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John Scofield Trio

Teatro de la Casa de Campo. 10 de octubre

Madrid tiene estas cosas. Al lado del espacio que antaño ocupara el famoso rockódromo hoy el Ayuntamiento ha levantado un coqueto teatro que, probablemente, dentro de poco sirva para ser alquilado a empresas informáticas a fin de que hagan allí sus presentaciones comerciales. Del mismo modo, donde antes había un Festival de jazz ahora hay una muestra mucho más limitada que, según la primera teniente de alcalde de Madrid, "defiende la formación de personas con ideales de justicia y solidaridad, pues ésa, en realidad, debe ser la finalidad de cualquiera de los proyectos que desde este Ayuntamiento se realicen". Se la ha dado en llamar "emociona!!!JAZZ", pero no porque lo patrocine dicha marca (por lo menos, no paga), sino porque se encuadra dentro de una especie de ciclo que, periódicamente, aparece con proyectos del tipo "emociona!!!MUJER" o "emociona!!!MADRID".

Sea como sea, resulta que, como grata sorpresa, Madrid se ha encontrado con una programación de siete conciertos en los que se trata de abordar las corrientes del jazz más contemporáneo y experimental acompañados de una muestra fotográfica y cinematográfica así como con un par de tertulias para los literatos. Punto fuerte de dicha programación era la presencia del siempre bienvenido (ya podía venir más) John Scofield, quien, en esta ocasión, se presentaba en formato de trío. Lo mejor es que (siguiendo las pautas del personaje) no se trataba de un trío cualquiera, sino de una banda en toda regla en la que cualquiera de sus componentes justificaría por sí solo la excursión a la Casa de Campo. Steve Swallow es un bajista como no hay dos y uno de esos artistas que pone de manifiesto cada día que, cuando hay imaginación en la cabeza, no hay instrumento que pueda considerarse como limitado. Detrás de Scofield y de Swallow dejaba ver la cabeza, por encima de su batería, un joven Bill Stewart que se consagra cada año como uno de los mejores de la joven escena jazzística. Ese era el cartel: tres nombres lo suficientemente relevantes para que la primera vez que se usaba el teatro para una actividad de este tipo ya se quedara pequeño.

Y es que (vamos a admitirlo desde ya mismo) conciertos de este lujo están desapareciendo de Madrid. Puede que, a nivel de nombre y de trascendencia, aún tengamos alguno al cabo del año, pero, con este resultado, se pueden contar con los dedos de media mano. Sería fácil hablar de espectacularidad, virtuosismo, genialidad y todos esos términos que tanto se dan en el ambiente del jazz, pero habría que reconocer que, en esta ocasión, hasta serían válidos. Todos ellos.

Scofield es a la guitarra moderna lo mismo que Metheny o Frisell, uno de esos personajes que la amplia en campo cada vez que le da por tocar. No es que haga jazz: es que su música tiene tanto jazz como blues y tanto rock como pop. Este calvete no es de los que teje un repertorio para, en cada pieza, demostrar que sabe tocar de todo. Al contrario: toca de todo y, a partir de ahí, salen las piezas. Scofield es de los guitarristas que tiene estilo y no es, precisamente, el estilo revientamástiles que tanto agradecen los amantes del rock, sino ése que extrae a la guitarra todo aquello que ésta puede aportar. Incluso aunque ella no lo supiera.

Bastan tres acordes cuando se sabe improvisar sobre ellos, dos posturas si cuadran bien en el momento y una rítmica si se tiene concepto de unidad. Scofield juguetea con ello, pasándose los clásicos por el forro de los pantalones y partiendo de Miles o de Parker para acabar en territorio propio. Por eso se le ubica en el jazz, porque no es de los de guión aprendido y posturas manieristas; Scofield es de los que crea cada vez que se tira encima de su guitarra.

Pero no sería justo decir que este hombre lo puso todo en su concierto madrileño. Para poder hacer ciertas cosas o se tienen siete manos o se junta uno con talantes de su nivel. Swallow utiliza el bajo como si fuera un piano: con un lenguaje de diseño y unas melodías que permiten utilizar al guitarrista el recurso del contrapunto o el coro allá donde éste lo tenga pensado. Stewart, por su parte, evita conscientemente al batería reservón que ejerce de mero metrónomo sudoroso rodeado de caros tambores y multitud de micrófonos. El es de quienes da sentido a este instrumento y le concede el título de tal: en un combo como éste, cualquiera lleva el ritmo porque los tres tocan en ritmo y el batería es un ente autónomo que también crea melodía cuando la música lo pide.

Ya sea en torno al medio tiempo o desparramándose sobre las seis cuerdas, Scofield dirige a la orquesta con el mejor de los criterios. Y ese criterio no es otro que llevar a la música allá donde su cabeza le indica. Nada es previsible y todo es sorprendente. Donde algunos necesitan tocar con la boca o hacer equilibrios de circo, este personaje genera ritmos cruzados, fraseos de recuerdo, distorsiones de salvaje o caricias de terciopelo. Y todo ello, sin perder el rumbo vital que hace que una pieza musical sea eso y no un amasijo de ruido y efectos tan típicos dentro de la guitarra contemporánea.

Huelga señalar, tras lo dicho, que quienes llenaron el teatro asistieron a uno de esos conciertos que en pocas ocasiones se ven, de los que hacen redescubrir la música y generan pensamientos al salir del local. Terreno fluido y denso es éste en el que tres músicos son capaces de dar sopas con onda a toda una pléyade de inventos creados para hacer música. Por momentos, a uno le daba la impresión de que si a estos tres se les hubieran dado piedras habrían sido capaces de hacerlas suyas, proporcionarlas un lenguaje y generar música.

E.P.

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