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El Espárrago 2001 parece confirmar al festival en sus nuevas fechas. Julio 2001

"¡No saben lo que están viendo!"

¡Por fin! Parecía que, desde que el Espárrago aterrizara en Jerez, todas las fuerzas negativas se habían alineado contra él. Una primera edición en plena semana santa, con todos los andaluces desfilando con sus imágenes y pasando mucho del asunto musical, y una segunda en la que el diluvio universal pareció querer reencarnarse en tierras andaluzas, habían dejado al más señero de nuestros festivales en la cuerda floja. En el 2001 todo salió como se presumía y el público respondió en gran número: hasta 20.000 personas se dieron cita en el circuito jerezano para disfrutar de un cartel muy equilibrado y disfrutable.

Porque eso era, y ha sido siempre, el fin principal de los organizadores del evento. Si bien otros festivales han tomado la determinación de irse especializando en uno u otro campo, los esparragueros podían estar tranquilos respecto a este particular. El festival nació pequeñito, pero cada paso que ha avanzado en su crecimiento lo ha dado con el santo y seña de lo amplio, de lo variado. La especialización puede valer en otros sitios más céntricos, pero, en Andalucía, siempre será mejor un poco de todo que todo de un poco. Aparte de ello, el Espárrago siempre ha tenido a gala incluir en su nómina a dos artistas de primerísima fila que pudieran llevar con dignidad ese manido término de "cabeza de cartel" y en esta ocasión no iba a ser menos: Beck y Neil Young estaban, por trayectoria y calidad, plenamente capacitados para aglutinar en torno a sí la atención de los medios y el efecto llamada que siempre se espera de este tipo de artistas.

El cambio de fecha (peligroso para unos, beneficioso para otros) resultó ser una decisión acertada. Si bien algunos veían en el calor andaluz de julio un arma en contra de la asistencia, lo cierto es que, al comenzar los conciertos a las ocho de la tarde, el asunto careció de trascendencia. Más bien al contrario: al empezar la fiesta tan tarde y prolongarse durante toda la noche, más de uno hubiera preferido el que el evento se celebrara entre viernes y sábado (no sábado y domingo) para poder dejar el último día del fin de semana para el descanso y la vuelta a casa.

Fundamental resultó para el éxito la reorganización de los escenarios que se ha llevado a cabo en esta edición. El principal ha mantenido su ubicación aunque ha modificado la orientación, girándose lo suficiente como para que todo el peralte de la curva del circuito pueda ser aprovechado. De ese modo, el público puede extenderse por toda la llanura con una buena visibilidad dado que, cuanto más te alejas del escenario, más alto estás.

La carpa dance es la que menos transformación ha sufrido, si bien este año ha sido complementada con actividades paralelas que han incluido un festival de cortometrajes realmente llamativo. La idea complementaba a un chill out más amplio y cercano que servía de asueto para quienes no tenían en su idea festivalera un continuo danzar de actuación en actuación.

Aún había un escenario más, el paralelo, alejado en esta ocasión de la vorágine de los otros tres. En dicho escenario se han recolocado las actuaciones de flamenco encontrando así un lugar más tranquilo (y abierto al aire libre) en el que disfrutar de esta música. La nueva ubicación también ha permitido facilitar los accesos del público, una ordenación más lógica de los mercadillos y un lugar más amplio y acertado para los chiringuitos de comida. Este año no faltaron en el Espárrago ni futbolines (hasta salones de juego tenías entre la oferta) ni "drogas naturales" (numerosos stands se encargaron de facilitar el producto a quienes deseaban tener nuevas experiencias) y la sofisticación del asunto fue hasta tal punto que podías contratar un servicio de mensajes a móviles que te fuera informando de todo lo que acontecía en el festival. Por supuesto, no faltaron ni ONGs, ni puestos de camisetas y discos, ni peluquerías ni establecimientos de tatoo. Por estar, estaba hasta la minicarpa de los "40 principales", en la que algunos artistas se acercaron a firmar lo que les pusieras por delante, y puestos en los que se distribuía gratuitamente el programa del festival realizado este año por la revista "Rolling Stone".

Y es que, puestos a buscar algo que saliera mal, habría que ponerse un poco pejiguero para encontrarlo. Fantomas suspendió con suficiente antelación como para no incluirlo en el programa y los Fabulosos Cadillacs ya nos han acostumbrado a casi todos a no aparecer allá donde se imprima su nombre. El grupo parece estar llegando al momento más bajo de su carrera habida cuenta que con sus problemas internos han conseguido arruinar su gira prevista por Colombia y la posterior que les iba a traer a nuestro país.

