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Rosendo

La Riviera. 7 de junio de 2001

Fue sonar "Entre las cejas" y volverse todos locos. Puede parecer mentira, pero, aún hoy en día, el repertorio de Leño sigue siendo valorado por el rockerío madrileño como la piedra filosofal, como el origen de todo. Durante mucho tiempo la figura de Rosendo tuvo que arrastrar el hecho y sufrir el típico comentario de "yo era muy de Leño, pero de Rosendo... no sé". Después de escuchar al carabanchelero el pasado día 7 en La Riviera a mí, por lo menos, ya me ha quedado claro que su repertorio ha superado de lejos al que dejara para la posteridad su anterior banda. Rafa, Mariano y el mismo guitarrista son mejor grupo que era Leño y su colección de canciones tiene muchas más perlas que las que el famoso trío llegó a dejar grabadas antes de disolverse. Leño es historia, historia superada por el propio Rosendo, y eso no hace más que engrandecer al guitarrista por cuanto, mientras no se demuestre lo contrario, nadie había conseguido ese status en opinión del público que se gasta los duros con discos y conciertos de rock.

Y es que, a lo tonto, a lo tonto, este melenudo narigón lleva tanto tiempo en esto, tantos discos a sus espaldas, que, con una cuidada elección, es capaz de ofrecerte ya dos horas de canciones de un calibre incontestable. Ahí están "Vaya ejemplar de primavera", "¿De qué vas?", "Flojos de pantalón", "Loco por incordiar", "Hasta de perfil", "Agradecido"... piezas imprescindibles a la hora de analizar la música guitarrera surgida en este país.

A estas alturas resulta casi una utopía pedir a un concierto de Rosendo algo más que las canciones. Sale al escenario, con sus compañeros, y empieza a destilar su repertorio con un espectáculo nulo. Lo suyo, como él ha dicho siempre, es la música, no la vestimenta. Lo único que se puede exigir con esos principios es un precio justo en la entrada y una entrega absoluta encima de las tablas. Cuando esto se da, tú te vas contento, tarareando hasta el metro la canción que más te haya llegado o echando de menos aquélla que, en esta ocasión, no cayó. A mí, por lo menos, esta vez no me faltó ninguna y no noté, en las conversaciones posteriores al final, que alguien nombrara más temas que los escuchados. Estamos en un momento en el que el de Carabanchel ha convertido su repertorio en una ristra de clásicos a mansalva.

En un concierto de Rosendo hay que considerar también otra cosa: su público. Si hay algún artista respetado entre los peludos de esta ciudad ése es él y eso se respira en cualquiera de sus bolos desde el mismo momento en que te acercas al recinto. La gente de las primeras filas (y de las del medio también) lleva en volandas el asunto, colabora poniendo con su cabeza los violines que faltan en "Hasta de perfil" y cantando a voz en grito cediendo su garganta al servicio del espectáculo. Por las circunstancias que se han dado en los últimos años, Rosendo podría tocar en el Palacio de Congresos para un público adulto que aceptaría pagar más para verle sentado, pero... no sería lo mismo. Rosendo y su público son una unidad y escuchar "Pan de higo" con esa mara de chavales poniendo el alma en cada estrofa es algo impagable que sólo se puede ver en un concierto del carabanchelero.

También cayeron piezas nuevas (bien aceptadas por el personal) y apareció su hijo en el escenario para hacer "El alma se colma" (incluida también con su voz en el último álbum del guitarrista), pero eso no fueron más que anécdotas y pinceladas en una noche en la que se premió el repaso a una historia y en la que, con un poco más de sonido, la gente habría tocado el cielo.

E.P.

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