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La industria de la música española se transforma de pies a cabeza en los últimos diez años. Abril 2001 Cambio de maquinaria De vez en cuando es bueno echar la vista atrás. Habitualmente, siempre que se hace eso es para poner en marcha el mecanismo nostálgico que todos llevamos dentro y para terminar dándonos cuenta de que, cada día que pasa, somos más viejos. En esta ocasión trataremos de no llorar tanto: solamente se trata de ver cómo ha caminado el mundo de la música española en la última década. Actualmente, las compañías discográficas y la Sociedad de Autores están pensando en crear una especie de barómetro que pueda ofrecer periódicamente cumplida información sobre cómo se mueve el mundo de la música. La idea permitiría a la industria responder más rápidamente a los movimientos emergentes y orientar sus productos a un público que está en constante evolución. El instituto encargado para sentar las bases de este estudio ha recurrido a la estadística y a una serie de personas que ellos denominan "panel de expertos" a fin de que les aclaren conceptos que ellos mismos no dominan. Al fin y al cabo, las empresas que hacen encuestas se dedican por igual a la industria del cemento que a la de ropa interior femenina y eso hace que, antes de ponerse a trabajar en un campo concreto, se asesoren de los pormenores del mismo de cara a poder, posteriormente, medir lo que consideren que es verdaderamente medible. Por una de esas circunstancias de la vida me consultaron la posibilidad de pertenecer a ese "panel de expertos" y acepté sin saber muy bien en lo que me metía. El primer resultado fue una amplia entrevista en la que un par de las personas responsables del estudio me preguntaban todo lo que se les ocurría sobre el mundo de la música. Pasé un buen rato con ellos, sobre todo porque me hicieron pensar que, en esto, como en todo, las cosas no suceden porque sí; toda va hilado y, en el fondo, la historia del arte tiene un antes y un después de cualquier cosa. Eso me hizo pensar durante bastante tiempo en lo que había cambiado el mundo de la música en la última década. Antes yo solía mirar esto como un espectador más, pero desde que naciera esta revista, en el 93, mi visión de casi todo cambió considerablemente descubriendo cosas que nunca me habría parado a pensar. Al fin y al cabo, una década son muchos años y siempre dejan evidencias palpables que se pueden analizar para considerar si la cosa prospera o va para atrás. En 1990 está prácticamente consolidado el soporte compacto, lo que trae consigo una remodelación asombrosa dentro de la industria. Aparecen nuevos aparatos reproductores, las tiendas tienen que cambiar casi toda su infraestructura, se empiezan a normalizar totalmente las grabaciones digitales y la informática se convierte en una herramienta más dentro de las producciones. Eso, sin que uno se dé cuenta, revolucionará todo el concepto de la industria aunque aquí lo notemos con un poco de retraso con respecto a los países que, en esos terrenos, siempre van por delante. El caso es que, junto a la desaparición de las grandes portadas y otro concepto de diseño en el packaging, el disco compacto empieza a aparecer en la vida de los consumidores de una manera notable. Ya sea por el tamaño de los productos o por la estandarización de sus reproductores, el compacto se convierte rápidamente en un objeto de regalo tan digno como antes lo fuera el libro, la fabricación de elementos se abarata considerablemente y las cifras de ventas empiezan, poco a poco, a crecer de una manera asombrosa. La primera seña de identidad de los noventa en torno a la música es que, en esa década, la música se normaliza totalmente como un medio más de entretenimiento y que entra en los hogares de cualquiera sin necesidad de que el público esté más o menos al tanto de las cosas. Las revistas empiezan a regalar compactos, los coches empiezan a venderse con reproductores de compactos y hasta los ordenadores empiezan a servirse con esa unidad de almacenamiento mandando al carajo a cualquier otro soporte anterior. Considerar al disco como forma de regalo será una de las marcas de identidad de los noventa. A raíz de eso, el marketing de las