Como anécdota habría que citar el caso de Narco: muchos pensábamos que era el grupo andaluz el que se encontraba tras ese nombre y nos sorprendía verles ubicados dentro de la programación de la carpa dance. El caso es que este Narco era otro: un DJ que cumplió con su obligación mientras un numeroso público se preguntaba con extrañeza quién era aquél que había sustituido a los Narco de verdad.

El "Espárrago 2001" disparó su primera salva con la fiesta de bienvenida que tradicionalmente ofrece un día antes de abrir sus puertas. El viernes 13 de julio se juntaron en el recinto dedicado al chill out los tres finalistas del certamen andaluz de pop rock y los que llegaron a la final del concurso de maquetas que patrocinaba el Ayuntamiento de Jerez. Mientras, una buena colección de gente iba desfilando hasta la finca arbolada de Los Majares, lugar que acogía este año la zona de acampada y que trataba de proteger a los campistas del solazo que sacudía en la explanada que los años anteriores había acogido a las tiendas de campaña. El acceso al circuito estaba asegurado, como en ocasiones anteriores, por el continuo servicio de autobuses que, al precio de doscientas pesetas, cubrían el trayecto Jerez-Espárrago para quienes no dispusieran de otro tipo de vehículo.

Bueno... Y de lo importante, ¿qué? Pues realmente bien. La mayoría de las actuaciones cumplieron con lo esperado y la mezcla de estilos que se abordó consiguió en todo momento que sus representantes dejaran buen sabor de boca. Entre los grupos más noveles llamó la atención Los Delinqüentes, banda encargada de abrir la primera jornada esparraguera y que dio gusto y gracia a los primeros compases del festival mientras todo el mundo esperaba que cayera el sol. Los Delinqüentes son algo así como la panda de amigos del "polígano" que, después de trabajar, se juntan fuera de la taberna, al fresquito, para echar unas coplitas aliñadas con botijos y porros. En sus canciones se respira Veneno por todos los costados y de lo que cantan no se entiende nada a no ser que estés alineado con la jerga del ladrillo y el Bolleré (si estás en ese corte los textos son verdaderamente descacharrantes). Su mayor baza la tienen en la tradicional guasa andaluza y en la juerga que montan en el escenario, propia de quien carece de pretensiones. Su guitarrista, por ejemplo, gusta de emular a los heavies moviendo la melena y punteando como aquél le dio a entender, lo que queda sumamente gracioso cuando pensamos que todo lo hace con un instrumento normal, no con una eléctrica. Mientras, tras los tres integrantes del grupo, se colocan más colegas que igual sacuden al cajón que dan palmas a destajo montando una romería de padre y muy señor mío.

Los Delinqüentes presentaban el material de su primer álbum ("El sentimiento garrapatero que nos traen las flores") y se lo marcaron casi entero ("Los bichos", "Uno más", "Tabanquero"...). Parecían no querer abandonar el escenario de ninguna de las maneras, algo que muestra una actitud inteligente habida cuenta que han tropezado en su compañía con el handicap de ser debutantes y de no disfrutar del más mínimo apoyo promocional (Virgin no ha podido proporcionarnos una copia de su álbum porque... ¡no tienen ejemplares!).

En la otra punta del recinto, el vértice opuesto de la música andaluza. Si Los Delinqüentes representan lo populachero y festivo, Lagartija Nick se ha hecho un hueco importante entre los amantes de lo ampuloso y pseudocultural. Sus últimos pasos han sido bastante tambaleantes y su nueva formación tiene ante sí el reto de emular lo conseguido hasta el momento, cosa verdaderamente difícil cuando uno evoca algunos de sus discos más interesantes ("Omega" con Morente, o el posterior "Val del Omar"). Este motivo (lo ya conseguido) es el que les llevó a tocar en el escenario principal aunque fuera abriéndole. En su repertorio introdujeron una muestra de casi todo lo que han hecho, yéndose desde "Himno a la materia" hasta "Sdah" y pasando por cosas tan sugerentes en unos casos (e incomprendidas en otros) como "Eter", "Newton", "Heroína" o "Azora 67". El caso es que dejaron el ambiente calentito para unos Hellacopters que están creciendo en España a un nivel importante y que están gozando del favor tanto de los amantes del punk melódico como de quienes no encuentran buen acomodo entre las nuevas tendencias heavies.

