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Telephunken

Oasis (Zaragoza). 3 de febrero de 2001

Juntar formas de música negra con las habituales tendencias del dance es uno de los estilos que, últimamente, está dominando dentro del ambiente de los DJs. No es extraño: las más contemporáneas músicas electrónicas no parecen generar aún el calor ambiental que, en tiempos, consiguieron los antiguos combos de funk. Tomar lo mejor de aquéllos acercándolo al público joven es un ejercicio de disfrute que sólo tiene ante sí un problema: o lo haces bien o terminas pareciendo un pinchadiscos de los setenta.

Entre quienes lo hacen bien Telephunken consigue una mención especial, no sólo por haber lanzado un disco de debut impresionante que cala en cualquiera de tus pies con la misma sensualidad con la que también ataca tu cabeza, sino porque, además, es capaz de ofrecer su música en directo con la misma solvencia.

En Zaragoza, su tierra, el grupo puso tras de sí dos pantallas de vídeo con continuas proyecciones psicodélicas y minimalistas, elementos que colaboraban ostensiblemente a que el escenario fuera una prolongación de la fiesta que, en breve, iban a montar en la pista. Para generar aún más calor no faltaron un par de espectaculares go-gós vestidas con insinuantes "nadas" que reproducían con sus botas altas, pelucas gigantes y gafas fashion la estética blaxploitation que tan vistosa resulta.

Con todo, lo más importante era la música. Hacer que el público mire al escenario en lugar de que monte la habitual danza tribal propia de los raves no valía de nada si el grupo no era capaz de mantenerle enganchado a lo largo de su actuación. Y eso es algo que a Telephunken no le cuesta demasiado, ya que cuenta con argumentos sumamente válidos y con criterio para seleccionar la música sobre la cual evolucionar. Armados de platos para la mezcla, bajo y batería, el grupo ha incorporado recientemente a un MC que ejerce de maestro de ceremonias y que desliza ocasionalmente formas de hip hop sin entrar, para nada, en la macarrería de los textos bordes o en la estética de los pantalones de paracaidistas de marca o de la gorra vuelta del revés.

Aquí no se trataba sólo de pinchar para amenizar la fiesta, sino de montar un espectáculo que partiera de la esencia negra para adaptarlo a los gustos actuales. La base rítmica de la banda responde con prontitud, sabiendo llevar el armazón del conjunto y dejar campo libre a un DJ que puede presumir de conocer su trabajo. La selección aportada no tira tanto de temas recurrentes, sino de puntos de partida sobre los que crear, lo que, amenizado por el MC, genera un magnífico resultado y termina calando en la piel del que escucha.

Puede que la aportación del hip hop todavía no tenga una gran personalidad y que únicamente ejerza como complemento vocal dentro de todo el proyecto, pero es evidente que la voz colabora a darle más consistencia a la oferta "telefunky" de los aragoneses. Con esos mimbres, y con la solvencia mostrada encima del escenario, es previsible señalar que este grupo no puede sino mejorar, algo que habrán de demostrar en su segunda entrega discográfica.

De momento, sólo puede decirse que propuestas como ésta colaboran a recuperar el concepto de "discoteca", ese lugar en el que se iba a bailar sin necesidad de volverse sordo o demostrar un snobismo de moda. Con Telephunken, la música cala la piel, se traslada a los pies y hace mover el cuerpo para que éste busque expresión. Es, al fin y al cabo, buscar la faceta festiva del asunto, mostrarla sin caer en la pachanga o el ritmo machacón, algo nada fácil pero que, sin embargo, con este grupo parece lo más simple del mundo.

E.P.

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