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A finales de mayo se celebraba en La Habana la feria de la industria musical cubana. "Cubadisco 2000" fue posible, como en anteriores ediciones, gracias al apoyo decidido de la SGAE española. DIEGO A. MANRIQUE, habitual de esos eventos, nos cuenta algo de lo que allí ocurrió. 
Julio del 2000

En Cuba... sin discos

Cuba para no iniciados: en esta bendita isla de la música, un día sientes que has tocado el cielo y al día siguiente te encuentras chapoteando en la mierda... y nadie acude a tus llamadas de auxilio.

Conviene saber que ésta es una sociedad férreamente controlada y que sencillamente la información no fluye, se prefiere estancada y oculta. Hasta extremos impensables: en los dolarizados reductos para turistas puedes encontrar "El País" y similares diarios europeos, pero no se venden los esqueléticos periódicos cubanos (al menos en mi hotel, no consigo una copia del "Gramma"). No sólo ocurre con la información política: resulta imposible conocer el programa de actividades de "Cubadisco 2000", aparte de los actos patrocinados por SGAE.

Seju Monzón, ex Combo Belga y ex Café del Mercado, pasa largas temporadas en la isla y sabe bandearse. El sí que tiene un programa completo e intentamos fotocopiarlo, pero ¡ay! en el Meliá Cohiba pretenden cobrar medio dólar (noventa y tantas pesetas) cada fotocopia. Escandalizados ante semejante extorsión, nos negamos a pagarlo. De todos modos, el programa oficial no resulta de mucha ayuda: se suspenden conciertos, se cambian los carteles, varían los horarios...

Navegando sin brújula

Así que me pierdo la conferencia de Magda Bonet, periodista catalana (ahora con la discográfica Zanfonía), sobre la rumba catalana, género fascinante de raíz caribeña pero que poco tiene que ver con la rumba afrocubana, con sus embriagadores cantos, percusiones y bailes; me cuenta que los nativos se quedaron encantados con lo que se inventaron "gitanitos y morenos". Acudo a otro acto donde se muestra el proceso de restauración sonora de las actuaciones de los más antiguos fondos del Instituto Cubano de Radio y Televisión, las placas de 40 cms. de diámetro donde se grababan los programas radiofónicos en los años cuarenta y cincuenta. La presentación empieza con una hora de retraso y es un fiasco: sin megafonía, se hace al fondo del pabellón y el estruendo de los diferentes stands hace casi imposible la escucha de las explicaciones técnicas, por no hablar de las comparaciones entre las grabaciones originales y las ya depuradas. El pasado año, conferencias y debates se celebraban en un salón de la Casa de las Américas, pero la organización, en su infinita sabiduría, ha preferido juntarlo todo.

Los desastres se acumulan. Te enteras con un día de retraso de una presentación de Omara Portuondo --ante una sala vacía-- o de un concierto íntimo de Pablo Milanés en los jardines de la UNEAC (quiero felicitar a Pablo por su primer hijo varón y le llamo a media docena de teléfonos; imposible conectar). El grupo Mestisay actúa con Carlos Varela, pero los ensayos se retrasan y el público debe aguantar hora y pico en la calle. Cuando entran, se descubre que el 99% sólo quiere escuchar a Varela, verdadero gurú para los guapos inconformistas de La Habana. Finalmente, el propio Carlos tiene que salir e implorar a su parroquia que escuche a sus amigos canarios. Otro concierto: Tomatito y Michel Camilo están lanzados en su primer número, un tango, y se va la luz. Afortunadamente, vuelve la energía eléctrica y podemos comprobar que, como siempre, el torrencial dominicano --además juega casi en campo propio-- se come al andaluz.

Discos sin nacionalizar

Mejor no desanimarse. Recuerda lo del cielo y la mierda. Un acto infinitamente pesado como es "la premiación de Cubadisco 2000" --nadie criticaría a los premios españoles después de aguantar tal desfile-- se convierte en una revelación con la actuación de Los Muñequitos de Matanzas, uno de los buques insignia de la rumba. Imagino que, como agradecimiento al respaldo de la SGAE, los Muñequitos pasan a rumba "Antón Pirulero" y "Porompompero"; por vez primera en mi vida levito con una canción de Manolo Escobar. Se les une el conguero Tata Güines y aquello arde con llama azul.

Los premios tienen mucho de disparate. Sólo concursan discos de compañías con representación comercial en la isla, lo que supone que ni se reconoce la existencia de "A lo cubano", el rompedor disco de Orishas. Pero no sólo los raperos: los últimos trabajos de la Vieja Trova Santiaguera, Compay Segundo, Eliades Ochoa y otros pilares de la música cubana --que siguen viviendo en la isla aunque graben para multinacionales-- ni siquiera pueden ser candidatos. "Buena Vista Social Club", el disco que ha cambiado la fortuna para la música tradicional, no tiene reconocimiento oficial.

