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El Galapajazz del 2001 subió enteros entre los festivales nacionales de jazz. Julio 2001

Cuando George Clinton aterriza... los demás vuelan

Que Madrid está descuidando el terreno cultural es algo más que evidente. Nuestros gestores podrán decir que no hay dinero o que hay túneles más importantes que hacer, pero, sea por lo que sea, una ciudad que otrora fue un emblema cultural ineludible para casi todos los europeos se ha quedado convertida en un solar sin salas, sin programación y sin ningún tipo de ayuda institucional. Afortunadamente, no todas las ciudades son así y, por lo que se ve, cuentan con gestores que ponen la cultura en un lugar bastante alto dentro de su jerarquía de valores.

El año pasado hablábamos de San Javier (Murcia) y de su amplia programación de teatro y música. Este no nos hemos tenido que ir tan lejos por cuanto, en nuestra misma comunidad, también hay ayuntamientos con gente competente y dedicada a preparar, durante todo el año, una programación de altura con unos precios asequibles. Cualquiera (que viva en Madrid) se queda perplejo ante el hecho de que Branford Marsalis y Maceo Parker toquen en el Festival de Jazz de Galapagar por 2.500 pesetas. ¡Juntos! ¡El mismo día! En lo que se llama la capital, y dentro del programa de "Los Veranos de la Villa", tocan separados y a un precio casi prohibitivo: la mitad por el doble.

El caso de Galapagar no es un hecho aislado: numerosos ayuntamientos cumplen con su trabajo y entienden que la música es elemento fundamental a la hora de propagar cultura y conocimiento. No es necesario hacer dispendios, contratar a ejecutivos agresivos que luego salgan en la prensa y en la televisión ni recurrir a artistas populares de quince días con nulo bagaje artístico. Maceo Parker cobró en Galapagar 5.000 dólares menos que en Madrid (casi un millón de pesetas) y eso pasa por hacer una gestión de contratación buena... o mala.

El "Galapajazz" es sólo uno de los acontecimientos musicales que se ofecen en esta localidad madrileña. Durante todo el año su ayuntamiento programa actuaciones de todo tipo ofreciendo un programa equilibrado y consistente. Eso, junto con una política de precios populares, está consiguiendo que muchos vecinos miren a estas actividades como un ocio asequible que les anima a salir de casa y, al mismo tiempo, a enriquecer su bagaje mucho más de lo que puede conseguirse viendo "Mamma mía" en Telemadrid.

Al responder el público, la programación sube de nivel y cada año mejora la oferta. Es la manera lógica de trabajar cuando se manejan fondos públicos: si se hace un teatro es para que la gente vaya y si se programan actuaciones han de promocionarse lo suficiente como para que el público alcance interés.

El festival de jazz de este año era ya de primera línea, muy lejos de las primeras ediciones en las que lo más importante era crear una dinámica y un público para una música que no obtiene demasiado eco en los medios de comunicación masivos. Madrid tuvo en su día un festival de jazz que, curiosamente, ejerció el viaje de modo inverso: sus primeras ediciones llenaban el Palacio de Deportes con las mejores figuras del panorama mientras las últimas terminaron celebrándose en salas, sin programación continuada y con un programa menor a unos precios irracionales. Que un personaje como George Clinton actúe en Galapagar y no pase por Madrid es mejor indicativo de la situación de la villa que cualquier encuesta encargada. En San Javier tenían programado a Van Morrison, en Almuñécar a Nnenna Freelon y a Patricia Barber, en Vitoria a Wynton Marsalis... Ninguno de ellos pasó tampoco por Madrid en su periplo español. Todos estos festivales contaron con ayudas institucionales y con patrocinadores privados; Madrid se quedó sin lo primero y, por tanto, sin lo segundo.

