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El santo que prefiere la música negra Es un hecho. Muchos de los festivales costeros del verano se han consolidado ya como una oferta cultural de alto voltaje. Diversos ayuntamientos han encontrado en la propuesta musical una manera de atraer gente a sus localidades sin necesidad de ofrecerles paellas gigantes o fiestas de rebaño. Algunos se decantan por lo más obvio, pero otros, con más criterio, aciertan tratando de dar personalidad a eventos que, poco a poco, crecen en público y repercusión. El Festival de Jazz de San Javier ya es algo concreto que marcar en el calendario a la hora de planificar tus salidas de fin de semana. O tus vacaciones, si eres de quienes disfruta con la liturgia de la arena y la cervecita. En cuatro ediciones, el municipio ha conseguido un nivel de contratación de una altura impensable hace pocos meses y ya no es extraño ver en sus carteles a la élite de la música negra. En contraposición a los festivales de una semana, más pensados para que el aficionado riguroso tome la cita como una peregrinación anual, este ayuntamiento plantea su festival como una oferta lúdica y cultural de las muchas que se proponen al ciudadano. No es necesario, según ellos, recurrir a lo obvio y evidente para que el público escuche música; cualquier género es bueno si las personas pueden acceder a él y aprender a disfrutarlo. Con esos planteamientos, los precios se mantienen lejos de los dispendios de otros eventos y el cartel responde cada año al crecimiento de exigencia que viene dado por el aumento constante de público. Esta dinámica se está mostrando como un excelente medio a la hora de ayudar a la personita de a pie para disfrutar con algo que, en muchos casos, nunca había llegado a sus oídos. Escuchar hablar de un festival de jazz asusta a muchos por la idea que se han formado sobre ellos, centrada en el elitismo y lo intelectualoide. Sin embargo, cuando pueden asistir a uno de los conciertos y comprueban que la mayoría del público es exactamente igual que ellos y que los músicos no tienen nada que ver con el síndrome del smoking y la pajarita, habitualmente repiten: es una de las mejores ofertas para una noche veraniega si el precio de la entrada puede acoplarse dentro del apretado presupuesto vacacional. Fundamental para que al asunto funcione es que el festival sea regido con criterio, que los músicos encuentren al aterrizar infraestructuras propias de un evento de cierto nivel y que la programación no caiga en lo rutinario. Del mismo modo, es fundamental que los organizadores sepan manejarse en el mercado y que ajusten sus presupuestos a fin de que las arcas públicas no sufran y pongan en peligro la continuidad del proyecto. Juntar tantas premisas puede parecer fácil en un principio, pero requiere, como en todo, de un personal cualificado que entienda por igual de música y de gestión. No todos los ayuntamientos lo tienen, pero parece que, en más de uno, este tipo de figura comienza a ser buscado con interés. San Javier es un magnífico ejemplo del hecho. Hace cinco años su Concejalía de cultura comenzó a trabajar en una serie de conciertos de cara a convocar al público que, habitualmente, veranea en localidades adyacentes con el objetivo de la playa metido entre ceja y ceja. La idea ha sido tan bien llevada que, en sólo cuatro ediciones, el festival tiene ya una altura considerable, lejos de los festivales "por cumplir" que organizan otras plazas y que, casi siempre, tienen en su cartel a los más previsibles artistas que uno puede contratar. San Javier cuenta a su vera con otro festival importante, "La mar de músicas", organizado por el Ayuntamiento de Cartagena. Mientras éste se decantó desde su nacimiento por las músicas del mundo, San Javier encontró un filón en el jazz y sus