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Brian Setzer

La Riviera. 21 de septiembre

No venía en esta ocasión el neoyorquino respaldado por su Orchestra ni, afortunadamente, rindió homenaje a sus conciudadanos con más gesto que el de colocar la bandera estadounidense en la parte trasera del escenario. Afortunadamente, parece que Setzer es de quienes opinan que "el espectáculo debe continuar" y no dejó colgado a nadie suspendiendo, como muchos de sus compatriotas, su viaje a Europa.

Y creo que acertó, porque el aforo de La Riviera se cubrió casi en su totalidad con fans aparecidos de todos los rincones de España dispuestos a desempolvar sus chupas, su brillantina y sus botas. Se sabía, gracias a su último "Ignition", que Setzer había vuelto al rockabilly después de su aventura neojazzie mantenida con un grupo de diecisiete músicos. Muchos, evidentemente, lo prefieren así, mientras que otros (los menos en este caso) añoraban el ambiente retro que Setzer fue capaz de captar con su Orchestra y que, por el momento, ha quedado aparcado en la memoria.

Setzer se presentó en trío y con una escenografía propia de playground. Vallas, un telón de fondo con paisaje urbano, un neón y un surtidor de gasolina tipo 50's añadían color a un escenario que nunca resultó soso aun cuando sólo albergara la presencia de tres personas. Haciendo rockabilly, dicha formación es tan válida como otra, e incluso dibuja muy acertadamente el campo en el que Setzer ha hecho la mayoría de su carrera, pero, en una sala tan grande, en muchas ocasiones pareció un tanto desnuda a la hora de abordar temas que requerían algún matiz más que el que sólo puede aportar la fuerza.

Salvada esa cuestión, el trío se mostró sólido, conjuntado y con recursos más que sobrados como para poner a bailar a todo quien gozara de espacio suficiente. No necesita (eso es cierto) este hombre muchos adornitos ni filigranas para llegar al público con destreza y, allí donde igual se echaba de menos una segunda guitarra, aparecía él animando al personal con su solo movimiento o cediendo terreno al contrabajista, que daba vueltas a su instrumento sin dejar de apoyarlo en el suelo.

Setzer contó, además, con la enorme baza que supone el disponer de un público que recupera en los conciertos el ambiente festivo. No iba la mayoría de la gente con ganas de escuchar y sacar pegas, sino que, por el contrario, entendía que era de las pocas oportunidades en las que un género como el viejo rockabilly podía disfrutarse con una figura de primera línea. En base a eso, abundaron los tupés, las pintas sacadas de "Grease", los bailes practicados ante el espejo y, en suma, todo aquello que colaboraba a que este concierto fuera tan especial en la arena como encima del escenario. Pañuelos sureños cubriendo incipientes calvas, cordones al cuello cerrados por broches metálicos, patillas de largo recorrido a cada lado de la cara, mangas cortas remangadas en camisas pintonas... todo un muestrario de iconos propios de una pasarela de moda realizada hace cincuenta años, muy coqueto y resultón.

Con ésas, el concierto llegó a momentos mágicos en los que nadie podía permanecer parado: si no te contagiaba el propio Setzer lo hacían tus vecinos, que te pedían sitio para poder marcarse sus pasitos de baile. El resultado fue, por tanto, sumamente satisfactorio apoyando un magnífico ambiente en una música que tiene su encanto en la sencillez. Cuando hay ganas de pasarlo bien se pasa y el rockabilly siempre reivindicó esa faceta de la vida dejando para otros músicos el retrato de la realidad tal cual es.

E.P.

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