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Elliott Murphy graba en directo como anticipo de su nuevo álbum
Febrero del 2000

El último trovador

Un personaje singular, sin duda. Hay quien le compara con Dylan, con Reed, con Springsteen... Su fama de maldito ha ido poco a poco enterrándose bajo un montón de magníficas canciones que le han permitido cuajar una carrera que, a estas alturas, no tiene otro calificativo que envidiable. Sigue siendo un desconocido en España aun cuando es uno de los músicos más válidos y admirados en los últimos treinta años. Su nuevo álbum, una grabación en directo titulada "April", no acrecentará el número de sus seguidores, pero volverá a proporcionar satisfacciones a sus fieles seguidores.

Tiene todo a su favor para engrosar la lista de artistas "malditos", aquellos reconocidos, admirados y encumbrados por la crítica y por sus mismos compañeros, capaces de realizar carreras larguísimas plagadas de joyas y con un público fiel, feliz de buscar sus discos debajo de las piedras. "Lo que intento es hacer buenas canciones, dar lo mejor de mí mismo y actuar tan bien como pueda. Tal vez haya alguien disconforme porque haga giras a las que asistan unas doscientas personas de media, pero a mí me gusta y al público le encanta que haga conciertos de dos o tres horas con todos ellos a mi alrededor. No creo que eso mismo lo pudiera hacer con veinte mil personas, ¿sabes?". Sí. Una de esas personalidades que no encajan bien dentro del show business, uno de esos poetas bohemios que termina afincado en París después de darse cuenta que, como decía Elvis Costello, los americanos llaman "Dylan" a quien sabe hacer una frase con contenido literario y luego le mandan a la papelera. Elliott Murphy no puede considerarse un artista de éxito y, sin embargo, sus canciones son conocidas desde Los Angeles a Tokio pasando por todo el hemisferio norte del planeta. En España, sin ir más lejos, la mayoría de sus discos son editados bajo licencia incorporando la traducción de sus textos en la carpetilla del compacto y sus actuaciones, siempre en lugares pequeños, se convierten en celebraciones de amigos que abarrotan el local donde él actúa sin ningún tipo de publicidad.

"April", su último álbum, es, precisamente, la grabación de uno de sus conciertos, algo no muy frecuente en la discografía de Murphy. En 1989 aceptó que fuera editado "Hot point", la grabación de un show en el que contó con Chris Spedding como guitarrista invitado; pero, desde entonces, no había vuelto a publicar un directo. "Es casi la misma historia, aunque 'Hot point' se hizo de otra manera. Se ofreció en la radio, me pasaron la cinta y me pareció bien publicarlo. El show de 'April' es distinto; se grabó en Alemania, aunque llevo con él dos años de gira, viviendo con mis guitarras y haciendo unas ciento treinta actuaciones. Otra diferencia con 'Hot point' es la calidad técnica de éste último. Olivier "(Durand, el guitarrista que le acompaña en esta ocasión)" y yo nos entendemos bien y tocamos muy bien juntos. Por eso está en el disco. Además somos muy afortunados de tener una buena colección de canciones".

La presentación de "April" también tendrá (probablemente cuando leas esto ya habrá tenido) presencia en España. Será (o habrá sido) una oportunidad más para redescubrir la música de uno de los pocos trovadores que quedan con integridad dentro del mundo de la música pop y, al mismo tiempo, una ocasión excelente para repasar lo que puede dar el mundo de la música a un tipo con talento incapaz de rebajarse a nada.