empresas empieza a tener en cuenta el evento y las mayores campañas se concentran en épocas esporádicas en las que todo el mundo sale a comprar lo que sea. Las Navidades se consolidan como el momento mágico en la venta de discos y todos los calendarios empiezan a adaptarse a tal fenómeno: si hay producto, se potencia con abundantes campañas de promoción; y, si no lo hay, se crea en los recién nacidos departamentos de marketing estratégicos, los padres de las recopilaciones de todo tipo y color inventados para dar rendimiento al fondo de catálogo. Como punto de inflexión en este terreno aparecen los productos "mix", álbumes recopilatorios comercializados única y exclusivamente a partir de campañas de publicidad televisiva. Dichos álbumes incluyen en su portada una imagen del anuncio programado e incluyen, como recurso para sonar en las radios, un popurrí de todos los temas insertados con una duración adecuada a las radiofórmulas. El crecimiento del mercado trae consigo una abundantísima producción en la que cabe de todo. Ello trae consigo el auge de sellos independientes que buscan en la calle lo que no ofrecen los medios de comunicación y de distribuidoras que importan cualquier tipo de música convencidas de que en alguna parte hay siempre alguien interesado en lo más extraño que pueda aparecer. Se crea, en poco tiempo, una oferta exagerada que traerá consigo un venir y devenir de pequeñas empresas que terminan creando a su alrededor una nueva escena. En los noventa se hace más palpable que nunca la diferencia estilística entre la que van a trabajar las compañías multinacionales y las que son mucho más pequeñas. Se empieza a atender al gusto esporádico, se da importancia a la especialización y se separan de un modo amplio el público generalista, que considera la música como una forma más de ocio, y el que podríamos llamar "especializado", aquél que prefiere la belleza y la particularidad aunque tenga que buscarla por debajo de las piedras. A nivel de mercado gana el primero y eso supone que las discográficas más grandes empiecen a agrupar sus productos en géneros cada vez menos arriesgados y más mayoritarios. Es mucho más interesante para ellas el público ocasional que compra siempre productos estandarizados que el específico que prefiere novedad y sonidos diferentes.En España, las majors empiezan a tomar una postura conservadora de "esperar y comprar": dejan que sean las independientes las que separen la paja y el trigo y después se dedican a lanzar mayoritariamente a los artistas que han crecido más que otros en una enorme escena que ellas no controlan ni quieren controlar. El comportamiento de las compañías discográficas no es aislado, ya que se ve acompañado de todo lo relacionado con los medios de comunicación que se mueven en torno a la música. Si bien los artistas más populares empiezan a aparecer con normalidad en los medios generalistas, los menos conocidos han de pelearse por encontrar su pequeño hueco en una escena alternativa en la que se les da más importancia. Es cuando comienzan a tomar auge los fanzines, las radios libres y, finalmente, la prensa gratuita. A mediados de los noventa los medios han sufrido la misma división que se dio anteriormente en la industria: los más grandes van asociándose en torno a los artistas más standard y a las discográficas más poderosas mientras que los músicos que comienzan tienen reflejo en publicaciones y programas más modestos que se nutren habitualmente de las noticias que surgen desde las compañías independientes. ¿Tiene todo esto reflejo en el mundo artístico? Relativamente. Por un lado, es apreciable que la falta de riesgo en las empresas más grandes trae consigo un continuismo estético que hace que todo siga más o menos igual, pero periódicamente surge esa sorpresa incontrolable que hace que la gente de los números se replantee sus objetivos. A principios del siglo XXI las ventas de discos siguen centradas en el pop asequible y en la canción melódica con géneros satélites que, de vez en cuando, son considerados por la gran industria: la copla, el clásico, la canción de autor... A nivel de repercusión no es difícil asociar la figura de Alejandro Sanz o Enrique Iglesias con la que antaño supusiera Camilo Sesto