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Paul Motian Conde Duque. 26 de octubre de 2001 Sí. De acuerdo. Decir que un concierto de Motian es sólido, consistente y seguro es algo totalmente admisible; incluso compartible. Pero eso es igualmente válido para un montón de artistas. De este batería siempre se ha destacado su riesgo, su gusto por la vanguardia y su saber estar en primera línea de fuego sin importarle contra quien combatía. Ahora, sin embargo, sus actuaciones son tremendamente diferentes, muy alejadas de aquella idea. Lo que realizó Motian en el Conde Duque podría darse por documentado con su reciente "Europe", un disco editado en un sello tan innovador como es Winter & Winter y firmado junto a su Electric Bebop Band, la formación que le acompaña actualmente. En él (y en el concierto) el batería se coloca en una situación de distancia volviendo a retomar (por enésima vez) piezas que, hace la tira de tiempo, marcaron la vanguardia del jazz. El caso es que eso ya no es vanguardia, sino historia. Y, como historia, es algo a lo que el oyente se afilia con normalidad, sin ningún impacto y sin sorpresas. Tocar hoy a Mingus, Monk o Charlie Parker no supone riesgo en absoluto y el hecho coincide con que en el programa de "emociona!!!JAZZ", en el que se encuadraba el concierto de Motian, estaba también incluida una revisión (y van...) de la obra de Miles Davis vista desde la óptica de Suso Saiz. La muestra planteaba ofrecer "desafíos sonoros para el siglo XXI" y ha resultado que, quienes en teoría iban a realizarlos, se han limitado a volver a mirar al pasado. Aclarado esto, ninguna pega se puede poner al concierto de la Electric Bebop Band: todo sonó perfecto, el repertorio fue la mar de agradable y en ningún momento el público pudo sentirse molesto si exceptuamos, quizás, los largos intervalos que la banda se tomaba entre pieza y pieza. La ejecución de los saxos (Pietro Tonolo y Chris Cheek) fue de un academicismo absoluto y los adornos del bajista Andres Christensen (aquél que da sentido al adjetivo "electric" de la banda) estuvieron siempre en una línea de accesibilidad que nadie pudo criticar. Lo malo (si puede considerarse así) fue el hecho de que un artista en teoría transgresivo haya llegado al techo de la domesticación. Su música sigue siendo deliciosa, pero ya no indica caminos a seguir porque lo que hace es, precisamente, seguir caminos ya marcados. No es una objeción: es un hecho. Ver a Motian en la actualidad es ver a un hombre legendario y lo mejor, en ese aspecto, es asumirlo y olvidarse de seguir alimentando la leyenda. E.P.
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