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Santana se convierte en el mayor icono latino en Estados Unidos Recuperar la gloria Las minorías étnicas marcan la moda en el enorme territorio de Estados Unidos. Al fin y al cabo, el país está formado mayoritariamente por emigrantes, hijos de emigrantes y nietos de emigrantes. Y, cuando adquieren unas posibilidades de consumo respetables, éstos son capaces de colonizar el mercado compitiendo con cualquier producto "Made in USA". Primero fue la raza negra la que se impuso en el terreno artístico norteamericano y dentro de poco puede ser el amplísimo colectivo chino o la enorme cantidad de otras etnias que se extienden por Yanquilandia. De momento, es el instante de los latinos. A nadie se le oculta que los latinos están cogiendo peso en Estados Unidos. No se habla ya del número de emigrantes que cruzan la frontera, sino de su poderío dentro de la comunidad norteamericana. Si bien cada vez hay en Estados Unidos más trabajadores ilegales que comparten lengua con nosotros también es cierto que el número de ciudadanos "con papeles" crece sin parar. Y hay muchos que ya no son panaderos, repartidores o limpiabotas con escaso poder adquisitivo. En estados como Florida o California, los hispanos se han convertido en unos productores de capital tan dignos como cualquier otro trabajador norteamericano. Y eso, lógicamente, ha llevado a que sus hábitos de ocio se trasladen al consumo, en especial al consumo de música. A finales de los noventa ,la música latina en Estados Unidos no se concentra en la salsa, esa etiqueta que para los norteamericanos engloba todo tipo de música tropical que conecta de una u otra manera con el jazz. A estas alturas lo latino puede ser pop, rock o lo que acontezca, pero con un contenido "étnico" que se explota mayoritariamente en concepto de imagen. Ricky Martin, por poner un ejemplo, no es moreno ni chicano ni indio, pero tiene tras de sí la gran aureola de lo latino y con ello ha conseguido vender ya siete millones de discos en territorio estadounidense. El caso, por supuesto, no es un hecho aislado: Lou Bega ha vendido ya tres millones de álbumes, Jennifer López dos, Marc Anthony y Enrique Iglesias también tienen su millón de copias colocadas y artistas como Luis Miguel o Elvis Crespo ya se han hecho con un disco de oro y han obligado a la revista "Billboard", verdadera biblia en lo referente a publicación de listas de ventas, a crear una específicamente dedicada a la "latin music". Dentro de toda esta carrera se echaba de menos la presencia del "histórico", alguien que dejara claro que esto no es algo pasajero sino que llevaba en el territorio musical un buen puñado de años. Para la función no valían glorias como Celia Cruz o Paquito D'Rivera, localizados casi exclusivamente en Miami y Nueva York y asociados en la mente de muchos a luchas políticas con su país de origen. No; el histórico que tenía que volver del pasado para convertirse en el perfecto símbolo de lo que los latinos pueden hacer en la música no podía ser otro que Carlos Santana. Todo el mundo vibró durante dos décadas con melodías como "Samba pa ti", "Europa", "Moonflower" y con canciones como "Black magic woman"; ha estado presente en los más grandes festivales y ha formado parte de los movimientos juveniles más trascendentes que se han dado en los Estados Unidos en los últimos treinta años. Cuenta con un prestigio enorme entre la comunidad musical y nunca se le ha pillado en un renuncio, en una mala forma o en una mala contestación. Santana es mexicano, pero a los diecinueve años ya estaba decidido a vivir en Estados Unidos. Fue lavaplatos, músico bohemio, fanático religioso, rebelde juvenil, padre de familia y triunfador mítico en la generación más productiva del rock. Era, lógicamente, el latino musical que mejor representaba el "american way of life" y, por tanto, el icono imprescindible para que lo latino tuviera carta de naturaleza en el mercado norteamericano. Quedó apagado cuando la música de los setenta se vio desbordada por el punk y no pudo competir contra tendencias techno, revivals, grunges o techno pops. Su figura se quedó limitada a la de un mito viviente que representaba en su persona a la generación del "haz el amor y no la guerra" realizando amplísimas giras que le mantenían espléndidamente en la primera fila de los segundones. Seguía siendo un profesional, aunque poco interesante para una compañía discográfica que se había acostumbrado a que sus discos se vendieran a paletadas y que en los noventa veía cómo apenas los adultos seguían manteniendo una fidelidad constante al guitarrista. En esto que llega la fiebre latina, que Carlos Santana cambia de compañía discográfica y que realiza un disco fantástico acompañado de las más prestigiosas figuras de la escena actual. Todos reconocen su deuda con él, la CBS aprovecha el tirón para sacar un recopilatorio de grandes éxitos y, de golpe y porrazo, Santana vuelve a estar en las listas. Pero no como un figurón, sino con unas cifras de más de seis millones de discos vendidos en Estados Unidos con su incontestable "Supernatural". El genio ha vuelto y de qué manera. A la hora de escribir esto Santana está nominado para ¡once! premios Grammy y ha conservado el #1 en las listas de ventas americanas durante doce semanas consecutivas. Todavía no se sabe cuántos Grammy ganará, pero, sean los que sean, la respuesta de la industria será apasionada. Cuando le hicieron entrega del