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Las dificultades de publicar la crítica de un concierto en la última edición de un periódico diario Criticando la música en directo y otras miserias Las críticas de conciertos son quizás la parte más visible de la labor de los periodistas musicales. Y también es la faceta más discutida. DIEGO A. MANRIQUE explica sus interioridades. Vamos a ser discretos; no mencionaremos nombres (y ya se entenderán los motivos según se vaya leyendo). Esta es una historia reciente: se publica una crítica sobre el concierto madrileño de un cantautor ilustre. El audaz plumilla pone sobre papel lo que muchos piensan y se callan: que el personaje lleva años bajo de facultades gargantiles y escaso de inspiración compensando tales carencias con su simpatía y su relevancia histórica. Herejía, hermano. Parece ser que el manager del artista se queja ante personas bien relacionadas con el periódico y exige --tal vez-- la cabeza del infiel y alguna reparación. Consigue lo segundo: pocos días después, una página superelogiosa sobre el cantautor. El crítico es reconvenido por la redacción: "fuiste el único que salió descontento del concierto". No es exacto. Más tarde, cuando la gira llega a Barcelona, el manager se lamenta: "todas las críticas han seguido la pista del tipejo ése de Madrid". En tan ejemplar encontronazo surgen varias claves sobre la curiosa profesión de comentarista de directos. A saber... (1) El margen (estrechísimo) de lo que se puede escribir sobre las vacas sagradas. (2) La escasa protección del crítico cuando decide proclamar algo "políticamente incorrecto" (¿dónde quedó aquello de "no coincido para nada contigo pero iré a muerte por defender tu derecho a decirlo"?). (3) El invisible poder de la crítica, que --mira por dónde-- a veces puede crear avalancha y estado de opinión, amargando la satisfacción del cartel de "no hay entradas" al gran astro... y a su airado representante. (4) La fuerte repercusión de algo que seguramente ha sido escrito de mala manera, de forma instintiva, sin posibilidad de rectificar. La maldición de la segunda edición Tiene gracia que se tome tan en serio algo que es el producto de una situación aberrante. Me explico: hace años que la sección de cultura de los periódicos ha decidido que los recitales de artistas establecidos son noticia candente. Es decir, que deben salir en la segunda edición (la primera es la que viaja a provincias, la segunda es la que te encuentras en los quioscos de Madrid cuando amanece). En la práctica, esa imposición --"tu texto debe llegarnos a las doce de la noche"-- supone superar una auténtica carrera de obstáculos. El escriba llega al local y descubre que el promotor invariablemente sitúa a la prensa en los peores asientos (se desconocen los motivos, pero intuyo que derivan una extraña satisfacción sexual de putear a "los gorrones" de los medios, aunque su interés estaría en permitirle hacer su trabajo en las mejores condiciones). Da lo mismo: apenas tiene tiempo para mirar al escenario, debe garabatear lo que se le ocurra en la oscuridad (a ver, que alguien me explique dónde se compran esos bolígrafos con luz). Tengo sospechas fundadas de que nadie disfruta menos de un concierto que un crítico sometido al castigo de la Segunda Edición. Gritando en la noche Espera. Viene lo peor. Puede que el concierto sólo vaya por la mitad cuando nuestro héroe se vea obligado a deslizarse fuera del espacio donde atruena la música para (A) poner en orden sus desgalichadas notas y (B) empezar a dictar a la persona de cabinas del periódico. Una situación hasta humillante: los forzudos de seguridad se descojonan del tipo que se refugia en los rincones con su "telefonino", un "freak" que pega gritos e insiste en deletrear nombres extranjeros (da lo mismo: Hendrix siempre sale como Jimmy Hendrix, el género gospel se convierte misteriosamente en "godspell"). No. La gente de cabinas suele ser eficiente: tranquilizan al gritador, llaman su atención ante la reiteración de adjetivos, ponen tono cariñoso cuando éste resopla tras dictar "punto final" y le sueltan algo tan aterrador como "pues todavía te faltan 25 líneas". Por no hablar del móvil que expira en medio de la crónica y "por favor, por favor, déjame tu teléfono, que tienen que cerrar en el periódico". Una de mis historias patéticas: final del show de los Rolling Stones en el puerto de Málaga, intentando dictar al aire libre mientras desfilan a tu lado quince mil andaluces guasones.... Así que resulta pasmoso que al día siguiente salga algo mínimamente legible. Explicación: si se tiene oficio (y hasta el más zoquete adquiere recursos tras unos años en primera línea de combate) se encadenan unas cuantas descripciones, se añade alguna gracieta oportuna, se desempolvan varios tópicos, se salpimenta con sociología de urgencia y...