o Sergio Dalma, La Oreja de Van Gogh serían el nuevo Mecano y Ricky Martin la versión actualizada de lo que en su día resulto ser Miguel Bosé. Dover habría cogido el hueco de Héroes del Silencio en el género rockero y Mercé emularía a Camarón en el flamenco. La única diferencia es que el público es ahora mucho mayor y que los resultados en ventas están multiplicados. El hecho no es extraño, ya que, con las mismas, en otros campos artísticos, como el cine o la literatura, los clichés se repiten del mismo modo: las películas más taquilleras siguen siendo comedias "typical" y los libros más leídos las novelas de amor y aventuras y los textos divulgativos. A nivel artístico todo está más actualizado, las producciones son más elaboradas y los diferentes géneros se han ido acoplando a los tiempos acompañándose de la, hoy irrenunciable, asignatura del directo. Por otro lado, las formas que se planteaban como rompedoras (el hip hop, el grunge, el techno) han terminado consolidándose como modas ocasionales que no han conseguido calar entre el público mayoritario y que, además, han tenido encima de sí, siempre, la espada de Damocles que significa la etiqueta de "modernidad": mucha gente se apunta al carro de lo moderno para estar a la moda y lo abandona rápidamente cuando no repercute independientemente del valor artístico que tenga la corriente en sí. Podría considerarse el hecho de la importancia que, en todo, ha tenido el uso de los nuevos instrumentos tecnológicos por parte de los músicos. Hoy en día nadie mira con extrañeza la utilización de samplers, programaciones o la participación de un DJ a la hora de mezclar el material. Da lo mismo que hablemos de rumba que de country. Todo lo visto anteriormente ha traído consigo una enorme dificultad a la hora de mantener carreras más o menos estables. La enorme maquinaria que se pone en funcionamiento a la hora de lanzar a un artista nuevo dentro de los géneros mayoritarios hace que las compañías se piensen muy detenidamente el hacer inversiones importantes si los productos previos no han tenido los resultados económicos esperados. Con las mismas, tal y como van hoy las cosas de deprisa, los grupos incipientes que empiezan a coger cartel aguantan cada vez menos dentro de la escena minoritaria y tienden a montar proyectos paralelos con lo que eso supone de desatención a cada uno de ellos. Al final, lo que ha traído la década, al igual que las anteriores, es a premiar a quienes, cual hormiguitas, han sabido defender su territorio aunque su carrera haya pasado por altibajos. El caso de Sabina, por ejemplo, es el más palpable, recibiendo su figura en la actualidad una atención excelente fruto de todo el tiempo que le ha llevado conseguirla. En ese aspecto, es también llamativa la reivindicación que está teniendo últimamente la figura de Rosendo gracias a su sabiduría a la hora de abordar los momentos malos en que nadie le hacía caso. El grueso de las nuevas tendencias surgidas al amparo de los noventa no ha terminado de calar en los medios generalistas, algo que, curiosamente, sí es una diferencia entre esta década y las anteriores. Si bien en los ochenta y setenta los medios de comunicación se peleaban por ser los primeros en "descubrir" algo, en los noventa éstos han terminado convirtiéndose en meras cadenas de transmisión de las grandes compañías interesándose únicamente por lo novedoso cuando esto ya estaba plenamente consolidado. El hecho viene dado, evidentemente, por el tradicionalismo y conservadurismo instalado en los grandes medios, agrupados casi en su totalidad en enormes emporios en los cuales prima, única y exclusivamente, el lenguaje económico. Los periódicos y televisiones han relegado la música a un fenómeno meramente social y las cadenas de radio más grandes se limitan a tratar bien a sus clientes colaborando con ellos en el lanzamiento de sus productos sin valorar lo más mínimo su calidad. Lógicamente, en esas tendencias no hay lugar para cosas insurgentes o para compañías discográficas pequeñas; sólo caben como recurso los artistas más vendedores y los géneros más asequibles. A nivel de directo, la década que ha terminado hace poco sí ha marcado considerables distancias con las anteriores. Hoy en día es