Once son los conciertos que compusieron el "Galapajazz" en su edición del 2001. Se agruparon en seis días a dos conciertos cada uno excepto el viernes día 6. Ese día tocaba George Clinton y este personaje nunca garantiza el final de sus actuaciones. Era mejor dejarle solo: nadie tiene su carisma para tocar delante ni la calidad suficiente como para hacerlo después. Entre las actuaciones había tres ofertas españolas y los precios oscilaban entre las 1.500 pesetas de los tres primeros días y las 2.500 de los tres últimos. También podías sacarte un abono para todos los conciertos por 9.000 pesetas. El recinto que albergó el festival fue el velódromo de la localidad, al aire libre y sin ningún tipo de horario para su cierre: si un músico quiere tocar y la gente está encantada por escucharle resulta de paletos que una ordenanza dicte la hora final del evento. Si lo que se pretende es no molestar a los vecinos lo acorde es elegir el sitio adecuado y exponer el volumen de manera racional: quienes han ido al concierto son los que están dentro, no los vecinos de las casas cercanas.

Este año el "Galapajazz" ha incluido un nuevo servicio en aras de seguir creciendo: una vez finalizados los conciertos, autocares interurbanos devolvían a Madrid a quienes no dispusieran de vehículo y que hubieran asistido al evento desde la capital. La situación, envidiable, se tornaba patética cuando, al llegar a Madrid, te encontrabas el Metro cerrado y tenías que esperar al próximo búho para enganchar con un segundo y volver a tu casa. Igual es que en Madrid no hay gente que salga de noche, sobre todo en los fines de semana.

El velódromo de Galapagar es un sitio coquetón, bien aderezado para la realización de conciertos y con buenas infraestructuras de acceso y servicios. El público queda instalado en el óvalo interior de la pista, si bien, cuando es numeroso, más de uno y más de dos prefieren colocarse en la misma u ocupar las dos filas de gradas situadas en los laterales. Abajo, un escenario sin abalorios y un equipo de sonido excelente manejado por gente que sabía equilibrar la potencia, la nitidez y el volumen. El chiringuito de merchandising, el puesto de bebidas y otro más dedicado al tema de los bocadillos flanqueaban las redondas esquinas y, más o menos en el centro, se ubicaba la mesa de luces y sonido. En los conciertos tranquilos el óvalo se llenaba con sillas plegables a fin de que la gente escuchara cómodamente, pero, en los más animados, éstas se eliminaban permitiendo mayor aforo y un disfrute de baile que el personal aprovechaba.

El festival fue abierto por las propuestas vanguardistas de Joan Valent y Dave Douglas, quien se presentó en compañía del pianista Uri Caine: aires sinuosos para engrasar el motor. El segundo día traía consigo a los Jazz Crusaders, nombre de filigrana dentro de la música de fusión que ha decaído considerablemente en su cartel. Sólo quedan Wilton Felder y Wayne Henderson de la formación que aglutinara éxitos y su proyección actual anda hipotecada entre el público maduro más fiel y la contratación en festivales. Podía parecer poca cosa (aunque no lo era por 1.500 pesetas), por lo que la organización colocó para abrir la fiesta a Red House, grupo sólido donde los haya y una garantía de directo como pocas se pueden encontrar actualmente en Madrid. La banda liderada por Jeff Espinoza y Paco Simón se va engrandeciendo día a día. "Hold on!!", su último álbum, les ha colocado ya en el punto de mira de numerosos aficionados y su respuesta encima del escenario no decepciona en absoluto. Se llevaron el concierto de calle y empezaron a meter revoluciones dentro del festival.

La tercera sesión era la del sibarita, la del público escuchador y hambriento de música densa. El cartel lo lideraba nada menos que Gateway (John Abercrombie, Dave Holland y Jack DeJohnette), banda ocasional de superestrellas que graba y toca sólo cuando la conexión entre los tres maestros que la componen encuentra el hallazgo estético. Sus apariciones son contadas y verlos en España algo menos que una entelequia. En Galapagar dieron gusto al público después de que José Luis Gutierrez, otro francotirador, empezara su actuación poco antes de que cayera el sol.

