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En lo musical, el verano español de 2001 ha hecho méritos para entrar en la Historia Universal de la Infamia. Octubre del 2001

Cuidado con el verano canalla (El diablo está entre nosotros)

DIEGO A. MANRIQUE se tapa la nariz, revuelve en el pozo negro y demuestra que tanta bazofia no era indispensable.

Ocurren cosas diabólicas en esta España-que-va-bien. Durante los veranos llegan a nuestros escenarios bastantes de los principales representantes del rock más o menos independiente, los sonidos electrónicos y lo que se han dado en llamar "las músicas del mundo". Sus visitas, sin embargo, nunca transcienden a la televisión, que en estas fechas sigue empeñada en inculcarnos las peores canciones veraniegas con reiteración y alevosía, un afán en el que compiten las privadas y, ¡ay!, las públicas. Una obsesión rarísima: imaginen la posibilidad de comer en Arzak y preferir un McDonald.

El pensamiento imbécil

Las televisiones piensan poco. En realidad, prefieren no pensar: se conforman con seguir la tradición. Así, cuando el calendario llega a julio, la consigna es universal: programas ligeros. Sobre todo, ligeritos de ropa. Urge mostrar carne. Para cosquillear al espectador y, ¡oye!, que vengan chicas macizas al estudio, que en la grabación siempre cae algo para esos ligones televisivos que prometen fama y fortuna a ingenuas y/o listillas.

Pero hay un cambio en ese escaparate de nalgas y pechos. Recordemos los años setenta. En aquellos tiempos, los espacios de entretenimiento añadían moderado erotismo para el telespectador con el ballet Zoom o el de Giorgio Aresu. Ahora ya no es indispensable: muchos artistas se presentan con su escuadrón de cuerpos prietos, cachas en movimiento. Imagina el avance: los directores de programas ya ni siquiera se tienen que inventar desfiles en ropa interior de modelos de ambos sexos, como hace TVE-1 en su miserable programación nocturna.

Por el imperativo de lo ligero, se aprecian especialmente las músicas que aportan o justifican el cuerpo de baile. Es la hora de lo tropical. Los enterados se han podido pasar el resto del año predicando sobre las delicias sonoras del otro lado del Atlántico, pero da lo mismo. De golpe, todas esas músicas honestas y sensuales son barridas por sus criaturas bastardas. Olvida el son, la salsa brava, el reggae, el norteño, el vallenato, la samba, lo que se te ocurra. Unicamente hay margen para el chunda-chunda, la pachanga, los excrementos sonoros que constituyen el mínimo común denominador.

El chanchullito

Hay algo perverso en esa obsesión coprofágica de los programadores televisivos. ¿Perverso? Peor. Resulta indecente esa dieta de basura cuando, durante los meses de verano, están a su alcance artistas fascinantes y que, incluso, encajarían en esa programación de listón bajado; estoy pensando en los que se trabajan los ritmos tropicales. ¡Ah! Pero Oscar D'León, Ricardo Lemvo o Pancho Amat tienen un defecto fatal: sus discos son distribuidos en España por pequeñas compañías.

Aquí vamos a ser muy cuidadosos. Un servidor no afirmará que los espacios musicales están vendidos a las multinacionales y sus figuras. Se trata de una situación algo más compleja. Las grandes compañías mantienen una relación continuada con las televisiones. Agasajan a las personas clave con viajes y detallitos, mantienen una amistosa presión constante. Establecen un doy-para-que-des que consiste esencialmente en que los disqueros facilitan el acceso a las grandes estrellas con el sobreentendido de que podrán colocar sus otros artistas menos apetecibles, con lo que copan todos los huecos.

Ese juego se engrasa con dinero. ¡Oiga! No hablo de sobornos o cosas así, aunque también se susurra que se despistan porcentajes cuando está por medio alguna productora. Me refiero al dinero que supone desplazar a artistas, contratar figurantes para que hagan que tocan si se trata de un cantante, montar coreografías... Las televisiones pagan cantidades simbólicas; en realidad, sus programas musicales son esencialmente "subvencionados" por las discográficas. Allí, obviamente no entran las pequeñas compañías a no ser que tengan vocación mayoritaria y generosos presupuestos promocionales (ver recuadro dedicado a Vale Music).

Soberbio desprecio

Así que el pasado verano ha contado con la multipresencia televisiva de titanes como Paulina Rubio, Pastora Soler, Melody, las dos Tamara, Los Caños, Raúl, Papá Levante, los Gipsy Teens y el batallón de horrores de Vale Music. Con semejantes joyas al alcance de una llamada de teléfono no hay necesidad de molestarse en repasar los carteles de La Mar de Músicas, el Grec, Jazztel Music, el FIB, el Sónar, Etnosur, Galapajazz, Festivales de Navarra, Isla d'Encanta, Almuñécar, San Javier, Jazz de Canarias, Ortigueira, Pirineos Sur, el Espárrago y demás. Sólo los Festines de jazz de Vitoria y San Sebastián tienen presencia televisiva. Eso sí: en La 2, a horas infames y tras pasar sus patrocinadores por taquilla.

