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Los Enemigos Arena. 21 de febrero de 2001 La historia del rock madrileño, como todas, no se construye día a día. Siempre hay hitos o situaciones que hacen de mojón a partir del cual se miden las cosas, ya sea hacia delante ohacia atrás. Si es aceptable la idea de que las cosas no ocurren de un día para otro y que todo lo que sale a flote ha estado tiempo sumergido, no es menos cierto que lo que queda para el futuro son siempre referentes que suceden una vez y que desencadenan, por lo que sea, consecuencias inesperadas. Particularmente, no tengo ninguna duda de que la última producción de Los Enemigos es uno de esos mojones que quedarán en la historia musical de esta ciudad. Se da la circunstancia de que alrededor de la banda ha surgido un excelente álbum en directo que resume su carrera, una biografía que narra con pelos y señales cómo ha respirado Madrid en las dos últimas décadas y un momento de gracia en el que el grupo se muestra, en el escenario, como una máquina perfectamente engrasada que supera de largo el amplio bagaje que ya tiene tras de sí. El concierto que Los Enemigos ofrecieron en Arena para presentar disco y libro fue, simple y llanamente, magnífico, extraído de lo mejor que pueden dar y con un sonido pulido y preciosista que rara vez se ha concretado con tanto acierto. Es innegable que el espectáculo estaba regido por todas las líneas habituales que adornan este tipo de eventos: las invitaciones que se obtenían con la compra del álbum en premio a la fidelidad de alta velocidad, un invitado famosete (Julián Hernández) para compartir el escenario en un momento dado, colección de grandes éxitos con respuesta segura de la audiencia, muestrario de caras conocidas presentes a fin de demostrar su admiración por la banda... lo que quieras. Todo eso no puede empañar el hecho de que el grupo hiciera un conciertazo en toda regla. Además, el hecho es más valorable por cuanto las presentaciones sin entradas a la venta suelen derivar siempre en una prueba primeriza del material a presentar. Aquí, como dicho material era la vida completa del grupo, desaparecían por completo las incongruencias o desfases que pueden generarse en una "presentación" al uso. Puede que, hasta ahora, Los Enemigos hayan mostrado una forma tan personal de hacer las cosas que difícilmente puede ser apreciada por quien no tiene personalidad en su criterio. La única baza segura para combatir ese hecho es la constancia y la mejora, algo que el grupo madrileño ha estandarizado como su forma de evolución. Si el cielo es bueno, ese tipo de artistas terminan, tarde o temprano, dando el salto hacia un público mayoritario que, de repente, se piensa que está ante unos primerizos cuando lo que realmente está escuchando es un pedazo de historia. Viendo a Josele, Manolo y Chema en el momento actual (la plaza de Fino fue ocupada por un miembro de Los Marañones debido a la enfermedad que aqueja actualmente al bajista), uno no puede por más que rendirse a la evidencia: el zurrón de piezas que esta gente ha ido elaborando a lo largo de quince años cuenta ya con joyas incontestables y, cuando se juntan todas bien presentaditas, el resultado es excelente. En Arena sólo se echaba de menos que Josele vocalizara sus textos para que quienes no los conocieran pudieran apreciarlos en toda su intensidad, pero el compositor principal de los Enemigos tenía muy claro que, si algún día eso no hacía falta, era precisamente éste: la gente se sabía todas las canciones y las disfrutaba igual aunque sonarsen a arameo. E.P.
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