Los suecos, bien armados y con una carrera de directo imponente, pusieron su trituradora al servicio del sonido y mostraron que lo que más les gusta es recuperar el sonido de Detroit (MC5, Iggy, Ryder o Nugent) dándole cierto puntito stoniano. O viceversa: coger a los Stones y subirles de decibelios hasta la locura de la generación Stooge. El asunto es que lo hacen bien, potentes y con solvencia, sin más ruidos que música y sin más gritos que canciones. En poco tiempo pusieron a bailar a todo el mundo y, con ésas, terminó bailando hasta el encargado de sonido, el cual parecía poner siempre sus dedos en el sitio equivocado cuando se trataba de subir los teclados o de bajar las guitarras.

No tuvieron muchos problemas Hellacopters para que "Sometimes" o "Baby borderline" captaran enseguida la atención de la audiencia. El sonido (con sus despistes) era nítido y el poder que despliega esta gente encima de un escenario es de los que verdaderamente impone. "Devil stole the beat" o "No song unheard" dieron paso a una ristra final que cerró "(Action) Now!", pero aquello no fue suficiente para un público que se dejó llevar y que veía en la actuación una manera estupenda de comenzar la noche. "Hopeless case", "Sweet little r'n'r" y "Soulseller" pusieron el fin de fiesta para que los roadies y técnicos de escenario comenzaran a poner en marcha la maquinaria necesaria para recibir a Aterciopelados.

Los colombianos y los Fabulosos Cadillacs componían la oferta latina que el Espárrago presentaba este año. Pero, dada la suspensión de estos últimos, fueron Aterciopelados quienes ejercieron de puente cultural con los hispanohablantes del otro lado del Atlántico. Puede que no sea ésta una banda con demasiada personalidad a la hora de componer, pero, con todo, consiguieron aglutinar en su actuación el tremendismo psicodélico que les caracteriza con la pachanga rancheril que nunca queda ausente de sus shows. "Luz azul" y "Uno lo mío y lo tuyo" fueron los temas que dieron la bienvenida a un escenario que emulaba el "love and peace" de la California setentera y ambos dieron pie a un set en el que se darían la mano formas vocales de salsa, discursos de hermandad y amor universal, pop un tanto meloso por evidente, un uso adecuado de formas electrónicas y un abultado cargamento "espiritual" que se dejaba traslucir en todas sus letras. "Cosita seria", "Bolero" o "Rompecabezas" fueron algunos de los temas que abordaron en su actuación, medida y acertada para quienes se quedaron en la explanada hasta el final.

Otros muchos decidieron acercarse a la carpa dance a ver y escuchar a Telephunken, pero se encontraron con una cosa bien diferente. El trío zaragozano puede tener entre sus objetivos el que se le vea y se le escuche, pero demuestra una obsesión absoluta porque se le baile. Y en eso ponen toda su alma. Armados de bajo y batería, suelta un muro de sonido que absorbe un groove inteligente y lo dispensa en formatos de soul y funk de alta intensidad. Mientras, su DJ, verdadero alma mater de este asunto, dispone de recursos más que sobrados para elevar la temperatura del ambiente hasta llevarlo al sudor y el delirio. No tardaron los maños, aprovechando que la actuación de Beck aún tardaría en comenzar, en aglutinar en la carpa a todo aquél que pasaba y que se quedaba prendado de su oferta. Aquello fue un bailar denodado en el que las luces y el calor pasaron a un mínimo segundo plano.

Pero... cuando llegó Beck todo el mundo comenzó su desfilar hacia la gran explanada dispuesto a comprobar si las críticas elogiosas eran la mitad de verdaderas de lo que contaban (quienes aún no le habían visto) o para arramplar con otra sesión de festividad de las que este pequeño gran hombre es capaz de dar (quienes ya le habían disfrutado en alguna ocasión).

El comienzo fue un poco frío porque al californiano no se le ocurrió otra cosa que arrancar con un blues acústico que interpretó solamente con su guitarra. No pasó nada: aquello no era sino la notita que siempre tiene que poner Beck para reivindicar esa faceta de songwriter que es capaz de mantener junto a la de "exitoso revolucionador de mezclas y potajes". Fue esta última la que dominó el espectáculo, el cual se mostró similar (o idéntico) a lo que ya mostrara este pequeño ser en su gira del año pasado. A través de "New pollution", "Novakane", "Milk & honey" o "Loser", Beck fue desgranando sus propuestas con ese altísimo calibre de showman que mete en sus inexistentes kilos.