Revisemos lo que las televisiones nacionales (y la mayor parte de las autonómicas) han ignorado: Beck, Belle and Sebastian, Bebel Gilberto, Fernanda Abreu, Neil Young, Gilberto Gil, Milton Nascimento, Gil Scott-Heron, The Divine Comedy, Taj Mahal, Cachaíto, Talvin Singh, Saint Germain, Jon Spencer, Branford Marsalis, George Clinton, Manu Dibango, Khaled, Maceo Parker, Idir, Bill Wyman, Sharon Shannon, P.J. Harvey, Mercury Rev, James... Suficiente para aprovisionar durante un año a una televisión (la televisión de nuestros sueños, obviamente). Y exploro únicamente la punta del iceberg...

El demonio

¿Tenemos que buscar un culpable? Simbólicamente, la podredumbre general de la televisión cantarina tiene nombre y apellido: José Luis Moreno. Descoloca comprobar en sus entrevistas que el personaje presume de inmensa cultura, de elevados gustos, de no sé cuántos títulos universitarios... Habría que confirmar tal historial, pero, caso de ser cierto, podríamos felicitar a la universidad correspondiente: han generado un monstruo de categoría superior.

No andemos ahora con delicadezas: José Luis Moreno es el Diablo, un infernal prodigio de pestilencia que ha consagrado su existencia entre nosotros a invadirnos de mierda. Sólo con la conexión luciferina es comprensible que semejante ser tenga la misión, desde hace infinidad de años, de empaquetar bazofia como "entretenimiento" para los españoles.

Los que han tenido la desgracia de sufrirle hablan de su desprecio por la música que vende, de sus arrebatos. Parece blandito, pero se trata de un disfraz demoníaco. Puede suspender una actuación de un grupo numeroso sencillamente para castigar a la compañía o vaya usted a saber por qué capricho. Lo peor es que su ejemplo es contagioso. Abundan los que también se han tatuado el 666 en su corazón.

...y sus discípulos

Cuando zapeo y coincido con "Crónicas marcianas" en mi receptor, compruebo que sí, que Javier Sardá todavía es capaz de alcanzar nuevos niveles de abyección en, por ejemplo, la música que vende. Y recuerdo cuando le conocí. Vamos a situarnos: principios de los noventa. Llega el "Womad" a la Barcelona preolímpica y allí estaba Sardá, levitando con Van Morrison, entonces una presencia nada frecuente en España. Toma nota: del León de Belfast al payaso de King Africa en diez años. Y no me respondan que era inevitable: no ocurre en los "talk shows" estadounidenses, que mantienen nivel en sus invitados musiqueros. Además, con el grado de popularidad de su fórmula, dignificar sus mínimos adornos musicales no hubiera afectado a su "rating" y su "share". Quizás sí a la cuenta de beneficios de "Crónicas marcianas"...

Ocurre que la metamorfosis de Sardá en demonio mayor ha sido facilitada por otros renegados. La Trinca fue un humorístico grupo izquierdoso, progre, antifranquista, corrosivo. Vaya chasco: sus ex miembros ahora confeccionan carroña televisiva, ¡oiga!, sin el menor complejo.

Se supone que esa corrupción va con el puesto. He tratado a trabajadores de televisión que aparentaban ser personas cultas, con criterios musicales razonables y muchas ganas de hacer programas dignos. Cuando se convertían en jefes de música daban un triple salto mortal y ¡a gozar de la vida! Unos ponían el cazo con los subterfugios de las productoras exteriores, otros se conformaban con la lluvia de decenas de millones de pesetas que suponía aparecer como "productor ejecutivo" o similar en cada uno de los programas de su "área" que se emitían cada semana.

¿Qué decir? El demonio está entre nosotros, amigo, y ese sonido dominante es el de sus ventosidades.

Mucho gato, poca liebre

Hace uno, dos años, la cuota de músicas veraniegas se cubría con el puente aéreo Miami-Madrid. De allí venían incluso artistas españoles como Azúcar Moreno o, más recientemente, Malú, bronceados al sol de los Estefan. Ahora no necesitan a los Chayane, Ricky Martin, Enrique Iglesias y compañía. Las discográficas españolas han descubierto que resulta más rentable explotar aquí mismo las fórmulas del potaje miamiense. Y así tenemos a Melody, un descubrimiento de --cágate, lorito-- El Fary, invitándonos a bailar "El baile del gorila". Por cierto: los responsables de la salerosa niña cantante no tienen inconveniente en recurrir al morbo menorero; en Estados Unidos ya estarían ante los tribunales... pero no los estéticos.

Y luego está Raúl. Este Ricky Martin de tercera división ha sido protagonista de uno de esos momentos que evidencian la degeneración cultural en la que vivimos, lo del "Todo Vale" y "Maricón el Ultimo". Por misteriosas razones, el guapito vitoriano es invitado a participar en el homenaje a Miguel Gila en el Cuartel del Conde Duque madrileño ante la plana mayor del PP (ya se sabe lo que le gusta a los populares: rendir tributo a los rojos, preferiblemente los rojos muertos).