Y la sangrante paradoja de que el más reciente disco de Los Van Van, la agrupación más popular de Cuba, responsable de la banda sonora de los últimos treinta y un años del castrismo, recibe un Grammy (y se celebra nacionalmente por lo que tiene de victoria frente a Miami) pero es ignorado por "Cubadisco": el CD no se encuentra en las tiendas cubanas, aunque en la cabina del DJ del Café Cantante me ofrecen copias "quemadas" por doce dólares (¿Dos mil doscientas pesetas por un disco pirata? No hay forma más segura de hacerte sentir un miserable turista que los constantes intentos de desplumarte). Para los amantes de las paradojas: la venta de discos o cassettes piratas no es necesariamente ilegal, ya que el régimen contempla, en su vigilado catálogo de "empleados por cuenta propia", la ocupación de "regrabador de música". Imagino a Teddy Bautista, paladín en España de la lucha contra la piratería, hablando de esas incongruencias con Abel Prieto, el (melenudo) ministro de cultura cubano. No, no me lo imagino.

Los Beatles y los Rolling Stones de Cuba

De Los Van Van se iba a estrenar en "Cubadisco" un documental muy apetitoso. Paso días intentando enterarme de la hora y el lugar hasta que alguien se compadece y me cuenta que los realizadores (mexicanos) todavía no han terminado la post-producción y que todo se ha retrasado. Con Juan Formell y sus Van Van no hay forma de hablar: me susurran que han tenido un problemilla con las autoridades --algo relacionado con unos equipos de refrigeración robados-- y que no están dispuestos a conceder entrevistas a la venenosa prensa extranjera. Pero puedo verlos en el concierto inaugural de "Cubadisco" y se muestran tan arrolladores como siempre, aunque me deja mal sabor un chiste fácil de Pedrito Calvo --el cantante del sombrero y la cabeza rapada-- sobre los homosexuales.

Conecto con mayor facilidad con José Luis Cortés, alias

El Tosco, alias

Chicho (aunque tenga un encontronazo leve con uno de sus percusionistas, un negrata inmenso que me confunde con Miquel Jurado, quien aparentemente les hizo una crítica mala en Barcelona). Tratar con Cortés es un auténtico honor. Es el líder de NG La Banda y me da vergüenza tener que presentarle cuando dirige una de las más potentes agrupaciones actuales de cualquier género, una fantástica máquina rítmica que habla jazz además de todas las músicas locales. Cortés está en un curioso limbo: su última música, la llamada "timba", no goza de la aprobación oficial y resulta de difícil exportación. Una tragedia: hace más de tres años que NG La Banda no edita nueva música y Cortés se dedica a producir por encargo, lo cual no es necesariamente negativo. Por ejemplo, para el sello francés Lusafrica ha hecho "La culebra", un delicioso trabajo retro que canta Osdalgia (Gran Premio de "Cubadisco", en compañía de un debut de jazz, "En el ocaso de la hormiga y el elefante", de Aldo López Gavilán), y luego está "Afrosalsa", temas africanos tocados y cantados con sabor cubano. También colabora eficazmente con visitantes, poniendo sus Metales del Terror al servicio del tejano Ned Sublette o los españoles José María Cano y Rosario.

Asombra el sonido que consigue Cortés en su estudio particular, una habitación mínima presidida por una foto de un meditabundo Beny Moré. Asombra aún más que una banda tan sublime tenga que tocar todas las noches por cantidades ridículas (me temo que llega un momento en que tal ritmo de trabajo convierte a NG La Banda en una propuesta repetitiva, aunque seguro que eso ocurría con James Brown y su orquesta en sus mejores tiempos). Pero Cortés aguanta y establece sus propias reglas. Cierra uno de los conciertos interminables que monta SGAE y se encuentra tan a gusto que se niega a recortar su fabuloso show. Le quitan las luces y sigue tocando en la obscuridad para unos pocos centenares de pasmados asistentes. Hace que baje la directora del teatro, se chotea de la autoridad: Cortés es la verdadera Cuba, la isla insurgente y creativa.

Navegando con brújula

Aparte de músico de primera división, José Luis es bien, uh, cortés. Está de "tremenda resaca, chico" cuando volvemos a su casa-estudio con Seju Monzón, el dúo Postrova y un equipo de vídeo. El día anterior se quedó para grabar allí un clip de "Acariciando vidrieras", un arrebatador cha cha chá donde

El Tosco toca su exquisita flauta. Y acepta la invasión con resignación y sin un gesto feo.