impensable que un artista se mantenga en el candelero si no responde ante el público y, con las mismas, se ha estandarizado el "gran espectáculo" que, anteriormente, sólo era feudo de artistas internacionales. Bien es cierto que el sector también ha sufrido sus altibajos, pero, en conjunto, se ha ganado considerablemente a lo largo de estos últimos diez años apareciendo, incluso, el concepto de "festivales" que siempre funcionó mal en España en sus primeros inventos. En los tiempos que corremos, los grandes conciertos han pasado también a ser una opción de ocio, sobre todo en verano, y es raro el ayuntamiento que no se monta un festival o que no da cabida en su programación veraniega a un espectáculo mayoritario orientado a miles de personas. Otra cosa es, evidentemente, el circuito de salas. La proliferación del mismo surgida al amparo de numerosos bares que querían incluir la programación en directo entre sus actividades sufrió un considerable parón en cuanto los responsables de la administración se pusieron a legislar medidas de seguridad exageradas en relación con otras actividades artísticas. Ello trajo consigo que, al igual que aparecieron como setas locales con actuaciones, desaparecieran muchos de ellos a fin de ajustarse a las nuevas normas. El hecho afectó (y mucho) a los músicos que no se encuadraban bien en los aforos habituales. Las bandas que no eran capaces de agrupar en torno a sí a más de mil personas por actuación se vieron en la necesidad de empezar a moverse y no todas estaban dispuestas, lo que supuso la desaparición de muchas de ellas. En el otro escalón, el de públicos mayores de mil y menores de cinco mil personas, ocurrió tres cuartas de lo mismo: programar en salas medias era deficitario y pasar a recintos mayores suponía un riesgo considerable. Las ciudades sin infraestructura (Madrid es una de ellas) perdieron una actividad considerable y un caldo de cultivo para los artistas noveles que tardará en recuperarse. El escaparate para los grupos jóvenes son ahora los festivales, eventos en los que puedes ver a ochenta bandas juntas sin tener que pagar ochenta entradas. Si bien los festivales tuvieron una aparición estupenda que paliaba muchas de nuestras carencias en este terreno, al final de los noventa no parecen haberse consolidado aún. La consecución de patrocinios y una política de precios discutible en muchos de ellos hace que la cuerda por la que caminan esté aún floja y que los públicos no aumenten salvo en muy determinadas ocasiones. Y después de todo esto... ¿qué? ¿Qué sacamos en claro? Pues algunas cosas importantes. La principal: que en diez años la industria de la música ha pasado a convertirse en una señora industria, que ya no hablamos de "cosas de chiquillos" sino de presupuestos verdaderamente considerables. En los noventa hemos asistido al hecho de que un disco español venda, sólo en nuestro país, más de dos millones de copias, a que algunos de nuestros artistas sean considerados en eventos como los Grammy o los premios MTV y a que bandas pequeñas (muy pequeñas) puedan hacerse con naturalidad giras internacionales en salas de poco aforo. En los noventa hemos podido comprobar que el mismo público que se compra un álbum doble de cantos gregorianos adquiere poco tiempo después el compacto del Chaval de la Peca y que artistas nunca reconocidos en nuestro país pasan por momentos de gloria gracias a que una de sus canciones aparece como banda sonora de un anuncio de televisión. Hemos visto cómo la música es el único terreno en el que pueden vivir abundantes publicaciones gratuitas totalmente diferenciadas en su información de la que puede obtenerse en medios mayoritarios y hemos asistido, con una enorme naturalidad, a que cualquier recopilatorio que aspire a vender trae dentro de su caja tres o cuatro compactos. Otras cosas han llegado que influirán mucho más certeramente en la década que empieza en el 2001. La piratería, internet, los canales digitales especializados, los nuevos soportes (o la desaparición de los mismos)... asuntos que igual podemos tratar dentro de otros diez años y que, del mismo modo, probablemente no afectarán en nada al terreno artístico. O sí. E.P.
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