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Rimitti La Riviera. 2 de marzo de 2001 Parece que, a estas alturas, hasta el más despistado es consciente de que, si Khaled es el número 1 dentro del raï contemporáneo, Rimitti es la reina de la fiesta en todo lo que tenga que ver con el aspecto tradicional de este estilo. Ella fue la primera que sacó esta música de Argelia y una de las máximas responsables de que en el mundo occidental sepamos lo que es esto. En su última visita a Madrid el hecho quedó respaldado con una enorme cobertura por parte de los medios de comunicación más generalistas. Si anteriormente esta mujer pasó por aquí sin apenas repercusión, en esta ocasión nadie perdió oportunidad de hablar con ella y se la pudo ver hasta en los más pintorescos programas de televisión. Luego, sin embargo, cuando la tocó ofrecerse en directo, su espectáculo dejó mucho que desear en relación a su último paso por esta ciudad. Ni llegó con el mismo elenco ni, sobre todo, con el mismo sonido que en su actuación anterior. Se presentó arropada únicamente con un bajo, unos teclados que hacían de todo y una flauta de caña. Tras eso, un set de rítmica que agrupaba a un batería y un percusionista que nunca cambió de darbouka y que no añadió nada a lo que pudiera haber hecho un ritmo programado. Eso, junto a una exótica bailarina que, periódicamente, hacía su incursión en el escenario, fue todo el apoyo que la "reina del raï" traía tras de sí. Si le añades que el sonido no estuvo a la altura (es asombroso lo que pierde La Riviera si no hay un buen número de gente concentrada como público) te podrás hacer una idea de lo que resultó la primera parte del concierto. Aquello parecía más una fiesta callejera que un espectáculo en el que, además, la sala subió considerablemente el precio de sus consumiciones habida cuenta del "nivel" que teóricamente tenía el show y del hecho de que podías sentarte y tomarte las copas en vasos de vidrio. Afortunadamente, todo cambió tras un intermedio aderezado por un solo de "percusión y bailarina". Rimitti aprovechó el tiempo para cambiarse de ropa, quitarse las gafas negras y vestirse como de boda. Ese espacio de tiempo pareció ser aprovechado por los técnicos y, cuando todo volvió a andar, aquello ya tenía algo más de entidad, todo estaba más amarradito y, cuanto menos, podía escucharse el teclado al mismo nivel que la flauta. Llegaron entonces los mejores momentos de la noche, esas exhibiciones en las que se dan la mano la alegría del ritmo y la dureza de los textos, las alusiones a otras culturas y las evidencias propias del mundo en que vivimos. Rimitti, además, alargó considerablemente su espectáculo dejándose llevar, sabiendo cómo manejar a la gente en cada momento y ofreciendo lo que ésta estaba esperando. Fue cuando, como suele, agarró ese enorme pandero que siempre la acompaña, marcó a la banda el ritmo que quería y, tras dejar el instrumento en el suelo, comenzó la algarabía que puso la sala boca abajo. Aquello ya se parecía más a la Rimitti que esperábamos y, desde ahí hasta el final, satisfizo sobradamente las expectativas. No faltaría tampoco el recurso de la banderita argelina a sabiendas de que, entre el público, eran numerosos los compatriotas que se habían acercado a ver cantar a esta mujer que, pasados los setenta años, conserva intactas sus facultades. E.P.
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