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La época dorada de David Bowie vuelve a ver la luz junto a un álbum inédito grabado en directo
Octubre del 2000

Camaleónico

Cuando dentro de unos cuantos siglos se hable de la música del siglo XX su nombre será uno de los que, inevitablemente, aparecerán en las enciclopedias. Y el motivo es obvio. Bowie, calificado numerosas veces de "genio", no sólo dejará una obra fantástica, sino que, mucho más importante, se erigirá como uno de los pilares fundamentales de la creación de este siglo por haber marcado siempre la tendencia a seguir. Conocer sus discos, sus fabulosas canciones, debería ser asignatura obligada para cualquier aficionado a la música y éste es un momento estupendo para ello dado que toda su obra está en catálogo. Sus grabaciones más recientes porque son cercanas y las anteriores porque han sido reeditadas por EMI en una estupenda colección. A ello se añade el lanzamiento de un nuevo álbum inédito que recoge interpretaciones suyas realizadas en los estudios de la BBC británica entre 1968 y 1972. Dicho álbum aparecerá en dos versiones diferentes, una de las cuales añade un tercer compacto con una sesión recogida en este mismo año.

En demasiadas ocasiones, hablar de los músicos legendarios de este siglo supone hacer referencia a algún cadáver. En otras, si siguen en activo, es mejor recordar su obra fundamental haciendo un respetuoso mutis sobre lo más reciente y aceptando que el artista en cuestión pertenece a una época y que dicha época pasó a la historia. En el caso de Bowie, sin embargo, esto aún no ha sucedido. Muchas veces se le quiso dar por enterrado cuando sus discos ofrecían material poco convincente, pero a la vuelta de varios años siempre resultaba que lo único que tenían de negativo aquellas canciones es que se habían adelantado a su tiempo.

David Robert Hayward Jones (alias Bowie), hay que decirlo desde el principio, tiene también malos momentos y obras que no llegan a la altura de la media de su material, pero eso ocurre con todos los músicos. Beatificar todo lo que hace alguien suele ser más propio de un pedante que de un fan y, habitualmente, esa circunstancia solamente surge cuando gente con pajarita y gomina se pone a hablar de lo que ellos llaman "música clásica". Con todo, igual Bach que Mozart, Falla que Gershwin y los Beatles que los Stones tienen en su repertorio piezas y discos a olvidar. Bowie también, por supuesto, aunque sean pocos.

Hablar de David Bowie supone hablar de un artista completo. Si bien el grueso de su carrera se ha realizado alrededor de la música pop, es inevitable hacer constar, cuando alguien se refiere a él, sus estudios de mimo, sus interpretaciones en el cine (muy por encima de las películas que ha protagonizado), sus éxitos teatrales, sus conceptos escénicos y, últimamente, a sus aventuras en la red. Todo forma parte de una única persona que se ha convertido, con el paso del tiempo, en diferentes personajes que siempre giran alrededor del mismo.

Centrándonos en la música, es evidente que Bowie ha contado desde sus inicios con dos virtudes que enriquecen a cualquier artista. La primera: siempre ha estado en la vanguardia sabiendo escoger de ella lo que más tarde podría ser aceptado por el público. La segunda: ha sabido rebajar su ego aceptando en todo momento que siempre hay alguien que hace las cosas mejor que él. La figura de este británico nacido en 1947 es que ha decidido utilizar su talento más como director de escena que como protagonista bajo los focos. Bastaría una pequeña nómina de nombres para hacerse una idea de lo que ha sido el universo Bowie desde 1967, año en que publicó el primer disco a su nombre, hasta hoy. Decir que el teclista Rick Wakeman o el guitarrista Adrian Belew fueron presentados en sociedad con él puede ser poco orientativo para los menos avispados, pero basta citar a Robert Fripp, Brian Eno, Stevie Ray Vaughn, John Lennon, David Sanborn, Tina Turner, Mike Jagger o Marc Bolan para que el menos conocedor del mundo musical se haga una idea sobre quién se está hablando. También podría añadirse que Bowie fue el productor del clásico "Transformer" de Lou Reed o remitirnos a sus trabajos con Iggy Pop o Trent Reznor para ofrecer una ligera semblanza de lo que este personaje ha influido dentro de este negocio.