"Decidí entrar en el mundo de la música cuando tenía doce años. Lo primero que hice fue coger una guitarra", comenta. Dicho mundo no le era extraño a un Elliott infantil. Vivía junto a su familia en Long Island, Nueva York. Su padre regentaba una sala de espectáculos construida con motivo de la Feria Mundial del 29 en Flushing Meadows llamada Aqua Show. En ella, años atrás, habían tenido huecos orquestas y big bands tan prestigiosas como las de Count Basie o Duke Ellington, pero nuestro adolescente protagonista no parecía apreciar la música de baile de la época y decidió estar más a tono con el mundo que le tocó vivir. Con una banda propia ganó el típico concurso escolar neoyorquino, pero él casi disfrutaba más cruzando uno de los puentes sobre el Hudson y largándose a Manhattan cada fin de semana. Así conoció la música de la Velvet, de Dylan... "Tanto Bruce como Bob como yo hacemos un mismo tipo de música y por eso se parece en algo. Es como la pintura impresionista, o como el arte abstracto: su influencia se ve reflejada en un montón de cuadros de buenos pintores de ese estilo. En nuestro caso, Dylan fue el primero en abrir las puertas en este tipo de música y la referencia, por tanto, es lógica. Lo gracioso es que me han comentado que, de vez en cuando, a ellos les comparan conmigo. Es la pescadilla que se muerde la cola".

Bohemio, como marcaban los cánones de los últimos sesenta, decidió pasar una temporada viajando por Europa acompañado por su hermano. "Fue en el 71. La razón de querer viajar era, simplemente "--sonríe--", que había nacido en América, a las afueras de una gran cuidad. Eramos muy jóvenes y no teníamos grandes necesidades. Cualquier sitio era bueno para dormir y hacíamos lo que nos gustaba. Eramos felices tocando en la calle y en el metro. Fue, además, cuando empecé a componer canciones". El caso es que las canciones que comenzó a escribir Elliott destilaban una calidad innata, surgían del fondo de sus lecturas adolescentes y propiciaban un sentimiento de intimismo y soledad propias de la música neoyorquina. "Para mí, las letras y la música van juntas. Lo que ocurre es que al principio de los sesenta los textos eran muy importantes y se les prestaba más atención", recuerda justificando su manera de escribir. Con todo, la poesía de este rubio, que por entonces marcaba media melena, no era comparable a las letras habituales de los cantautores de la época. Eran precisamente los años en los que la prensa, preocupada más por el futuro que por el presente, buscaba desesperadamente un sucesor para Dylan, quien había traspasado ya por completo el ambiente de culto y se había convertido en una de las estrellas más rutilantes de la música americana con éxitos en todo el mundo. Murphy, junto con Springsteen, Jackson Browne y el canadiense Neil Young, estuvo en el punto de mira de los "buscadores". "Cuando regresamos a Nueva York "--cuenta el propio Elliott--", mi hermano y yo grabamos una maqueta con cuatro o cinco temas y fuimos presentándola por todas las discográficas sin que nadie pareciera interesarse. Al final mi hermano lo intentó con Polydor y allí nos ocurrió lo mejor en el peor momento: sólo nos querían a él y a mí. Fue un momento difícil, ya que nos tocó explicar la situación al resto del grupo".

El disco, titulado curiosamente "Aqua show" (el nombre con el que también había bautizado a su banda de acompañamiento), permitió que Elliott y su hermano pasaran de abrir shows de Patti Smith o New York Dolls a tener su propio cartel en locales tan clásicos como el Max neoyorquino.

Fue una buena época. Los críticos, el público y las discográficas se habían quedado con la copla y el personaje de Elliott comenzó a ganar categoría. La RCA le tiró los tejos y con ellos grabó "Lost generation" en el 75 y "Night lights" en el 76. El mundo parecía empezar a reconocerle cuando la CBS le grabó "Just a story from America" un año más tarde. La poesía de perdedor y de carretera de Murphy parecía capaz de igualar a la de Springsteen en el momento en el que éste estaba recogiendo los frutos de su fantástico "Born to run".

Todo parecía ir muy bien, pero en el fondo ocurría justamente lo contrario. Las compañías grandes nunca han buscado el talento, ni la fantasía, ni el carácter: solamente las ventas. La CBS quería vender tanto como con Springsteen y el resultado no fue, ni mucho menos, igual. La conclusión fue que la discográfica rescindió el contrato y que Elliott se encontró en uno de los momentos más tristes y lánguidos de su vida. Hubo que esperar cuatro años para que volviera a grabar. "Aproveché para girar por Japón y Francia y me quedé realmente sorprendido al ver que la gente, que yo pensé que no me conocía, no sólo se sabía las canciones, sino que también las cantaba. Fue cuando me di cuenta de dónde estaba mi público y me asaltó la idea de entrar en el mundo independiente para ver qué ocurría".

