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Kenny Garrett

San Juan Evangelista. 8 de noviembre de 2001

Celebraba el Club de Música y Jazz del Colegio Mayor San Juan Evangelista el cumplir treinta años organizando actividades musicales. Es un cumpleaños para disfrutar, sin duda. Gracias al "Johnny", enormes figuras de todo tipo de estilos han encontrado en su salón de actos el mejor acomodo para su oferta expresiva y han conseguido que el recinto ejerza mucho más como club que como teatro. Para celebrar el evento tal y como éste se merece nada mejor que organizar un ciclo de conciertos con músicos de altura; nada especial, ya que es lo que el Club ha estado haciendo desde que nació, pero estupenda excusa para montar otro ciclo con artistas de gran nivel que difícilmente podrían tocar hoy en día en otro lugar de Madrid. Como muestra, el fantástico Kenny Garrett, encargado de abrir el programa.

Garrett es, sin duda, uno de los fenómenos sueltos que anda por el jazz actual sin obtener, masivamente, el reconocimiento que merece. Cualquier aficionado al género le tiene como uno de sus favoritos, pero, más allá, apenas sí ha trascendido hacia otro tipo de público. Y es una pena porque éste es de los artistas que, tocando delante de una estatua de la isla de Pascua, es capaz de ponerla a bailar.

No puede negarse que Garrett es un monstruo parido por el bebop, pero, del mismo modo, se puede señalar que, al ser un hijo tardío, de ésos que nacen de penalty, se alejó lo suficiente de su herencia como para aceptar en su música todo aquello que entró en el jazz con posterioridad. De hecho, no sólo lo aceptó, sino que se convirtió en uno de sus mejores lectores y siempre supo dar su punto de vista. A estas alturas, Garrett ya no está en el postbop; su música se entrelaza con los ritmos urbanos que, en el fondo, han surgido en los mismos sitios pero con treinta años de diferencia. El funk, el hip hop, y hasta cierto toque smooth, aparecen con facilidad en su discurso aunque, del mismo modo, en su obra siempre quede hueco para desperezar a la fiera que lleva dentro.

Su concierto en el Johnny no fue nada vulgar. De hecho, es como si hubiera ofrecido dos diferentes. Un primer pase en el que se presentó como acertadísimo improvisador y como aglutinante de diferentes ritmos y tendencias y otro, en forma de bises, en el que puso la temperatura tan alta que las gargantas empezaron a secarse. Encima del escenario, Garrett no cambió ni de postura; se limitó a dar una lección poniendo en ella lo que mejor sabe poner: la vida. Daba lo mismo que se enfrascara en un largo discurso que recogería, diez minutos después, la melodía inicial o que se acercara al teclado para poner en marcha sonidos atmosféricos que servían de base al protagonismo de sus acompañantes. El caso es que, cuando rugía con el saxo, era sumamente difícil no quedarse empapado de él. No era necesario ni buscar el virtuosismo ininteligible ni el recurso facilón: bastaba con dejar hacer y escuchar; pronto notabas que la música iba entrando en tu cuerpo como si fuera una enfermedad contagiosa.

No había mejor manera de empezar la celebración.

E.P.

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