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Fun Lovin' Criminals

La Riviera, 5 de abril de 2001

No se puede negar que el mainstream sigue siendo un estilo ideal para que nunca falte la música. La historia fundamental es no atronar al oyente, no agobiarle y, sobre todo, que escuche sin necesidad de hacerle partícipe de nada. Durante mucho tiempo, el mainstream se fundamentó en la música melódica, con aditamentos orquestales y con arreglos clásicos tan masticables que terminaron siendo empalagosos para la generación de los noventa. Era necesario dar un cambio de rumbo a la música "sin nombre" y llegaron Fun Lovin' Criminals. Los neoyorquinos fueron conscientes, desde el momento en que unieron sus fuerzas, de un par de cosas: todo estilo es asequible si se presenta sin estruendos y, lo más importante, lo fundamental es que el cuerpo se mueva sin que su dueño llegue a enterarse.

Con ésas, los chicos han firmado ya cinco discos y no han hecho más que crecer. Saben que están justitos de fuerzas y, a cuenta de ello, expresan su oferta pareciendo que siempre se están reservando para el año que viene. En directo, todo lo que tocan lo hacen suyo. Y tocan cualquier cosa: desde composiciones lounge pasadas al acid jazz hasta piezas de soul con el vocalista en plan rapper. También, como mandan los cánones, varían su oferta rítmica e igual seducen porque hacen que tus hombros se mueven solos que te echan para atrás con un arranque de lo más directo.

Son elegantes, saben ordenar su repertorio y se manejan muy dignamente ante el público firmando siempre un concierto sin pegas. Sin emociones fuertes, pero sin pegas. Fun Lovin' Criminals en directo son de los que no defraudan porque dan suficiente y se muestran como el típico grupo que puede ser radiado en cualquier cadena mayoritaria. Sí es cierto que, ante ese panorama y con el hecho de que solamente nos encontramos en el escenario a un trío ciertamente estático, se agradecería mucho algo de show, pero... lo de los Criminals no es de emociones fuertes. Son capaces, incluso, de hacerse un par de temas solamente con la guitarra, acercarse al country y quedarse tan tranquilos. ¡Si hasta te preguntan por la familia!

Es, al fin y al cabo, música de club, de la que te encanta oír mientras mantienes una conversación alrededor de una copa. Parte fundamental de todo esto se basa en la buena programación, la acertada selección de efectos y en la tímida, pero muy adecuada, implementación de arreglos: si manda el teclado, el bajo se suple con programas y, si lo que impera es el ritmo, se samplean un par de cositas para dejarlo todo decentemente coqueto. Las guitarras son usadas con un concepto totalmente ambiental y cada efecto está superelegido para aportar lo suficiente sin salirse nunca de madre o hacer daño a oídos sensibles.

Lo mismo te recuerdan a King Creole (sin las Coconuts, claro) que a MC Hammer y en su música hay ecos de cualquier estilo negro pasado, eficazmente, por un filtro más blanco que un bote de Colón.

Resultones.

E.P.

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