Hasta entonces Elliott había pasado por tres "majors" y el resultado no había sido bueno en ninguna. "Hay mil historias sobre eso. Al principio, cuando estaba con Polydor, no creo que en Estados Unidos fuera una buena compañía en aquel momento. Con RCA y Columbia... humm... No sé cómo explicarlo. La CBS apareció y firmamos un contrato, pero ellos no vendieron tantos discos como esperaban". ¿La solución? Obvia: montarse su propio sello. Así fue como se lanzaron "Affairs" y "Murph the surf" en el 81 y el 82, pero... "Sí. Lo hice, pero no continué porque era mucho trabajo para mí solo. Tenía que producir mis propios discos y dedicarme a toda la parte del negocio: la distribución, la promoción, arreglar las giras de cada país..."

Desde entonces, la carrera discográfica de Murphy ha ganado en estabilidad. Trabaja siempre en compañías pequeñas que licencian sus obras a otros sellos locales en los que hay interés por publicar sus discos. Sabe que eso hace casi imposible el salto al público masivo, pero a estas alturas ya es algo asumido que no supone ninguna frustración. "Es sólo cuestión de promoción, de pinchar un disco en la radio y de controlar más la promoción que tenga cada sello discográfico. Hoy en día es necesario hacer muchísima promoción", indica el cantautor.

El hecho se pudo comprobar con "Party girls, broken poets", un álbum excelente que tuvo distribución europea por parte de Warner. Aquél fue el que se puede considerar gran éxito comercial de Murphy, aparecido en el 84. "Fue un buen disco y es de los que más ha gustado a la gente. Yo viví muy buenos momentos en cuanto a creación en esa época. Hice el álbum y, al mismo tiempo, estaba escribiendo mi primera novela".

Lo de la novela no es extraño. "Cold and electric" no es sino una consumación de un deseo de aquél que siempre ha reconocido que "la literatura es mi elección, la música mi adicción". Murphy ejerció como escritor para publicaciones como "Rolling Stone" (la edición americana de esta revista no tiene nada que ver con la española) y fue el encargado de hacer las notas de álbumes tan reconocidos como el "69 live" de la Velvet Underground. Sus relatos cortos han sido recopilados en dos volúmenes (uno de los cuales está publicado en España) y, actualmente, está preparando una nueva novela: "Es la historia de un niño cowboy que pierde a su padre cuando lo asesinan y marcha al este de Nueva York. Allí vive como puede; le encanta la poesía e intenta ganarse la vida. Es algo parecido al rock&roll". El porqué su faceta de músico parece predominar en su actividad lo explica así: "La música es algo mucho más inmediato: la gente está delante y recibe el mensaje de forma instantánea. Escribir es mucho más introspectivo: tienes más tiempo y puedes pensar cómo expresar tus ideas. También reflejas mucho mejor tus sentimientos".

En 1984 el culto a Elliott Murphy se había consolidado entre una amplia masa de seguidores. Aparte de clubs de fans en los países más recónditos del mundo, comenzaron a aparecer álbumes piratas con grabaciones suyas en directo. "Live at Montreux", "Mr. Blue", "Talking about America", "Flash in shadow"... Al mismo tiempo "Spin" le requiere como articulista y publica en el "Rolling Stone" entrevistas con personajes como Keith Richards y Tom Waits. Después de lanzar "Apres la deluge" en el 85 y el fantástico "Milwaukee" al año siguiente, Murphy empieza a reconsiderar su situación. Es un personaje admirado, sí, pero resulta que es en su país donde menos se le aprecia. Bien es cierto que el Tramps, el local donde toca casi todos los miércoles, se vuelve lugar de peregrinación para sus fans de todo el mundo, aunque, con todo, sigue siendo el Tramps.