Cada vez que se le ve uno vuelve a quedar sorprendido de que una cosa tan pequeña pueda soltar tanta energía en un período de dos horas. Para ello cuenta con una banda de lujo, tan activa como él y tremendamente sólida en todas las facetas, tanto en el plano visual como en el que, previsiblemente, es su trabajo principal. El concierto continuó manteniendo un excelente ambiente con "Tropicalia" y "Mixed bizness" y, a la hora de abordar "Nicotine & gravy", Beck ya tenía en el bolsillo a todo el mundo, el cual danzaba con gusto mientras elevaba sus manos en comunión con el nuevo gurú.

Beck se erigió, sin duda, en el triunfador de la noche y, a la larga, lo sería también de todo el festival, algo que ya viene siendo habitual con este personaje en cada uno de los sitios en los que se presenta. Su fusión de soul, hip hop, rock, folk y todo lo que le venga a la cabeza es presentada en directo con un espectáculo arrollador y con una personalidad impresionante. Esta vez llegó sin DJ, pero eso, a muchos, no pareció suponerles ningún disgusto.

Tras el aluvión Beck, el James Taylor Quartet lo tuvo más fácil. Si bien muchos pensábamos que su música ejercería de bálsamo e intermedio entre el pequeño genio y las explosiones dance nocturnas, el viejo zorro demostró por qué ha mantenido hasta la actualidad la relevancia de su nombre. Le bastó exponer un compendio soulero y ceder espacio a su vocalista. Con eso y con una versión del "Light my fire" morrisiano se metió a la gente en el bolsillo y la tuvo bailando hasta que dio fin a su show. No fue nada original, ni nuevo, ni siquiera interesante, pero sí era lo que la gente estaba dispuesta a recibir en ese momento. La experiencia es uno de los pilares de la eficiencia.

El segundo día del festival hubo un trastoque de horarios que a más de uno le pilló de sorpresa. Sin un motivo claro, todas las actuaciones del escenario principal se adelantaron y en la carpa se eliminaron las actividades paralelas colocando a Narco (sí, el DJ) para abrir el cartel. El hecho no tuvo mayor trascendencia por cuanto aparecieron carteles con los nuevos horarios a lo largo de todo el recinto, pero afectó, y mucho, al nivel de convocatoria de Fun Lovin' Criminals. Supongo que sería el mismo grupo el que deseaba tocar a primera hora dado que, en teoría, el trío tiene suficiente cartel como para haber elegido un horario más nocturno, máxime cuando en la programación les seguían Asian Dub Foundation y Placebo.

Los Criminals pasaron por el escenario como si hubieran ido al trabajo. Si bien se explayaron al principio con "Mini bar blues" o "Up on the hill", el poco público asistente y la abundancia de sol que aún había hacían del show algo poco relevante. Mirar al escenario era ver a los tres juntitos sin salirse del guión y, aunque la gente ponía de su parte, no se apreciaba todavía el tono festivo que el grupo podía proporcionar. Aún estaba mucho personal a medio despertar, por lo que, tras marcarse un discreto "Half a block", el grupo decidió enganchar sus canciones aumentando un tono rockero que poco tiene que ver con su propuesta más conocida. "King of NY" o "Scooby snakcs", por ejemplo, se quedaron realmente cortitas si recordamos las actuaciones que Fun Lovin' Criminals hicieron en su último paso por nuestro país. En ningún momento se vio al grupo cómodo en el escenario.

Afortunadamente, no pasó lo mismo con Asian Dub Foundation. Los británicos sí venían con ganas y, desde que arrancaron con "Cyberbad", toda su oferta buscó lo explosivo y lo bailable. Una especie de techno-hip hop con cierto aliño étnico empezó a extenderse entre las cabezas del público al ritmo de "Taa deem" o "Fortress Europe". La banda se ensañó lo que pudo y ejerció como disparador de baile, algo que, con todo lo positivo que pueda parecer, aleja a la banda bastante de lo que se esperaba de ellos tras su primer disco. Actualmente, Asian Dub Foundation carecen de cualquier tipo de matiz o de arreglo, fían casi todo a los samplers y a su DJ y basan toda su arquitectura en los ritmos electrónicos más agresivos. "Riddim I like", "New way new life" o "Assatadub" parecían dejar muy atrás sus textos incendiarios y quedarse únicamente como armazones para lo pintoresco y lo danzarín. Algo mejor les quedaron "Naxalite", o "Free satpal ram", pero, con todo, los británicos han evidenciado que la interesante fusión que defendían en sus orígenes se ha ido tornando más facilona en los últimos tiempos. Mucho ritmo pero poca chicha, algo que ha colaborado mucho a que la banda encuentre mejor acomodo en festivales multitudinarios que en salas en las que el público va solamente a verte a ti.

