull no es difícil: basta con ponerse a escuchar. El es capaz de escribir una biografía de la banda dejando siempre un capítulo abierto para contar el futuro. De hecho, en su opinión, el grupo sigue vivo y tiene la intención de publicar un álbum de material nuevo para el próximo mes de septiembre. Previamente a ello, se pondrá en la calle un DVD que, en plan de documental, recogerá todo este tipo de historietas que al flautista le gusta rememorar. Contendrá, como es preceptivo, material grabado en directo, pero también aportará opiniones de críticos o recuerdos históricos que relacionen el devenir de la banda con la inevitable evolución del mercado musical. Ahí se podrá ver cómo Anderson, al tener que prescindir de su famoso abrigo, comenzó a encargar su vestuario a los sastres del ballet nacional británico y, de ese modo, pasó a convertirse en uno de los seres más pintorescos del rock de los años setenta: buhonero, labriego, juglar... todo un personaje capaz de disfrazarse de lo que conviniera a sus canciones más recientes. Aunque pueda parecer lo contrario, la historia de Anderson no es sólo la de Jethro Tull. Su pasión por la flauta hizo que, con el tiempo, su interés musical también hiciera incursiones en terrenos más sinfónicos o en aventuras casi ambientales. El último disco que ha grabado en solitario es "Divinities: twelve dances with God" y en él no hay ni un asomo de recuerdo a Jethro Tull. "Me gustaba este instrumento y lo aprendí a tocar de manera autodidacta. Al principio eso traía consigo que la tocara de un modo agresivo, muy peculiar y característico. Luego me molesté en aprender diferentes facetas y de ahí a tratar de grabar otras cosas hubo sólo un paso. Este tipo de discos tratan de presentarme más como flautista que como miembro de Jethro Tull", comenta Anderson. La diferencia entre estas aventuras personales o su servicio al grupo que le ha dado fama es evidente: mientras que en aquéllos tiene tiempo para encargarse él de todos los instrumentos y nunca se presenta en directo, con la banda tiene la labor implícita de liar continuamente a sus componentes para que le sigan el lío: "Siempre suelo componer con instrumentos de cuerda: guitarras, mandolinas, o cosas así, pero en mi cabeza ya hay arreglos que necesito trabajar con el grupo si pretendo utilizar yo la flauta. Eso me lleva a casos en los que hablo con el guitarrista para que, en vez de usar la guitarra eléctrica, utilice... un bouzouki, por ejemplo. El músico, por costumbre, es reticente a cambiar y la mayoría de las veces me encuentro con que me dice algo como: 'no tengo un bouzouki'. Yo se lo compro y me entra con que 'no sé tocarlo'. Le enseño, aprende su parte y parece que he terminado, pero... también quiero que el teclista utilice, para esta canción, un acordeón. Y lo mismo: 'no tengo'. 'Tómalo'. 'No sé usarlo'. '¡Pues aprende!' Sólo cuando consigo ganar esas batallas es cuando puedo dedicarme a la flauta y cuando veo que el tema empieza a crecer tal y como yo esperaba". La historia no cambia desde que el grupo diera sus primeros pasos aun cuando por Jethro Tull ha pasado una infinidad de instrumentistas. Después de las palabras de Anderson da la impresión de que el compositor no tiene ninguna intención de dejar esa aventura aparcada, sino que, por el contrario, la recogerá en breve para volver a entrar en el estudio. Será momento entonces para gozar de otra media hora y comprobar si el personaje tiene una nueva lesión que moleste a su mujer. E.P. Jethro Tull. "Lo mejor de Jethro Tull". Chrysalis 7243535635
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