derivados: tenía personal adecuado para montarlo y unas instalaciones envidiables. De ese modo, el público de la zona cuenta ahora con una oferta más a la hora de ocupar sus noches, proposición interesante cuando se enfrenta a la posibilidad de gastar el tiempo mirando al cielo en una terracita o a introducirse en una discoteca saturada de gente en la que el volumen de la música y la calidad del material etílico andan por caminos radicalmente opuestos. La idea ha cuajado tan bien que el número de abonos puesto a la venta para poder disfrutar del festival entero obtiene más clientes en cada edición. Condición número 1 para montar un festival importante: saber poner en su cartel propuestas que puedan gustar al aficionado, aunque éste no los conozca, y, fundamental, colocar siempre nombres mágicos que hasta el más despistado tenga como relevantes en su cabeza. Los segundos son quienes hacen que el público en general vuelva la vista hacia la propuesta; los primeros, los que la dan entidad y sorprenden. En la edición de este año del festival sanjavierano (o sanjaviereño, vete a saber) se daban la mano, por ejemplo, Maceo Parker, Bill Wyman, Lucky Peterson o el mismísimo Van Morrison con músicos tan sólidos como Harry Allen, Niels-Henning Ørsted Pedersen (con Mulgrew Miller) o Toots Thielemans, personajes de lo más relevante en su género pero que no cuentan en España con la popularidad de los anteriores. Cada fin de semana se ofrecen cuatro conciertos en el Auditorio Municipal del Parque Almansa: dos mil doscientas localidades sentadas con una perfecta visibilidad y con una acústica irreprochable, un escenario amplísimo y un equipo de luces perfectamente adecuados para el evento. Las sesiones son de dos conciertos por día y de dos días por semana (viernes y sábado) aunque, en ocasiones puntuales, la disponibilidad de un artista en gira o una fecha señalada pueden obligar a programar uno de los conciertos en cualquier otro día de la semana. A la hora de buscar los artistas prima lo ecléctico: la música negra tiene suficientes ramas y divisiones como para que nadie pueda tachar al festival de monotemático. Así, del mismo modo que se puede programar una fusión entre Gerardo Núñez y Perico Sambeat, se puede saltar al blues de Peterson, al jazz europeo y gélido de Ørsted Pedersen, al rockabilly de Little Charlie, al gospel de Golden Gate Quartet o el funk de Maceo Parker, todo lo necesario para que quien se acerque abandone pronto la idea de que el jazz es una música en la que sólo hay trompetistas negros tocando a toda velocidad. Este año San Javier ha contado, además, con conciertos en los que el ventanal de la taquilla se ha visto ocupado con el mágico cartel de "no hay billetes", señal inequívoca de que el trabajo realizado va en la dirección correcta y que el público ya no mira con extrañeza este tipo de ofertas. Aparte de los ya citados, la localidad murciana albergó las actuaciones de Clark Terry y Carol Sloane en lo que fue un homenaje a Ella Fitzgerald y Louis Armstrong, Luis Salinas en una de sus pocas apariciones por la zona y Tomatito en un momento en el que su música ha destrozado cualquier tipo de fronteras y en el que sus colaboraciones con Michel Camilo le han proporcionado un amplio abanico sobre el que evolucionar. Nosotros nos acercamos a Murcia los días 20 y 21 del pasado julio eligiendo esa fecha porque los conciertos programados no iban a poder verse en Madrid. La elección nos deparó un par de sesiones de cierto gusto camp, una entonación de nostalgia apoyada en el jazz vocal de Freddy Cole, el gospel tradicional de Golden Gate Quartet, la amigable armónica de Toots Thielemans y, como guinda final del "week end", la propuesta más eléctrica y vital del guitarrista Chuck Loeb acompañado en esta ocasión, por la vocalista Carmen Cuesta.