Y si del crecimiento de Asian Dub Foundation poco puede hablarse, no ocurre lo mismo con Placebo, grupo que ha ido mejorando su propuesta haciéndola más atractiva y mayoritaria para gente que no quiera colocarse en ningún estilo predeterminado. Placebo trajo al Espárrago un escenario propio, con aspiraciones de cierto glamour y con sus miembros entregados desde el primer momento. Sin la macarrería de sus primeros tiempos, se mostraron activos y entusiastas con un show muy dinámico y un sonido sumamente adecuado para sus temas más recientes. Se les vio acertados al combinar los tiempos y al mostrar una gran expresividad en las piezas que así lo requerían. "Pure morning" o "Every your, every me", por ejemplo, quedaron bordadas y fueron muy bien recibidas por el público. En general, el grupo cuajó un show sumamente digno que hace pensar que aún están por llegar sus mejores momentos. Salir de la cueva "indie" y dejar de lado los teatros de sus primeros días no han hecho sino ayudar a mejorar a la banda, algo que se agradece después de lo visto en el Espárrago.

Placebo cedían, posteriormente, el escenario a Neil Young, pero, previamente a eso, Public Enemy se hacían esperar en la carpa dance después de que uno de sus DJs hubiera amenizado la tarde con ritmos en base de hip hop. Chuck D y los suyos demostraron que su nombre es todavía un peso pesado en la escena negra y tardaron bien poco en poner la carpa hasta arriba con ritmos durísimos y con un volumen atronador. "Fight the power" fue como un canto colectivo mientras que la parafernalia del grupo se manejaba con soltura en el escenario, pero no fue, ni mucho menos, el único punto álgido de su actuación. "Shut'em down" o "Rebel without a pause" también añadieron altas dosis de intensidad y colaboraron a que la fiesta de bienvenida para el retorno de Public Enemy se coloreara de buen ambiente. Si con su aparición dieron miedo (no faltaron soldados ni catanas), al final terminaron siendo aglutinantes de buen sentido y dejaron un magnífico sabor de boca.

Y llegó, por fin, lo que tenía que llegar. Una de las más grandes leyendas del rock en todas sus facetas tomaba el escenario principal de Jerez para reconciliarse con el público español. Si su llegada de antaño aún está fija en las pupilas de quienes le vieron (en Madrid realizó una actuación histórica en el no menos histórico rockódromo), sus sucesivas anulaciones posteriores habían puesto los dientes largos a un amplísimo colectivo capaz de cruzarse España entera para ver al viejo dinosaurio canadiense. Era ésta una de las ocasiones en las que un festival se apunta un tanto considerable, tanto a nivel internacional como en lo referente a solvencia organizativa. Young, como todos los de su quinta y su nivel, es especie "rarita" en la que su mundo vive aparte de los demás. Una herida en un dedo puede arruinar una gira y un momento de tontería puede hacer que su show se quede en algo más de media hora. Es importante que todo esté en su sitio y que el señor disponga de lo necesario como para dignarse a ofrecer su música en España, y más en un festival de este tipo.

Young se había alzado, por derecho propio, como la bandera de este Espárrago. Sobre él ha sido sobre quien más se ha escrito, hablado y discutido, y eso trajo consigo que, al anunciarse su actuación, la explanada de la curva de Angel Nieto estuviera a rebosar. Allí estaban todos los que habían pasado el día anterior en el recinto y un numeroso público que había decidido asistir únicamente al segundo de los dos días de festival. El bueno de Neil era el emblema. No podía defraudar.

Y no lo hizo. Apareció con algo de retraso, pero con una premisa demoledora: si en otros conciertos agrupa en su repertorio sus aventuras acústicas con su rock de raíz pesada, aquí lo primero sería simplemente un botón de muestra. Desde que comenzó la actuación, los sonidos más enervantes del rock guitarrero se aglutinaron en las seis cuerdas de la Gibson de Young y en su perfecta compenetración con Crazy Horse. No iba a ser un concierto festivalero; iba a ser un festival de Neil Young y eso tiene sus riesgos. Si para muchos la figura de este hombre está por encima del bien y del mal, para otros, más jóvenes y menos gustosos de buscar en los orígenes de la música, es un perfecto desconocido. El hecho no ha de extrañar en un país en el que artistas de la talla de Dylan, Iggy Pop, David Bowie o James Brown apenas sí son un nombre perdido en las décadas pasadas sin ningún contacto aparente con las "nuevas generaciones". Si el recurso de todos ellos es aparecer en un anuncio de la tele (véase el caso de James Brown con el famoso "guerapa"), Young no es de quienes esté dispuesto a claudicar en ese sentido. El llega, toca, se vacía y... quien quiera entender, que entienda. Lo peor de su actuación en el Espárrago era que mucha gente... no le entendió.