Hasta el momento el público había respondido con prontitud y en cantidad, por lo que, a partir de este momento, el éxito estaba completamente asegurado. Quedaban por delante las noches festivas y las piezas más espectaculares: George Clinton, Branford Marsalis, Maceo Parker, Lucky Peterson y Steve Coleman. Un cartelazo de lujo para un resultado que, finalmente, también fue de lujo.

Lo de George Clinton no tiene nombre. O los tiene todos. Me preguntaba un amigo antes de ir al concierto: "¿George Clinton es jazz?". Ni me lo planteo. Yo soy de quienes aceptan, por asunción, que los festivales de jazz son eventos de música negra (aunque aparezcan blancos) y los de rock de música blanca (aunque aparezcan negros). Entiendo con naturalidad que el soul, el blues o el funk aparezcan en un festival de jazz igual que me parece lógico que el techno, el trance y el pop aparezcan en un festival de rock.

Además, ¿hay algún sitio en el que Clinton pueda aparecer descolocado? Alguien señalará que en todos los sitios, pero, después de asistir a una de sus actuaciones (o lo que sea), siempre salta la duda de si era el festival el que no estaba descolocado. A Clinton se le considera el padre del funk, pero es mucho más que eso. Su figura es de las que reivindica la música como comunión, como fiesta continua, como expresión de personalidad y, al mismo tiempo, como centro de actividad vital. Con ésas, no se presenta ante el público como un músico con banda, sino como gurú ceremonioso de una orgía desmadrada en la que cada uno de los que pasen por el escenario tiene como obligación ineludible pasárselo como un cerdo. Cuatro guitarristas, bajista, batería, percusión, tres teclistas, trompeta, dos saxos, siete vocalistas, tres rappers y, como pieza fundamental del engranaje, un individuo nacido de lo anodino y amamantado con todas las tetas de la música negra. Clinton es el fundador de Parliament, Funkadelic y los P-Funk All Stars, algo dentro del funk como sería, en el terreno del pop, quien hubiera formado y dirigido a Beatles, Elvis y Rolling Stones. Si alguien no quiere utilizar la palabra funk usa Clinton. Nada que ver, para los más despistados, con el otro Clinton (Bill), dedicado a actividades mucho más terrenales y vacuas.

Y es que este personaje representa, sólo con su presencia, todo lo que es un estilo y una forma de ver la vida. Un espectáculo suyo pasa por un principio, pero no por un final. Los músicos entran y salen del escenario cuando quieren y como quieren, se alternan instrumentos, cantan y bailan según les pide el cuerpo y evidencian su particular forma de pensar con una estética que marca estilo y diferencias. Así puedes ver a un guitarrista con un quiqui de trenzas rastas en la cabeza y con nada más que una toalla de hotel atada con forma de pañal a su cuerpo, a un individuo con un impermeable de veinte duros y con una carencia casi absoluta de dentadura pegando saltos, a una negra impresionante sacada directamente del coro de las voces búlgaras o a un bajista con sombrero y bermudas. No son más que elementos de un concepto mucho más amplio en el que cualquier tipo de etiqueta o barrera carece de sentido. A través de más de tres horas (se despidieron sintiendo que, al día siguiente, tenían que coger un avión a las siete de la mañana) sonaron gargantas de soul en claro y oscuro, guitarras tan rockeras como heavies, vientos desaforados que parecían querer tirar la casa de ladrillo de los tres cerditos, una base rítmica de tanto empaque como la sexta flota y un punto de mira caleidoscópico embutido en una túnica de Merlín que culminaba en pelos multicolores y en una conexión directa y eléctrica con el público.

El respetable, obviamente, quedó prendado desde el mismo momento en que aquello dio comienzo. Abrieron su boca con las tres piezas de introducción que aglutinaron voces en todas las escalas y escucharon una traca funky de bienvenida que dejó sentado el hecho de que allí no iba a ocurrir nada que se pudiera tachar como "habitual". Un poco más tarde, cuando el ser encapuchado apareció en escena, las bocas ya no pudieron cerrarse: sólo habían sido veinte minutos de concierto y la temperatura del velódromo había subido en diez grados. En las dos horas siguientes aquello se convirtió en el infierno más lúdico que uno pueda imaginar y no faltaron torsos desnudos, actividades lujuriosas con público alzado hasta el escenario o música pecaminosa que sería prohibida (y lo es) en cualquiera de nuestras emisoras convencionales.

