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Ronny Jordan Arena. 28 de marzo de 2001 Podía uno esperarse cualquier cosa de un personaje como Jordan. Este músico, inglés, es de los que igual se destapa con un concierto purista emulando a West Montgomery y Charlie Christian que te suelta una fiesta de acid jazz en la que el único referente guitarrístico es el George Benson más populachero. En su paso por Madrid se quedó a medio camino: recordó a Montgomery en una ocasión y sonó como Benson durante toda la noche. Jordan, un músico curtido al amparo de los noventa, no tiene en sus venas una gota de jazz. Eso sí: las tiene llenas de los hijos bastardos de ese género. Y lo de bastardos no es ningún desprecio: es, únicamente, porque nadie conoce a sus padres. En principio podía llamar la atención que un hombre tan fino como Jordan se presentara en un local como Arena. La cosa quedó aclarada en dos minutos: después del set de un DJ apareció en escena un bajo demoledor que comenzó a marcar ritmos binarios. Nadie se había equivocado; era, simplemente, que Jordan tiene previsto que en esta gira la gente se mueva, que baile y que valore mucho más el trabajo rítmico que las virguerías guitarrísticas. En base a ello se une a unos músicos que elaboran un muro de sonido, suena "soul" hasta la médula y se permite sacar al escenario a una cantante que, además de cantar, pone cara de interesante y se dedica a dar unos caderazos que por poco echan a los músicos del escenario. La gente lo entendió enseguida y, ya puestos, era cuestión de aprovecharlo. Conciertos de este género y esta calidad no se dan muchos en Madrid, por lo que la ocasión la pintan calva. El público dejó el abrigo allí donde podía y empezó a mover los pies. El asunto era fácil, ya que lo que se mostraba en el escenario te llevaba al baile directamente: acid jazz con pocos samplers y soul sin trompetas, fiesta para las almas más danzarinas. El discurso de Jordan en sus últimos discos se ha planteado así. Si bien en sus primeras obras mezclaba con más cuidado, en las últimas se ha decantado por separarse de lo clásico dejando solamente las herencias guitarrísticas para los momentos emotivos. El resto de su música tira de la fusión y lo que fusiona son cosas netamente contemporáneas a las que les añade notas de virtuosismo. El, por ejemplo, mama sin rubor de la tendencia del acid jazz, si bien, en lugar de colocar programaciones y efectos, se busca un bajista incansable que, además, domina el sonido en el escenario. También tira del hip hop, aunque, en vez de presentarse con un rapper, deja que sea la guitarra la que marque la pauta. El resultado puede ser original, pero, sobre todo, es efectivo a la hora de buscar lo lúdico. Nadie diría que este hombre comenzó en el gospell y que es todo un vegetariano de principios. Al contrario: lo que transmite desde el escenario es persuasión, provocación de cuerpo a cuerpo y hasta lujuria para aquellos paletillos que todavía se dejan impresionar porque la amiga de turno enseñe media cacha mientras saca la lengua con la boca entreabierta. El ejemplo más palpable de cómo se lo monta el londinense fue la versión que abordó de "Summertime". Dejó a su amiga que mostrara su capacidad vocal y, en el primer puente... ¡zas! Un bajo abrasivo y una batería marca "explosion" se ponen en marcha al mismo tiempo que la negrita empieza a dar saltos arriba y abajo. Lo siguiente continuaba siendo "Summertime", pero ya era irreconocible. El público lo pilla, lo entiende y le gusta, por lo que también se pone a mover la cabeza y dar palmas. Terreno conquistado y demostración de que el jazz puede entenderse de un modo diferente al que marcan los cánones más puristas. Es el jazz bastardo, como lo fueron en su tiempo el blues, el rock'n'roll o el mestizaje. Propuestas que recuperan la satisfacción por lo festivo antes que el disfrute de lo académico. E.P.
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