American Music Award en la categoría de mejor álbum de pop rock todo el mundo se levantó para aplaudir sinceramente la entrega del galardón. A sus cincuenta y dos años, el hombre que hizo aparecer la etiqueta del "latin rock" había triunfado de pleno. "Mi premio más grande es mi familia. Si me entregan algún Grammy lo recibiré con dignidad y honor y lo dedicaré a la gente de la calle, de los ghettos, de las favelas Si yo lo puedo conseguir ellos también pueden", comentaba Santana en su último paso por Madrid. Evidentemente, es la figura ideal para hacer despegar por completo lo que suene a latino en Estados Unidos. "Quiero cambiar la imagen con la que nos pintan allí "--añadió--". Tengo consistencia para representar a mis hermanos con dignidad". Eso, precisamente, es lo que se pone en duda en todos los artistas latinos que están triunfando ahora y que resulta innegable en una figura como Carlos Santana. En 1969 este hombre ya estaba triunfando con su primer disco homónimo y tocaba en el Festival de Woodstock junto a las máximas figuras de la música americana. En el 70 lanzó "Abraxas" y conquistó el mundo. Luego llegó la época psicodélica, la del amor libre y la del cambio revolucionario de la juventud. El, más papista que el Papa, entró de lleno en la vorágine, huyó del mundo y se metió a saco en un terreno de espiritualidad que le convirtió, incluso, en "Devadip". "Era el momento de elegir entre la droga o la espiritualidad. Yo decidí lo segundo y abracé la filosofía india desde el 72 hasta el 81. Pero después la miel se convirtió en vinagre. Me di cuenta de que ninguna persona te puede dar la entrada al cielo, que eso es un sentimiento personal. Ya no soy Devadip: querían controlarme y eso no me gustaba". Fueron momentos difíciles a nivel personal, pero no en lo referente a su música. "Caravanserai" (72), "Welcome" (73) o el triple álbum en directo "Lotus" (75) representaban el auge del rock mezclado con la percusión latina, los ritmos afrocubanos con los solos de guitarra más embriagadores, el jazz rock más bestia con las voces masculinas más sensuales del Caribe Santana estaba, además, inmerso en cualquier causa social que tuviera un espacio por mínimo que fuera. Vestido con su túnica, hablando con sus palabras de amor y paz y soltando dinero para cualquier proyecto de integración que le pidiera ayuda. "Aún tengo mucho del Che, de Pancho Villa o de los indios apache. Creo en la revolución, pero sin violencia, sino con armonía y con pasión", comentaba en su visita a Madrid reconociendo el paso del tiempo: "Ahora la revolución no tiene nada que ver con ir contra los gobiernos. Eso no va a cambiar. Ahora se trata de compartir tu dinero". Los pensamientos son los mismos, pero los medios han cambiado. Ya se acabó la fase menos creativa con aquellos "Zebop!" o "Freedom" cargados de mucho espiritualismo y poca concreción musical. Ahora el rey latino ha vuelto. Sigue cargado de filosofía, pero con las mejores credenciales: "La música es un instrumento divino. Con ella puedes plantar semillas de esperanza. Todos los que tocan en 'Supernatural' son músicos, no plásticos de Helloween", decía refiriéndose a la participación de Lauryn Hill y Wyclef Jean, entre otros, en su último y aclamado álbum. Con todo, intenta desmarcarse de la moda, de la etiqueta: "Ni Ricky Martin, ni Jennifer López, ni los hermanos Iglesias ni yo hacemos música latina. Hacemos música africana, música que premia la ternura en contraposición a la violencia que se puede ver en las películas de Schwarzenegger, de Stallone o de Van Damme", dice sin cortarse. El porqué Santana se ha mantenido durante todo este tiempo puede ser un síntoma del destino. "Cuando salgo a la carretera tengo siempre el tanque lleno. Hay músicos que son como el chicle: se tiran tanto tiempo de gira que pierden el sabor. Yo sé cuándo parar, cuándo volver con mi 'chocolata' y mis tres hijas. Cuando regreso al escenario puedo volver a dar el cien por cien de mí mismo", comentaba al mismo tiempo que añadía que "a muchos músicos les digo que, de vez en cuando, tienen que visitar a la mujer, a la melodía". Para Santana la música es parte del universo, arma de voluntades y vehículo de hermandad. Esa filosofía le ha tenido en escena durante más de treinta años y le hace estar vivo en cada una de sus actuaciones, en las que toca durante más de tres horas seguidas. Con eso puede resultar un personaje curioso, pintoresco y hasta desfasado, pero nadie puede poner en duda una profesionalidad sentida y disfrutada. No pierde ninguna oportunidad para expresar su simpatía hacia las minorías ("los indios tienen un contacto más personal con la madre naturaleza. Les respeto por ello más que a los católicos"), lanza mensajes de igualdad a diestro y siniestro ("tenemos huellas digitales distintas, pero todos necesitamos respirar y sentir un abrazo") y cree firmemente en el poder de su música ("cuando tocamos en Jerusalén la gente deja de pelearse y bailan juntos durante tres horas"). Es, en el fondo, un personaje de más de cincuenta años que, por fin, obtiene el reconocimiento del público masivo veinte años después de convertirse en una estrella. En mayo estará tocando en España en una gira por tres ciudades y, seguramente, aprovechará la ocasión para invitar a su escenario a gente a la que admira sinceramente. "España es una tierra que me encanta. Tiene mucho fuego, mucha música y muchos guitarristas". E.P.
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