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Jazz en la Costa. Julio 2001

Al por mayor

El pianista gaditano Chano Domínguez clausuró el 21 de julio la decimocuarta edición del Festival Jazz en la Costa que se realizó en la localidad granadina de Almuñécar. Este festival es ya todo un clásico del verano andaluz y fue visitado por cerca de 30.000 personas que abarrotaron diariamente el parque botánico del Majuelo. Allí, rodeados de palmeras reales y bajo el castillo de San Cristóbal, actuaron durante toda una semana diversos artistas venidos en su mayor parte de los Estados Unidos, con un programa en el que primó la presencia femenina. Los míticos Jazz Crusaders fueron los encargados de inaugurar la muestra sexitana el viernes 13 de julio.

La legendaria banda de jazz rock fue la más brillante apertura que se podía buscar, ya que su música es deslumbrante por la calidad de su ejecución, puro CD sound desde la era del vinilo. Los amigos del jazz de fusión, con el rock, el funk, la música disco y cualquier otro fundente fueron felices. Los demás no tanto, y disfrutaron más con la calidez soulera de la cantante Vanessa Rubin, difícil de encajar en el poderío eléctrico de estos cruzados que tocaron por primera vez en España con los Rolling en Barcelona (inaugurando la era funk de los británicos) pero necesaria para recrear el inmortal "Street life" con el que terminaron.

Pero para bulla la que organizó Lucky Peterson. De entrada regaló a los presentes en sus pruebas un miniconcierto de más de una hora y, con cinco mil personas, se tiró a la piscina del rhythm'n'blues y el blues rock más quedón. Y lo de tirarse es literal: se fue tocando por todo el recinto poniendo a prueba la distancia que alcanzaba su emisor inalámbrico. Más marrullero que en sus discos (y mucho más que el fino estilista de sesión) dedicó su concierto a arrancar riffs a su guitarra emulando a Hendrix mientras dejaba el trabajo fino al virtuoso Rico McFarland. Perfecta la banda, especialmente los metales (este señor suele grabar con los Memphis Horns, por lo que de pitos entiende), Lucky se metió al personal en la funda de la guitarra con su espectacularidad, quedándose a un centímetro del circo pero sin confundir un show de blues con una sesión de la familia Aragón.

El "joven león" Antonio Hart nos llegó embarrado del todo. Del elegante niño prodigio trajeado y modesto no queda nada: pelo rasta, look buen rollito de luxe y mucho más Coltrane que hard bop. Sin duda que su conversión al budismo tiene la culpa de que su concierto, salvo un par de piezas, estuviera afectado de una rara espiritualidad, con cantos corales en plan "A love supreme". Afortunadamente su conversión no ha afectado a su habilidad con las válvulas, que se mantiene portentosa.

The Missing Stompers trajeron buen humor al festival. La banda de dixie ha encontrado una buena veta entre la música de Nueva Orleans, marchas, himnos, rags, blues... y los gags humorísticos. Con ellos estuvo haciendo un par de números en el más genuino estilo cabaretero la cantante Teresa Luján. A los niños les encantó y a sus padres también.

La bellísima Nnena Freelon cambio rotundamente de tercio. Su voz áspera y comunicativa supo enganchar el oído y el gusto del oyente aunque para ello tuviese que echar mano de piezas de puro pop, incluso versioneando a Gloria Gaynor con dudoso resultado. Es un ejemplo de las vocalistas todoterreno norteamericanas echadas al fango comercial y candidatas a la banda sonora de "Guardaespaldas II (el regreso)".

Todo lo contrario de la purísima Joyce, representante viva de los mejores tiempos de la bossa nova. Joyce ofreció en Almuñécar el único de los conciertos en gira previstos en el territorio español y atrajo a numeroso público de fuera de la comunidad. Entonación fresca, afinación perfecta y una compenetración absoluta con su saxofonista, que la doblaba, suplementaba o coreaba en un continuo diálogo con Vinicius de Moraes como elemento común de discusión, monumental autor que, según ella, "le había enseñado a disfrutar de la vida" (no comment).

Y si Vinicius es un santo en el altar de Joyce, Jobim lo es para Eliane Elías. A pesar de su aspecto de tragahombres de cine negro y su exhibicionismo carnal (véanse sus discos con fotos dignas de un calendario de taller), la brasileña de "Calle 54" crea, ante las teclas, un mundo de ternura, sensualidad y elegancia. Su concierto tuvo el hilo conductor de la samba y en él hay que destacar la brillante presencia del bajista Marc Johnson, una delicia de músico y el primero de tres contrabajistas que llegarían en serie, Michael Arnolp y Javier Colina, que en registros melódicos rehabilitarían el ingrato puesto del bajista mucho más allá de la sección de ritmo.

Con Patricia Barber llegó la contemporaneidad. La irascible cantante estableció un juego de rupturas que la pusieron a las puertas de las vanguardias repetitivas. Una voz absolutamente cool (en el sentido jazzístico del término) fue la seña de identidad de un trío completamente libre (que no libertario) empeñado en reconstruir las piezas según un concepto abstracto absolutamente subyugante. Para los gustosos de los deportes sonoros de riesgo sin red fue el mejor concierto del festival.

Festival que liquidó Chano Domínguez con su sexteto ante cuatro mil personas absolutamente entregadas con el gaditano, quien cada día, más conciso en su discurso pianistíco, necesita menos palabras para expresar más ideas (¿Monk versus Evans?). Enorme Colina (como siempre), y gracioso Tomasito (sí, Tomasito, el niño-rapero jerezano). En tierra flamenca, lo de Chano fue como ganar en casa por goleada.

Por aquello de renovarse o morir, la edición 2002 de este festival traerá bastantes novedades: la edición de un disco aniversario con grabaciones de los mejores momentos del festival, la inauguración de una avenida a nombre de Tete Montoliú (cada año dedicarán una calle a un músico de jazz español), el segundo ciclo de Cursos Universitarios de iniciación al jazz y el hermanamiento con el Festival Plaza de la Habana.

Juan Jesús García

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