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Nick Cave 22 de abril de 2001. La Riviera No parece que los españoles vayamos a tener la suerte de cara cada vez que Nick Cave desembarca en este país. Cuando no es por una cosa es por otra y da la impresión de que su parroquia tendrá que conformarse con verle siempre con buen estilo pero lejos de su plenitud. Su último paso por Madrid, si ha de reflejarse indudablemente como su mejor actuación en España, adoleció en todo momento del sonido necesario para que las canciones de este hombre lleguen con plena intensidad, con la tensión que atesoran y con la pasión desbordada con la que fueron interpretadas. Cave, como sus maestros, es un fenómeno a la hora de manejar los tiempos, los suspenses, el arreglo misterioso y el ambiente de expectación. Y eso luce con todo su vigor cuando, al alcanzar el crescendo, rompe absolutamente con lo previo, explota en un desgarro sonoro y asusta con un clímax de lo más épico. Para que todo eso se concrete es necesario que el sonido apoye, que los matices aparezcan claramente y que, a la hora de la explosión, cada uno lo sienta a flor de piel. En La Riviera el sonido estuvo pobre; muy matizado y agradable, pero pobre. Y fue una lástima porque, al menos en la primera parte del set, Nick Cave y los suyos estuvieron plenamente metidos en el papel, derrochando una expresividad que enriquece las canciones de este hombre y que consigue que el público acceda a su universo con una facilidad pasmosa. Si bien su concierto abundó en los temas de su último álbum, estas piezas sirvieron para dejar clara la personalidad de su autor. Cave no es un mindundi que deslice sus canciones entre naderías musicales y, del mismo modo, no es un amargado empeñado en contarnos sus penas. Su mundo gira en torno a obsesiones y la mejor manera de expresarlas es creando el clima adecuado. Con una banda numerosa ajusta sonidos, arreglos, campanitas y pianos que sirven sus piezas perfectamente aderezadas para que él comience a recitar, continúe cantando y termine desbocándose a voz en grito llegando al paroxismo que sus letras demandan. Esta vez sí, Cave se confirmó aquí como el buen frontman que es, pero, ¡lástima!, faltó ese ajuste sonoro que consiguiera ponernos el vello de punta o dejarnos con la boca abierta. E.P.
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