Como se aventuraba, el ser que atiende por George Clinton desembarcó en Galapagar para que aquella ciudad no volviera a ser la misma. Nadie puede ser el mismo después de haber visto aquello.

Aún quedaban dos días de festival y parecía improbable que el nivel alcanzara ya lo que nuestro termómetro particular había llegado a marcar. Sin embargo, el velódromo colgó el cartel de "no hay billetes" justo al día siguiente, cuando estaban programados dos saxos de enorme altura y de estilo bien diferente. Puede que, a nivel de estética Branford Marsalis esté a un punto superior que Maceo Parker, pero es innegable que éste se ha consolidado en España como otro de los emblemas del funk actual. Las ventas de su último "Dial. Maceo" han sido buenísimas, el disco continúa colocando copias y su última visita a nuestro país se saldó con llenazos allá donde se presentó. Curiosamente, en España es más conocido Maceo Parker que George Clinton y eso, a la hora de convocar gente, se nota.

Marsalis tuvo en su contra que la gente quería marcha, sudor y baile. Y lo suyo no es eso. Lo de este extraordinario saxofonista pasa más por el juego de elementos formales y por la sumisión del ritmo ante la concreción global de su música. No es, por tanto, un solista al uso, sino un nexo de unión en un cuarteto de una altura estupenda. Tanto él como el pianista Joey Calderazzo ofrecieron un magnífico ejemplo de cómo puede surgir la música a partir de la comprensión. El lenguaje de Marsalis entra en el terreno postbop que encontró buen acomodo a principios de los noventa, pero no descarta un amplísimo aire de novedad en el que, en cualquier momento, puede surgir un poco de todo. Calderazzo argumenta como si fuera una enciclopedia, utilizando desde sutiles elementos de ragtime hasta formas de vanguardia que hacen brillar su mano izquierda. Todo sustenta con naturalidad la limpieza sutil del saxo o los dibujos de segunda línea del bajista Eric Revis. La actuación fue deliciosa, aunque no consiguió que el público terminara conectando plenamente habida cuenta de que muchos (demasiados) entendieron su set como el de un telonero y no como el de un músico consolidado y sorprendente como es Marsalis.

Maceo Parker, por su parte, tenía ya el territorio conquistado y... abusó de ello. Si bien sus conciertos son largos y dan para todo, lo cierto es que, en esta ocasión, se mostró mucho más relajado que en sus anteriores visitas. Quizás le contagió el dúo que se marcó junto a Marsalis mientras éste era dueño del escenario, pero, sea por lo que sea, su primera hora sobre las tablas dio un espacio preeminente a sus músicos, dejó terreno para solos larguísimos y lentos y apenas aceleró su saxo tal y como se esperaba. Cuando lo hacía, además, repetía frases sin final jugueteando con el volumen y con la respuesta del público.

Todo se animó cuando cualquier otro habría entrado en la recta final. Parker y los suyos estuvieron aún otra hora tocando, por lo que decidieron subir el pistón, moverse y dejar que los vientos sonaran tal y como fueron concebidos. Empezó la conexión y los mejores momentos del show. Sus vocalistas se fueron relevando y cada uno de ellos ejerció de maestro de ceremonias dando al público lo que éste quería: funk, soul, sudor, calor... El asunto retomó su línea más acertada y tanto Maceo como su gente salieron de nuevo triunfadores del evento. A estas alturas de festival uno se había acostumbrado a irse del recinto con el corazón en taquicardia y este personal saxofonista colaboró a que la rutina no se rompiera.

El día final tenía una sorpresa para muchos. Rudy Calzado, anunciado en los carteles, había suspendido su gira europea y, por tanto, tampoco aterrizó en Galapagar. La mala noticia se vio compensada con la inclusión en el programa de Steve Coleman y sus Five Elements. Quizás alguien lloró, pero, particularmente, creo que el festival salió ganando de largo.

