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Platero y Tú La Riviera. 27 de octubre de 2001 Parecería lógico que el cuarteto bilbaíno se comprara un chalet en Madrid. No es solamente por las veces que bajan a esta ciudad y por el dinero que se ahorrarían en hoteles, sino por lo mucho que el público les quiere y por lo agradable que debe ser tener vecinos que te quieran tanto. Su actuación del día 27 no fue sino una declaración de amor de tres mil personas a una banda que ha conseguido hacer del rock'n'roll en castellano un género tan habitual como disfrutable. Desde hace tiempo se viene diciendo que Platero es el grupo vasco que mejor hace rock madrileño. Y es posible, ya que las cuatro esquinas de su música son plenamente identificativas de lo que el público de aquí ha buscado con interés y a lo que siempre ha respondido con entusiasmo. Estribillos ocurrentes, dos guitarras en duelo, letras cercanas y una falta de pretensiones evidente. Los Platero parecen los amigos del bar y, de hecho, son plenamente representativos del personaje si el amigo de tu bar sabe tocar la guitarra y hacerse unas coplas. Por eso no es extraño que un bolo de estos rockeros sea una sesión de karaoke a grito pelado. Apenas bastan dos acordes para que las guitarras de Fito o de "Uoho" se conviertan en disparaderos de tantas gargantas como hayan conseguido acumular en la sala en la que toquen. Da lo mismo que vengan dos veces en un año o que participen en todos los festivales posibles: la gente repite y se lo pasa como un niño cuando le compras un sobre de cromos. Puede que, a nivel creativo, y como decía Fito en el número pasado, Platero necesite un descanso. Su repertorio abunda en clasicazos que ocultan casi por completo el material más reciente, pero, con todo, difícil sería que, teniendo esa colección de canciones, uno hiciera caso omiso de ellas. Da la impresión de que, con el tiempo, el cuarteto va cogiendo formas de AC/DC y en sus próximos conciertos se conformará con ofrecer siempre lo mismo dando una tímida entrada a canciones más o menos nuevas. El hecho es tan válido como cualquier otro, pero no parece ser la idea fundamental que tienen los de Bilbao: ellos prefieren seguir haciendo buenos discos y poder introducir en sus conciertos canciones más actuales que rompan la dinámica que les está empezando a dibujar. Sea como sea, continúan siendo una máquina de baile. Cualquiera de sus piezas enseguida se convierte en un corear de saltos y en una alegría para los dueños de las barras, que se ven obligados a apurar a sus camareros para poder atender todas las demandas cerveceras. Representan al rock'n'roll en su faceta más lúdica y divertida y, en eso, son una de las mejores bandas del país. E.P.
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