Su obra ha sido diseccionada en abundantes biografías, pero, de uno u otro modo, es difícil que nadie se ponga de acuerdo en la valoración de su obra. Sí quedan como clásicos sus primeros discos dado que supusieron en su momento la aparición de un personaje único y la aparición de un estilo del que el primer Bowie fue máximo protagonista. Su primer álbum apenas tuvo repercusión, pero "Space odidity" (69), su segunda obra, ya marcó suficientes diferencias con la escena británica de la época como para que la crítica y el público fijaran sus ojos y sus orejas en este personaje. No era sólo su magnetismo personal lo que causaba impresión (el accidente infantil que le hace tener un ojo de cada color ayudó lo suyo), sino su manera de abordar la música pop. Sus discos posteriores, aparecidos a un ritmo vertiginoso, le catapultaron a nivel popular con la aparición y desarrollo del glam. Curtido como actor por sus estudios con Lindsay Kemp o por la dirección de su propio taller alternativo de artes escénicas, Bowie revolucionó literalmente los escenarios británicos con la creación del personaje

Ziggy Stardust.

Ziggy no era sino una de las extensiones que Bowie ha utilizado a la hora de colocarse delante del público y su figura sería plasmada en toda su intensidad con la aparición de "Ziggy Stardust and the spiders from Mars" en 1972. Antes habían llegado evidentes avisos para navegantes con "The man who sold the world" y "Hunky Dory" (ambos del 71), pero el nivel estético de "Ziggy Stardust" fue tal que aún hoy sigue siendo considerado uno de los discos imprescindibles del siglo XX y, evidentemente, uno de los focos de referencia a la hora de entender la música de la década de los setenta.

Allí aparecía un personaje andrógino, cargado de creatividad interpretativa y con una apariencia de lo más equívoca que iba a desencadenar una nueva forma de pensar entre los jóvenes de las islas. Lo indefinido a nivel personal se convertía en una profundidad conceptual asombrosa en las letras de sus canciones, algo demasiado anormal y bello como para que se quedara en manos de las minorías.

Tras dar un último coletazo al glam con "Aladdin Sane" (73) y después de firmar un disco de versiones ("Pin-Ups" 73) que se convirtió en un ejemplo a seguir por cualquier artista que tenga cierto nombre (ahora es lo más normal que todo el mundo haga un disco con versiones de sus temas favoritos) realizó su segundo salto mortal trasladándose a Los Angeles y centrando su producción en la herencia de la música americana. Así llegaría un poco reconocido, en su momento, "Diamond dogs" (74), álbum que cierra etapa y que daría pie al nacimiento del segundo personaje "bowiano":

El Duque Blanco.

Aquél aparecería en "Young americans" (75) después de una grabación en directo ("David live", 74) que puede entenderse como testimonial y testamental. Con "Young americans", Bowie se convierte en una esponja de música negra que triunfa también en Estados Unidos con ritmos bailables y estética de traje que se prolongaría, con ciertos aditamentos, en "Station to station" (76).

El frenético ritmo con el que Bowie graba no impide que su equipo varíe continuamente teniendo como única referencia los resultados estéticos; y éstos, en la mente de este camaleón, no podían repetirse nunca. Es por ese motivo por el que nuestro personaje vuelve a cambiar de continente y vuelve a cambiar de novio. En esta ocasión, después de atiborrarse de influencia americana, vuela a Alemania para quedar prendado del aspecto estético germano. Es allí donde comenzará a trabajar con otro músico fundamental surgido del glam (Brian Eno, reconocido gracias a Roxy Music y con una carrera también tremendamente ecléctica) y donde se introducirá en las técnicas de estudio más avanzadas.

