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Diana Krall

Teatro de la Casa de Campo. 9 de noviembre de 2001

En una ocasión Juan Jesús García definió una actuación de Diana Krall como "jazz polar". Y, por lo visto en su último paso por Madrid, acertó de pleno. Esta mujer canta realmente como los ángeles, pero, en directo, es menos expresiva que una sardina en conserva. Gracias a su reciente "The look of love" ha conseguido encaramarse a la lista de discos más vendidos en este país, y ello ha supuesto que el jazz entre en numerosos hogares de la mano de su voz aterciopelada y llena de matices. Sería una lástima que quienes se han acercado al estilo con ella llegaran a pensar que el jazz es así. Indudablemente forma parte del género, pero no es la esencia del mismo.

Hay quien afirma que si gusta Diana Krall es, precisamente, porque no representa al jazz. Siguiendo ese argumento, se defiende que quienes disfrutan con la sensual voz de esta mujer asumen que lo más vistoso del género no es más que una algarabía chillona y escandalosa. Puede ser verdad, quién sabe. Lo que sí es cierto es que la Krall representa, actualmente, la parte más pija del estilo aun cuando el nivel de sus interpretaciones apenas admita otra crítica que la que se puede hacer a su rigidez expresiva. La chica es de las que exige silencio, de las que trata a su grupo como una cohorte militar y de las que coge el escenario del mismo modo que un líder internacional cuando tiene que hacer un mitin político. Es como si el público no existiera y, hasta cuando habla, lo hace con una desgana propia de quien valora a quienes tiene delante como perfectos seres invisibles. No extraña nada, con estos comportamientos, que su concierto no tuviera entradas a la venta. Para ver a la Krall cerrando el ciclo "emociona!!!JAZZ" había que estar invitado. Y no tener sed. Si bien una marca de whisky decidió invitar a todo quien pasara por allí antes del concierto, el bar permaneció cerrado durante toda su actuación: solamente se abriría tras ésta para una fiesta privada. Todo tan aristocrático que la viveza del jazz y su espíritu impredecible estuvieron tan ausentes del concierto como lo está el calor dentro de un iglú.

Más vale quedarse con la sugerente voz de esta mujer, con su manera melódica de llevar el dibujo hasta su máxima expresión y con su enorme acierto a la hora de elegir repertorio. También, si se es benévolo, uno puede apuntar algún tanto alrededor del acompañamiento de la banda o de los fraseos líricos y delicados que la propia Diana realiza con su piano mientras va pintando sus canciones.

Si las grandes damas del jazz fueron siempre gargantas de ébano quebradas de pasión, con Diana Krall se vuelve a dar oportunidad a la intérprete académica que hace de cada uno de sus discos un recital de virtudes. En directo, sin embargo, su capacidad de comunicación hace dudar al oyente de si no estará viendo un vídeo a tamaño natural. Es una especie de jazz catódico apoyado en un repertorio clásico interpretado sin el más mínimo defecto.

E.P.

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