¡andando! En general, la crítica resultante adolece de falta de profundidad, de la ausencia de reflexión, de errores. ¡Dedícate al deporte, amigo mío! ¡Errores a toneladas! El crítico musical está totalmente desprotegido en comparación con, digamos, el periodista deportivo. Quien va a cubrir un encuentro de baloncesto o fútbol recibe un grueso dossier con la alineación, historial de los jugadores, mil estadísticas. Por lo que me explican tipos de doble militancia, como Julián Ruiz, los deportivos lo tienen todo infinitamente más allanado: desde conseguir entradas a la ubicación (¡la tribuna de prensa tiene la mejor visibilidad!), desembocando en las facilidades para mandar la crónica, con su sala de prensa perfectamente equipada. En cambio, el musiquero debe mendigar una lista de las canciones que van a sonar con la peculiaridad de que están escritas telegráficamente ... y no siempre corresponden con la realidad de lo que finalmente se toca. Si el artista se llama Van Morrison ya te advierten que no hay "set list": "Van toca cada noche lo que le apetece y en el orden que le da la gana". Una exageración; la mayor parte de los temas ya han desfilado en conciertos anteriores. Se compadecen y sugieren que te conformes con los nombres de los músicos (y uno no se fía demasiado cuando compruebas, como en su último show en Palacio de Congresos, que hay dos saxofonistas sobre el escenario y el papel que te han pasado sólo menciona a uno). Cuando algunos de esos colegas de la pelota va a conciertos (sí: hay dos o tres que aman el rock), alucina al comprobar las condiciones en que nos desenvolvemos los musiqueros. "No. Nosotros estamos bien atendidos... y tenemos la ventaja de que aprovechas el descanso para estructurar la crónica". Ah, bueno. Ya sabes: los de la música somos peores que los leprosos. Particularmente, los de la música popular: circulan anécdotas de críticos de clásica que han facturado crónicas de conciertos mencionando el fabuloso talento de tal tenor... que resulta no llegó a cantar por culpa de una intoxicación. Aunque se descubra el pastel (el venerable escriba prefirió no abandonar su mesa camilla), no pasa nada: "Hombre. Don X tiene ya una edad que se le pueden disculpar esas pequeñas trampas"). Tiemblo de pensar la que se armaría si el crítico pop fuera pillado en una de ésas.... Pero... ¿sirven de algo las críticas de conciertos?
Imagino que las críticas son seguidas mayormente por gente interesada en la música que, por su estilo de vida, ya no pueden acudir a tantos conciertos como desearían pero quieren hacerse una idea de lo que ocurrió en la última visita de Lou Reed o Caetano Veloso. Se liquidan tu texto en dos o tres minutos y se quedan con una impresión en blanco y negro. Un juicio tajante en el que no hay cabida para tus matices. Los anatemas de los fieles Hay otros lectores que merecen la categoría de Clientes Temibles. Son los fans. La lógica sugeriría que ellos, que saben más sobre el artista que cualquier periodista y han estado presentes, pasarían de leer nuestras paridas. Todo lo contrario. Además, amigo, no dan ni una de paso. Y reaccionan con misivas a la sección de Cartas al Director. Claro: tú te descojonas cuando los seguidores de Depeche Mode señalan que ninguna de las canciones mencionadas en tal crítica sonaron en el concierto. Te inquietas más cuando lees que un colega es vituperado por los adictos a Springsteen hasta por los errores en nombres y apellidos ("¿tan listos y no son capaces de adivinar que ese texto se envió por teléfono?"). Te mosqueas definitivamente cuando los dardos van directamente contra ti.