Coleman es, ante todo, un músico innovador, fresco, joven y sin prejuicios. Habitualmente sus actuaciones tratan de dar cabida a todos los palos y fusiones que abarca en sus obras, pero en esta ocasión pareció más centrado en el jazz que en otra cosa. Ello no fue óbice para disfrutar de su soltura y del sometimiento que, con su grupo, hace de cualquier esquema clásico que coge. En esta ocasión los Five Elements eran seis y, junto a Coleman, aparecieron un par de jóvenes trompetistas californianos, piano, bajo, batería y percusión. Cada uno de ellos se acomodó como parte de un todo en el que la línea argumental no se definió claramente. Igual aparecían esencias cool que guiños de bop o tendencias minimalistas más contemporáneas. Del mismo modo, los devaneos de Coleman con su parte más ardiente dejaron paso a pinceladas de tono étnico o a exhibiciones de scat en las que tres voces ejercían de instrumento principal.

El resultado, que en principio parecía un tanto frío, fue argumentándose durante la actuación con recursos nada evidentes pero tremendamente sugerentes. Como instrumentista, Coleman es un virtuoso denodado, consigue notas increíbles y genera caudales por los que sus músicos pueden evolucionar con una soltura amplísima. Ello produjo que la escucha, que comenzó densa, fuera diluyéndose y que el público terminara apreciando la solidez de lo ofrecido.

El plato final del "Galapajazz" era Lucky Peterson y, a tenor de lo visto, cumplió con creces su papel de finalizador. Peterson, que tan bien ha demostrado manejarse con la guitarra como con el Hammond, dejó casi de lado sus aventuras gospel para centrarse en lo que es el grueso de su carrera: un blues soul arrebatador en el que la voz es tan sugerente como la carga instrumental.

Pronto tomó conciencia de su situación y no tardó en aplicar su receta al público, el cual terminó abandonando sus asientos y se pegó al escenario como si fuese una lapa. Peterson lo midió, lo controló y, en un plis plas, los tuvo a todos comiendo en su mano sin hacer ninguna virguería. Le bastó exhibirse con los teclados, entonar un blues acompañado sólo con el Hammond y ceder, en un momento dado, el cordel de la tensión a su trío de metales. Con ello encarriló hasta la siguiente estación.

Era la hora de la guitarra y Peterson cumplió con creces. No como guitarrista, por cuanto no fue ésta su noche más feliz con esa chica en las manos, pero sí como showman. Con la Gibson en su cintura, Peterson cantó sin micrófono, se marcó coreografías con sus acompañantes, sacó su lado salvaje y, para finalizar, bajó del escenario y se paseó entre el público causando un escándalo de tono mayor. No dudó en ascender hasta la parte superior de la pista del velódromo y hasta se paró a mirar los discos del puestecillo sin dejar de exponer la herencia de Chicago. Y todo ello, como manda su figura, con una elegancia sin parangón, sin un efecto de más y sin ningún jugueteo de sobra.

El concierto terminó con dureza, potencia y con un ser humano enseñando su faceta animal. Era blues en estado puro y con dirección única. En los bises se acompañó de los trompetistas de Coleman, pero no fue lo mismo. La ebullición había dejado el vaso casi sin agua y parecía imposible, en cinco minutos, meter a los jóvenes californianos la maldad en el cuerpo. Aun así, quedó bonito, lucido y apañadito, cerrando un conciertazo de alta nota y un fin de fiesta digno para un festival que parece plenamente consolidado.

Ahora lo difícil es mejorar el año que viene. El listón se ha puesto tremendamente alto y cualquiera de los asistentes a la edición del 2001 ha quedado marcado para siempre. Galapagar ocupará este año un lugar de privilegio entre los festivales españoles y bueno sería para los aficionados madrileños que el año que viene se consolide como uno de los mejores.

E.P.

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