Raúl canta y baila lo suyo --obviamente, muy adecuado para honrar la memoria de Gila-- y se quiere despedir con las obligadas palabras-muy-sentidas. Pero, ¡ay!, el micrófono de mano está apagado. Como lo ha estado a lo largo de toda su "actuación". En playback, naturalmente. Claro, que allí estaba La Bestia. Me refiero a José Luis Moreno, así que todo es posible.

Hemos podido contemplar otros instantes de infamia. El Festival "Son Latinos 2001" es esa ocurrencia que congrega a miles y miles de personas en una playa de Tenerife. Recurren a coartadas culturales --incluyendo un premio a Mario Vargas Llosa--, pero su actual definición de latinidad musical resulta extremadamente elástica: son cabecera de cartel Paulina Rubio y La Oreja de Van Gogh.

Todo está al servicio de los superventas; los demás artistas son relleno. A los pobres Fakires cubanos, gloriosa orquestilla digna de respeto y veneración, se les quiere obligar a actuar ¡en playback! Se rebelan y finalmente les permiten tocar tres canciones, menos de un cuarto de hora, mientras los técnicos preparan el backline para las estrellas con el alboroto habitual.

Vale que vale

Si este repaso del verano 2001 se ha centrado en la oferta televisiva ha sido por motivos contundentes: ha superado a las radios en su capacidad para dictar el consumo masivo de discos. Este año se ha confirmado el cambio de paradigma en la mercadotecnia de la canción del verano y demás músicas de usar y tirar. Hasta tiempos muy recientes, las compañías peregrinaban en primavera hasta los despachos de las radiofórmulas para presentar sus productos (aquí esa palabra es perfecta) de consumo estival. Las emisoras planteaban sus exigencias económicas y, dentro de un orden, se inclinaban por la basura más presentable.

Vale Music rompió la baraja. Rebasó a las soberbias emisoras que torcían el morrillo ante canciones excesivamente malolientes y pactó con los programas populacheros de TV. Ya había probado con "Crónicas marcianas" el pasado año, que machacó de todos los modos posibles "La bomba", de King Africa. Funcionó y subieron la apuesta: llegaron a la productora de "Gran hermano" y pusieron en la mesa una cantidad --dicen que cien millones de pesetas-- por la exclusiva de las canciones que sonarían en el concurso.

Hubo discográficas que se descojonaron. Pero la matraca de "Tele 5" funcionó. Hemos visto semanas en que la zona alta de las listas de AFYVE parecía copada por objetos sonoros con el sello Vale Music: David Civera, Sonia y Selena, Coyote Dax, el citado King Africa y algunos recopilatorios de temporada.

Tan abrumador ha sido su impacto que la competencia ha dejado de reírse y se ha cabreado. Ahora aseguran que Vale ha gastado tantos centenares de millones que difícilmente recuperará su inversión. Detecto cierto soniquete de envidia. Igual con los que recuerdan las feas historias que enfrentaron al fundador de Vale Music, Ricard Campoy, con su antiguo socio de Max Music Miguel Degá. Este último contrató a unos sicarios mexicanos para que liquidaran al hombre de Vale, pero los mafiosos se revelaron torpes y secuestraron a un empleado de la compañía pensando que se trataba de Campoy. Tan torpes eran que, cuando descubrieron su error, se conformaron con robarle el Rolex a su víctima... y olvidaron una de sus pistolas.

No procede desenterrar ahora aquellos sucesos para arremeter contra Campoy. En realidad, la gente de Vale Music salió con la cabeza alta del embrollo: se distanciaba del submundo de los discos de remix, donde fluían enormes cantidades de dinero pero no extrañaba oír hablar del potentado que dormía con la pistola bajo la almohada o del disquero que compensaba baches de ventas con compras de cocaína al por mayor.

Campoy, el motor de Vale Music, nunca ha renunciado a la música bailable que fue su punto de partida. Pero sabe que su tipo de "dance", hecho por artesanos anónimos, no sirve para construir artistas o vender discos individuales de larga duración. Y ha decidido inventarse sus estrellas o importarlas desde Argentina (de allí viene King Africa y allí ha firmado un acuerdo con Leader Music, fabricante de pachanga tropical).

Ahora, Vale incluso puede permitirse aspirar a cierta respetabilidad. Con el talonario por delante, se acercó a "Rolling Stone" preguntando cuánto costaba una portada. Se conformaron finalmente con un encarte de dieciséis páginas a todo color donde se entrevistaba a las cuatro glorias citadas más futuras estrellas tales como --toma las precauciones pertinentes-- El Símbolo (un trío, nada que ver con Prince), Los Sultanes, Blue Bombay y tres grupos cubanos: Megalo, S.B.S. y Angelitos Negros. El verano del año 2002 será una orgía diabólica.

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