King". Freddy quedó eclipsado por el valor de su apellido (más tarde le ocurriría lo mismo cuando Natalie Cole, su sobrina, también decidió ponerse a cantar), pero eso no ha evitado que los aficionados le hayan reconocido siempre como una voz sumamente personal. Cole es, ante todo (por carrera y por estilo), un músico de club y eso lo traslada con facilidad aun cuando esté tocando en un recinto masivo festivalero. Escucharle es hacer una teletransportación inmediata a un garito elegante en el que su voz suena a ambiente humeante y el que su swing evoca el tintineo de los hielos cuando se mueve un vaso de whisky. Su repertorio, como puede suponerse, está a la altura de las circunstancias y todo lo que canta está envuelto en un espirar continuo de nostalgia. Escucharle interpretar "Smoke get in your eyes" o "Sweet Loraine" es hacer un viaje al pasado, recordar días de película en los que el blanco y negro era el color y el jazz, por naturaleza, la banda sonora. Cole es un artista que podría abrumar a quienes, en estos días, reivindican la música lounge. El lo tiene todo para proporcionar ese ambiente de cóctel en el que cada melodía flota por el aire sin molestar nunca y proporcionando siempre la sensación de comodidad y bienestar. Pero Cole, por qué negarlo, tiene un defecto sustancial para con aquellos aficionados: es negro y tiene años; quienes ven en el lounge algo "cool" sólo se fijan en músicos blancos de reciente hornada. Evitan la evidencia de que la mayoría de sus artistas no son sino copiones disfrazados de moda o ejecutantes de un repertorio que gente como Cole ayudó a consolidar. Cantando baladas es realmente delicioso y su voz cuenta con el valor de convertir el susurro de una garganta de color en un arma letal. Escobillas como fondo, unas manos que flotan por el piano como las de un enamorado nervioso y un argumento tan demoledor como una pieza de Billie Holiday siempre son recursos que este hombre tiene en su bolsa de viaje. Su última grabación discográfica, de la que también ofreció material, se centra en las canciones más clásicas del parisino Michel Legrand, un compositor que le viene a este hombre como anillo al dedo. Tras su concierto, el escenario de San Javier se redibujó para recibir al Golden Gate Quartet, grupo que sigue manteniendo como bandera irrenunciable el gospel tradicional. Este género es de los que no ha cuajado entre el público europeo y que, como pasara con el reggae, cuenta con el alto riesgo de desaparecer de nuestros mundos en cuanto el GGQ decida pasar a la historia. En base a ello, esta curiosa formación no desaparece nunca; va renovando su personal a medida que sus vocalistas alcanzan una edad incompatible con el eterno devenir de sus continuas giras internacionales. El gospel es un género de entidad en Estados Unidos, presente en multitud de fusiones y con una nómina de artistas larguísima que, por lo que sea, en Europa sólo tiene un nombre, el de estos cuatro personajes que parecen siempre salidos de una iglesia blanca con una comunidad negra tan fiel en sus ritos como animada por el sonido de la música. El Golden Gate Quartet tiene, por ello mismo, un defecto: que siempre hace lo mismo y que, si los has visto una vez, ya sabes lo que te vas a encontrar la segunda, la tercera, la cuarta... Eso sí: quienes nunca les han escuchado encuentran en ellos toda una enciclopedia de la música espiritual negra y, por ende, todas las canciones clásicas de este género. No es extraño, por tanto, que cuando canciones como "The battle of Jerico", "When the saints go marchin' in" o "Hallelujah" salen de sus gargantas interpretadas con la solvencia que da la experiencia la gente alucine y disfrute como un enano con caramelos. Eso ocurrió en San Javier: el personal se dedicó por entero a corear todo ese repertorio perdido en el tiempo y que, sin embargo, se mantiene en nuestras cabezas gracias a películas clásicas o a continuas versiones standard de grupos menores. Escucharlas presentadas con solidez, con la parafernalia que el Golden Gate Quartet ha elaborado a lo largo de su carrera y con las voces privilegiadas que este cuarteto atesora es un uno fijo en la quiniela a la hora de programar. Su concierto no fue de los mejores, pero el público lo recibió con gusto y disfrutó, uno de los objetivos fundamentales de cualquier festival a la hora de incluir a artistas de este tipo dentro de su programación.