A cara de perro El amable lector me preguntará: "si sufrís tanto, ¿cómo es que no os negáis a trabajar así?" Amigo, has llegado a la madre del cordero. Estas son sus cuatro patas. Primero: un "freelancer" no siempre está en disposición de rechazar encargos. Y no digo más. Segundo: la crónica de conciertos te ofrece un espacio que, curiosamente, no está disponible para la crítica de discos. Por alguna razón ancestral, los mandos de los periódicos consideran más importante una actuación para mil novecientas personas que un disco que han comprado o van a comprar cincuenta o cien mil. Para comentar el show puedes tener 60 líneas; para el CD confórmate con 8 o 10. Increíble pero cierto. Tercero: cada vez resulta más difícil conseguir entradas de prensa para conciertos estelares. Normalmente, es como asistir a un extraño partido de tenis: discográfica y promotor se pasan la pelota, nadie quiere hacerse cargo de la canallesca. Para la última visita de Van Morrison sólo había una entrada por cabeza --nada de ir acompañado, Romeo-- exclusivamente para quienes iban a hacer crónica. Cuarto: los colaboradores viven con una espada colgando sobre su cabeza. En los periódicos se tiende cada vez más a recurrir a becarios. Son baratos, entusiastas, suplen sus carencias culturales con apresurados paseos por Internet. Y escribir sobre música pop... Bueno. Cualquiera lo sabe hacer, ¿no? Déjame darte una respuesta contundente: ¡NO! Una historia real (y pasada por agua) Habla un curtido periodista que ha sufrido en sus carnes el problema de trabajar en hora limite: "Lo más fuerte que me ha ocurrido fue cubrir uno de esos festivales "Reggae in the River" que organizaba Julio, el del Rastattoo. Este era en Morata de Tajuña, un día de San Juan, en el 95. El festival se iba a prolongar hasta el mediodía del domingo, pero yo dictaba a las doce de la noche del sábado. Entonces no tenía móvil y me lo dejó el tal Julio. La periodista de cierre me preguntó sorprendida si en Morata no llovía, pues en Madrid había descargado tal tormenta que en el Bernabéu se había suspendido la final de la copa del Rey entre el Valencia y el Depor; hasta se había desbordado el lago de la Casa de Campo. Le dije que en Morata todavía no, pero para curarme en salud no ponía nada en el texto y sólo describía la llegada al concierto, el ambiente hippy-rasta y enumeraba los muchos grupos que hasta ese momento había actuado. Terminé de dictar y devolví el teléfono a su dueño. Y, en dos segundos, cayó la mayor tromba de agua que yo haya vivido. El festival se suspendió y, en medio del caos, no volví a encontrar a Julio ni a nadie con móvil. Para colmo, mi coche se quedó atascado en un enorme charco, del que no salí hasta pasadas las tres de la mañana. El recinto del festival estaba en mitad del campo sin cabinas ni nada. Calado hasta los huesos, llegué a casa y llamé al periódico a eso de las cuatro o cinco de la mañana; obviamente, ya no había nadie. Ya no pude dormir pensando que en mi texto no iba a salir ni una sola alusión a la lluvia ni a la suspensión y que iba a parecer que no había estado allí. Bueno. Pues la cosa todavía fue peor. No sólo no se aludía a la lluvia ni a la suspensión, sino que se afirmaba que en Morata no había caído ni una gota, en contraste con el resto de la región. La chica de cierre se tomó la libertad de añadir una frase que me comprometía de manera espectacular. Durante todo ese día el periódico recibió infinidad de llamadas de quienes habían estado en el festival y sufrido al aguacero. Menos mal que me dejaron un espacio igual al día siguiente para contar la segunda parte, incluyendo charcos, suspensiones y resfriados".
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