Mientras que los fans que levitaban hablaban de "electricidad en estado puro", mucho público prefería las tendencias de la "electrónica en estado envasado". Las preguntas de "¿y éste es el viejo tan famoso?" empezaron a cundir entre un público que no se enteraba de nada mientras que, por las columnas de sonido, aparecía un fluido casi sólido de rock candente. Allí no había estribillos, no había samplers y no había pachanga, por lo que quien fue buscando eso se llevó un chasco terrible. Tan terrible que comenzó a desfilar aun cuando la actuación no había llegado a su mitad.

"Esta gente no sabe lo que está viendo", comentaba otro fan en pleno éxtasis refiriéndose al público asustado. Y era verdad. Lo que Young proporcionaba era un torrente irreverente, un compendio de formas transgresivas y un uso de las guitarras que las convertía en armas arrojadizas antes que en instrumentos musicales. Su entendimiento con la banda era excelente, todos llegaban pronto al clímax buscado tras la improvisación y, a partir de ahí, convertían las ventoleras que al canadiense le dan de vez en cuando en verdaderos temporales sonoros sólo aptos para quien quería escuchar más que oír.

"Hey hey my my" llegó tras unos cuantos silbidos provocados por un apartado acústico en el que "After the gold rush" (lo tocó sólo con un órgano) sonó a salmo eclesiástico en los oídos de los más jóvenes y en el que "Heart of gold" no tuvo más acompañamiento que la guitarra acústica y la armónica. Nada cambió el planteamiento inicial: si lo que quería la gente era moverse, Young iba a hacer que se arrepintieran de ello. Piezas que sobrepasaban el cuarto de hora de duración daban pie a principios siniestros, evoluciones dudosas y acelerones de barro. Cuando uno creía que el tema estaba terminando con la explosión de distorsiones y espasmos asistía atónito a la sorpresa de que no había hecho más que empezar y que lo más agresivo estaba aún por llegar. En gran parte del público se notaba que estaban asistiendo a su nirvana particular y el trance iba en aumento según la explanada iba quedándose más libre. Si Young había congregado a más gente que nadie, también había sido el único que había conseguido echar a la mitad de su público pasándoles por encima.

Unos prefieren los dibujos animados y otros las películas para adultos. El rock, amiguete, es para quienes evitan lo predecible (o así nació), para quienes más disfrutan cuanto más se les sorprende. Neil Young, en ese aspecto, no tendrá otra virtud, pero nunca repite concierto. Sí que apuntala la navegación con piezas como "Rockin' in the free world" o "Like a hurricane", pero, en su mayoría, las melodías más conocidas no son sino el disparadero de verdaderos misiles con uñas de acero, pruebas fehacientes de que quienes adoran la manicura de Sonic Youth reivindicando el ruido se asustan ante las garras de un verdadero oso canadiense que puede presumir de haberlo llevado al límite.

Young, hay que decirlo, no fue el triunfador de un Espárrago que se rindió a Beck con mucha más facilidad y con una comunicación más fluida, pero (se advierte) quizás el genio de California compruebe atónito cómo, a la vuelta de veinte años, los más jóvenes se espantan ante su música y prefieren ponerse en un reproductor virtual un ectoplasma de Neil Young puesto de moda por la reedición de una de sus canciones pinchada en la radio hasta la saciedad. La edición esparraguera de este año aglutinó la virtud de las dos partes: contó con la vanguardia actual más asequible y con uno de los inventores míticos de todo esto. Cada cual se quedó con lo suyo y los más adaptados disfrutaron con las dos cosas.

Lo fundamental es que ambas existieran en el mismo sitio con un solo día de diferencia y a un precio que apenas superaba las cinco mil pesetas en su oferta de lanzamiento. El éxito de esta edición pone muy alto los deberes a realizar para el año que viene por parte de los organizadores de este festival.

E.P.

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