Sus creaciones van a volver a romper esquemas dando de sí discos anticomerciales con amplios pasajes instrumentales y con frutos que reconvierten de nuevo la figura del creador. Obras como "Low" (77), sorprendente en cualquier aspecto, y "Heroes" (78), cargado de elaboración en pleno auge del punk, son la apuesta definitiva hacia una carrera personal que no atiende ni a consejos de compañía discográfica ni a niveles de respuesta del público. Ello se volvería a ver reflejado en "Lodger" (79), álbum en el que se da entrada a ritmos étnicos en la línea de un avezado David Byrne y años antes de que occidente mirara con respeto lo que surge dentro de otras culturas. Previamente a "Lodger", Bowie había grabado un segundo álbum en directo ("Stage" 78) que poco tiene que ver con su anterior obra recogida sobre los escenarios.

Es a partir de este momento cuando los proyectos se empiezan a engrandecer, cuando todo comienza a requerir una mayor preparación y cuando Bowie reparte su tiempo entre diferentes actividades. Con la aparición de "Scary monsters" (80) el camaleón se mete de lleno en la preparación de sus vídeos dándoles un tratamiento artístico inusual en esos momentos, se consagra como actor con "El hombre elefante" (80), colabora con bandas sonoras ("Christine F", "Cat people", ambas del 82), trabaja en el teatro con textos de Bertold Bretch ("Baal", 82), y se deja dirigir por N. Oshima en una película del calibre de "Bienvenido Mr. Lawrence" (83).

No será hasta este año cuando Bowie vuelva a aparecer discográficamente y, como podía esperarse de él, con un remozado maquillaje y con un personaje distinto. Es la época en la que brilla la discomusic y él, ni corto ni perezoso, la aborda con una enorme elegancia en "Let's dance", comiéndose de nuevo los mercados y dejando claro a los desconfiados que invertir en Bowie es invertir en caballo ganador. Sus álbumes posteriores ("Tonight" en el 84 y "Never let me down" tres años más tarde) son como elementos curiosos dentro de una obra global que permite al cantante tomar concepto de la evolución artística del mundo mucho antes de que ésta llegue al conocimiento popular.

Tras una gira mastodóntica, nuevas apariciones en el cine ("Into the night", "Absolute beginners", "Labyrinth", "La última tentación de Cristo") y la edición del vídeo "Glass spider" grabado tras su gira de "Never let me down" Bowie decide que su carrera con ese nombre ha finalizado. Ahora sabemos que no fue así (no podía serlo), pero en su momento la intención sirvió para la reaparición del compositor como líder de una formación tremendamente peculiar: Tin Machine. Aquélla, que debutó en 1989 con un disco homónimo, era otro paso adelante y otra vuelta de tuerca en busca de la vanguardia. Pero como todo lo que hace este hombre, tenía su muerte segura el mismo día que nació. Tin Machine duraría un álbum más y Bowie iniciaría un nuevo libro dentro de su vida artística.

Todo este período es el que se recoge en los discos reeditados que ahora aparecen en nuestro país. Muchos de ellos son legendarios, otros suponen bazas experimentales que difícilmente se aprecian si no es en el contexto de la obra total de Bowie y otros aglutinan las mejores piezas de dicho período en álbumes recopilatorios. Estos últimos son "The singles collection", "Changes", "The best 69-74" y "The best 74-79".

Junto a ellos se publica esa joya de coleccionista que permite ver a Bowie jugando tanto en el plano promocional como en la disposición personal y que recoge algunos de sus pasos por la emisora británica BBC.

Cualquier parecido con el Bowie de los años 90 es pura coincidencia. Hay está precisamente el valor de un artista que se reinventa en cada obra y al que habrá que volver a recuperar cuando el resto de sus discos sean revisados del mismo modo que éstos lo son ahora.

E.P.

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