Postrova, una pareja santiaguera de enorme imaginación y grandísimos recursos, forma parte de "El joven son", un concepto-de-movimiento pergeñado por el hermano mayor de

El Gran Wyoming, el resultado de un rastreo por toda la isla en busca de talento fresco y con posibilidad de exportación ("el problema de la salsa de aquí es que no viaja bien"). Monzón ha grabado cuatro discos --el de Postrova más los de Luna Negra, 5 Pa' Ti y Son Esperanza-- por mucho menos de lo que cuesta en España un disco normalito; además, ha logrado unas gratas portadas, hechas a partir de fotos de Youri Lenquette, un francés diminuto y peleón que firma portadas de Cesaria Evora o Manu Chao. De los clips y las entrevistas en vídeo también se ocupa Seju, que cree en el hágaselo-usted-mismo por buenas razones: "en las compañías españolas que vienen a Cuba hay mucho despilfarro, mientras que yo prefiero invertir en los músicos y en los discos".

Moverse con Seju supone descubrir una nueva Cuba, donde el arte florece entre la miseria; es grato encontrarte con habaneros que no quieren exprimirte ni se sienten particularmente obsequiosos con los extranjeros. En Cuba no faltan candidatos a guiarte, pero nunca te dejan de mirar como una cartera con patas. Y sí, todo está a la venta, aunque conviene mirar las ofertas con lupa. Por ejemplo, el gramo de cocaína cuesta alrededor de los cien dólares, pero quien te aborda para venderla suele ser el intermediario del intermediario del... ya te haces idea; lo normal es que todo se prolongue demasiado y se líe infinitamente por calles descascarilladas. No, gracias. Aunque me quedo con ganas de acudir a un antro del antiguo barrio de los chinos donde, me aseguran, acude Maradona a suministrarse. No me lo creo: demasiado perfecto.

A la busca de discos

Claro que Cuba tiende a proporcionarte ese tipo de metáforas contundentes. Eurotropical, el sello de Manzana que ahora forma parte de Gran Vía Musical, ofrece una cena en los jardines que rodean a una de las piscinas del Hotel Nacional, glorioso monumento. Una cena de lujo: al entrar, los invitados reciben una joya concebida por Chus Burés. Escuadrones de camareros sirven los manjares, pero ¡ay! resulta imposible conseguir agua o cerveza --"ésa no es mi función, señor"-- hasta el segundo plato. Y estamos en el hotel emblemático de la isla. La cara de Cristina Mantecón, de Manzana, es todo un poema de frustración.

Y los colegas cubanos insistiendo ansiosos sobre nuestra impresión de "Cubadisco". Muy sencillo: vale la pena únicamente por la concentración de actuaciones de primera, por el poder charlar con Cortés, Compay o los Papines. Para hacer negocios con discográficas y agencias es mejor cualquier otra fecha en la que los directivos están más libres. Para quienes buscan información y música aquello es pura frustración: hay "stands" de dos revistas, "Tropicana" y "Salsa Cubana", donde no se venden ejemplares (mejor no preguntar la razón). Por otra parte, allí no se entiende el concepto de la promoción: en el mejor de los casos te dan un "sampler" con muestras de sus últimos lanzamientos. Resulta que el puesto más concurrido es el que vende ropa veraniega (no preguntes). Es igual para los nativos: un locutor de radio me cuenta que a lo largo de toda la feria ha conseguido dos discos (aparte de los que le hemos traído amigos españoles); otro está feliz por hacerse finalmente con la "Misa cubana", de José María Vitier, que fue el Gran Premio del pasado "Cubadisco".

A la busca del rock cubano

País enloquecido. País en el que todos parecen follar a diestro y siniestro pero en el que no puedes soltar "palabras groseras" en público: Juan Echanove provocó un escándalo nacional al sentirse exuberante y decir en la televisión que se lo estaba pasando "de pinga". País que ha erradicado el jineterío (prostitución con encanto) de la calle --hasta el punto que la presión policial dificulta que paseen una pareja mixta de cubano(a) y extranjera(o)-- pero en el que acudes a discotecas, previo pago de diez dólares, donde increíbles mujeres (u hombres) se te acercan, estés o no estés acompañado. País de la doble moral, donde parece que todos roban o trapichean --ellos lo llaman "resolver" o "cubanear"-- y todos apoyan al régimen (inmensamente fortalecido tras el asunto "Eliancito").

País crudo para el rock. En los sesenta y setenta, el único pop aceptado era el español y todavía quedan legiones de admiradores de los Brincos, Los Ángeles, Fórmula V y compañía (a Teddy Bautista, ahora factotum de la SGAE, le emocionan unos fans trayéndole una cassette donde hacen una canción dedicada a los Canarios). País donde el rock cubano sigue siendo un concepto digno de sospecha: el crítico Humberto Manduley escribe una historia del rock nacional y el libro queda congelado en una editorial oficial durante año y medio hasta que le dicen que no, que no interesa (chocante, cuando los libros de música cubana se multiplican al ser de lo más demandado por los visitantes). A continuación, los dilemas: Humberto podría publicarlo fuera --incluso en Miami--, pero eso supondría perder al público al que está destinado (y, tal vez, crearle problemas graves). Cuba, Cuba...

Diego A. Manrique

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