Thielemans es en el escenario lo más parecido al abuelito de las películas de Walt Disney, ese personaje con el pelo totalmente blanco, gafas de montura amplia y con un montón de bromas y chascarrillos escondidos en el libro de cuentos que siempre lleva bajo el brazo. Todo en él son sonrisas y gestos amables, tanto cuando toca como cuando intenta comunicarse con el público en un idioma ininteligible en el que hay un poco de todo y en el que las frases siempre terminan con una pedorreta cómica y en un encogimiento de hombros. Su música también es así: dulce, emotiva, deliciosamente evocadora y continua provocadora de imágenes asociadas a paseos otoñales por bulevares cubiertos de hojas secas. Trata a sus músicos con cariño, como si fueran sus nietos, bromeando a su alrededor y felicitándolos en cada solo. Thielemans es de los artistas que siempre prefirió la melancolía al swing y una "bonita melodía" a un ritmo contagioso. En base a eso, cubre su actuación con piezas de Gershwin, evocaciones a Louis Armstrong y temas en los que el lirismo es siempre el eje fundamental. También salen de su maleta guiños pícaros hacia la música brasileña u homenajes a personas que se han ganado su admiración, como es el caso del emblemático Jaco Pastorius, y nunca abandona su gusto por tocar un poquito la guitarra aunque su categoría con este instrumento no tenga nada que ver con su maestría a la hora de soplar la armónica. Thielemans encontró en el público lo que está acostumbrado a recibir: un reconocimiento evidente y un montón de caras de sorpresa provenientes de quienes siempre asociaron la armónica con el blues guitarrero y con el olor a bourbon. La gente se quedó helada, como sujetos a una cuerda invisible que les unía con el peculiar personaje que apenas se movía de su taburete. El grupo de Chuck Loeb lo tuvo, por tanto, sumamente difícil a la hora de tomar su sitio en el escenario. Se le había ubicado al final de la sesión habida cuenta de que su música es más animada y contundente que la emotividad surgida de las tonadas presentadas por Thielemans, pero, a tenor del resultado, bien podría haberse hecho a la inversa sin ningún tipo de pérdida. Loeb (que cada año aparece en un par de festivales españoles y que siempre consigue llevarse al público a su terreno) tuvo, en esta ocasión, un detalle que deslució su actuación: la incorporación de su mujer Carmen Cuesta. Encima de un escenario, Cuesta tiene, el mismo magnetismo que una bellota y sus canciones evocan continuamente a un quiero y no puedo parecerme a Celine Dion. Si bien es cierto que esta mujer aparenta una cosa en su disco, bien distinto es verla aparecer con sus canciones, pausadas y lánguidas, en medio del torrente guitarrístico que siempre despliega Chuck Loeb. Loeb es una especie de Asterix metido a guitarrista, una personalidad bicéfala que convive en un solo cuerpo. Puede tocar de modo metódico, analítico o cerebral, pero en cuanto se toma la poción mágica se vuelve animal y arrollador, tirando su cuerpo encima del mástil de su guitarra y acercándose al rock de manera considerable. Ha forjado su carrera como un guitarrista de smooth que, al mismo tiempo, es capaz de liderar una oferta tan poderosa como es el grupo Metro y, en su música, se dan la mano las notas limpias y el cuidado por las texturas con explosiones sudorosas en las que la fusión con los ritmos binarios es más que evidente, ya sean éstos de color funky o lindantes al rock. Si lo que salía de la garganta de Carmen Cuesta era música propia de hacer ganchillo lo de Loeb era como poner un telar industrial en una huelga a la japonesa. El grupo aportó, además, una curiosa sorpresa. Dado que venían de una gira por Alemania, dejaron subirse a su avión a un personaje que atiende por el nombre de Fessler, vocalista que, por lo que nos contaron, está causando sensación en los países centroeuropeos. Fessler parece, de primeras, un pintoresco vividor sacado de las playas de Saint Tropez: gafas fashion y gorra de diseño apalancada en la cabeza. Esa imagen se diluye en cuanto coge la guitarra y el micrófono. Su garganta es de las que reproduce cualquier cosa y, por eso, aborda por igual piezas para trompeta que canciones con intermedios instrumentales; no canta: toca con la voz. En un principio es evidente el recuerdo de Bobby McFerrin, pero, en cuanto se le da cuerda, se permite abordar otro tipo de repertorio en el que el espíritu brasileño parece sumamente presente. El plato final del evento presentó a Wolfgang Haffner, el batería de la banda, tocando con escobillas sobre su propia banqueta, a Chuck con su guitarra y a Fessler haciendo de trompeta humana. Con una sencilla melodía aderezada por chasquidos de dedos y silbidos, se quedaron con todo el público y cerraron uno más de los fines de semana que el Festival de San Javier va contando como éxitos. Por lo escuchado, el resultado de este fin de semana no fue muy diferente al de la media del festival, lo que habla de una importante consolidación del mismo tanto a nivel artístico como en lo referente a la asistencia de público. Si esto es así (y no hay por qué dudar de ello) lo preocupante será seguir superando el listón año tras año. Ese es el reto y, en buena lógica, el objetivo que empezará a gestarse a partir de septiembre. E.P.
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