De ese modo, después de que se publicara "Hot point", Elliott decidió afincarse en París, el lugar que, desde entonces, ha tomado como casa: "Lo cierto es que mi público estaba en Europa, por lo que regresé y me instalé aquí", comenta. Desde entonces, la figura de Murphy no ha crecido, pero ¿quién diablos quiere que eso ocurra? Hace dos giras por año, saca sus álbumes con regularidad, se ha casado y tiene un hijo. Comenzó los noventa dando un álbum como "12" y posteriormente ha entregado "Diamonds by the yard" (un recopilatorio de su primera época publicado en el 92), "Unreal city" (93), "Selling the gold" (95) y "Beauregard" (98). No se priva nunca de colaborar con sus amigos y muestra de ello es el hecho de que cuando Bruce Springsteen tocó en París en el 94 invitó a Elliott a subir al escenario para hacer juntos "Rock ballad", una de las joyas del repertorio "murphiano". Bruce también participó en el álbum "Selling the gold" poniendo la voz en un tema.

El carisma de este neoyorquino ha sido siempre destacado por sus propios compañeros. Lou Reed, Elvis Costello o el propio

Boss han manifestado siempre su admiración por la manera de componer de Elliott. "La música está ahí y las letras... Tío: son reales", comentó Lou Reed cuando le preguntaron por Murphy. Afortunadamente, España es un país en el que se le recibe bien y al que le gusta venir, casi siempre en formato acústico (él y su guitarra) debido a cuestiones económicas. Sin embargo, señala que para el mes de mayo puede volver a dejarse caer por aquí con banda, como hace mucho tiempo que no se le ve. Será con motivo de la presentación de "Rainy season", el próximo álbum de estudio que ya casi está listo para entrar en fábrica. "Saldrá en Alemania para el mes de febrero y en España puede que para mayo. Es un disco en el que se escucharán algunas de las canciones más largas que he hecho. Una de ellas dura hasta once minutos. Lo grabamos en dos días en Nueva York el pasado mes de junio", comenta sobre el tema.

Con "April" y con el próximo "Rainy season" llegará otra vez la poesía desnuda de Murphy, sus canciones sobre perdedores, sus retratos urbanos y sus cuentos de asfalto. "Creo que 'Rainy season' es una continuación de mí mismo, un álbum muy personal que tiene mucho de mí. Me he sentido muy a gusto porque nadie me ha dicho lo que tenía que hacer y estoy deseando que salga porque creo que me lo voy a pasar muy bien. Deseo más que nunca tocar y hacer actuaciones y estoy seguro de que me lo voy a pasar mejor que en los últimos diez años".

Es factible, ¿por qué no? Es precisamente en personas como Murphy en las que se aprecia el encanto del rock&roll, algunas de esas cosas que, como decía Dylan, hacen a la gente sentirse "siempre joven": efluvios de rebeldía que no dejan de contrastar con la realidad diaria de las cosas o sentimientos generacionales que se duermen en sí mismos al ver que quien vivió los sesenta o setenta no tenía la llave de oro del mundo. Murphy es capaz, como pocos, de representar eso en canciones que no necesitan más que su misma desnudez. Le basta su guitarra y su voz para convertirse en un animal expresivo de difícil calificación y de imposible valoración. Sus canciones son, en su mayoría, joyas que traspasan ese íntimo tejido que nos permite sentirnos emocionados y su manera de darles vida es un ejemplo de por qué la música tiene la capacidad de comunicación que todos le concedemos.

Puede que no sea un artista que venda millones de discos. Lo es, de hecho. Pero ¿a quién le importa? Los mayores artistas (no te digo éxitos) de este siglo no han tenido ninguna repercusión ni en la radio ni en la prensa ni en la televisión española, lo que viene a indicar (si te pones así) que Murphy está en el buen camino con el público español. Acceder a él no es fácil dado que sus discos parten de distribuciones pequeñas y no se pueden encontrar en todas las tiendas; pero, amigo, si encuentras uno de sus discos... ten la seguridad de que no te va a dejar indiferente, de que sus canciones te van a acompañar durante mucho tiempo y de que cuando las veas reflejadas en directo te van a conmover mucho más de lo que tú has creído que fuera posible.

E. P. Trad.: Ana Felipe

Elliott Murphy. "April". Dusty Roses

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