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Geri Allen

San Juan Evangelista. 24 de marzo de 2001

Simple y llanamente: fantástico. Todo lo que has podido escuchar sobre el arte, la capacidad y la técnica de esta mujer es solamente un amago de lo que te puedes encontrar cuando la escuchas en directo. Hace tiempo que Geri Allen se ha ganado un considerable prestigio, máxime si tenemos en cuenta que, aunque las hay, no son muchas las pianistas que consiguen dar el salto de gracia dentro del mundo del jazz. La Allen lo ha hecho y no se ha quedado ahí: ha dejado, en muy poco tiempo, una impronta que la convierte en una verdadera esperanza de cara a su futuro dado que, a estas alturas, solamente puede mejorar. Cuenta con cuarenta y cuatro años, ha tocado con la flor y nata de los músicos en los géneros más diversos y ha mantenido una carrera intachable creciendo cada año. Está en su momento.

Y así fue como se la pudo disfrutar en Madrid el pasado 24 de marzo: en su momento. Se presentó en el que ahora es su habitual formato de trío, junto a los hermanos Johnson (Billy al bajo y Mark a la batería), y dejó anonadado a un público que llenaba hasta la bandera el recinto. Lo mejor de todo es que ninguno de los tres tuvo que hacer nada fuera de tono o recurrir al guiño populachero: les bastó con tocar jazz de un calibre de los gordos.

La Allen tiene en su dinámica ciertas ventajas que no son habituales en los pianistas. Por un lado, asume el formato pequeño con un criterio muy formado de lo que es el trío. De ese modo, ni se queda corta ni se ofrece como el punto de foco, y lo bueno es que lo consigue sin dejar de hacer elegantes exhibiciones propias de un tren de alta velocidad. Por otro, esta mujer acumula entre sus virtudes una frialdad suntuosa que no afecta en absoluto para que suelte en sus piezas un verdadero derroche de swing. Lo hace todo insultantemente fácil para mirarlo: es mejor escucharlo y dejarte llevar.

El trío, además, no evidenció carencias en ninguno de sus apoyos. Tanto Billy como Mark estuvieron acertadísimos cuando les tocó coger su protagonismo y adecuaron, en sus evoluciones, una limpieza impoluta y una solvencia ampliamente comprobable. Estuvieron magníficos y eso es todo lo que necesita la Allen para sacar lo mejor de sí.

Da lo mismo, en esta pianista, que se acerque a piezas sutiles o que arrample con su querido bop. El caso es que todo lo acaba retorciendo buscando allá donde parece que no se llega y volviendo con la naturalidad del vencedor. Hay pasajes en los que parece que va a quedarse colgada en un momento de éxtasis y, cuando la miras, allí está ella, como si tal cosa, recorriendo el teclado de su piano con una lucidez imponente.

Evidentemente, la Allen está en su momento. Y ojalá la dure.

E.P.

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