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Teatro Alcázar. 29 de mayo Puede que más de uno me tache de machista, pero no tengo aprecio alguno por la mayoría de las chicas que están en esto de la música. Hay musas de chocolate y fresa, estatuas de braga y sujetador, algunas que pretenden ser artistas de peluquería y estilismo, cantantes a la vulgaridad y la simpleza, reivindicativas millonarias que se juegan la vida en su yate, adolescentes pedorras que sólo piensan con la entrepierna, pechos robustos que creen tener voz, individuas que posan con guitarras diciendo ser cantautoras y luminarias que sólo valen para galas televisivas... Chicas, en suma, que son justamente todo lo que odio del mundo del espectáculo. Puede que, por ese motivo, disfrute tanto con artistas como Tracy Chapman. Esta mujer es de las que son capaces de fundir el acero y la madera, de las que canta con una voz hipnótica que recuerda a la flauta de Hamelín, de las que posee un lenguaje tan sincero como el pasar de los días y de las que cuenta con la presencia vulgar del que se sabe vulgar. Tracy usa la guitarra como compañera y, en lugar de decir tonterías, habla. Es de las que cree que la música es un lenguaje y no el guión de un vídeoclip. Su primer disco apareció en el 88 y hasta el 95 hizo otros tres más que nunca igualaron el éxito del primero. Luego desapareció de la escena hasta que este año ha puesto en la calle "Telling stories", un álbum que ha traído consigo la gira que la hizo pasar por España. Tracy toca en teatros acompañada de una banda de cuatro personas y presenta su show como un delgado hilo que une su primer trabajo con su último disco. En su repertorio, se refiere a "New beginning" (95) con una tríada de temas ("New beginning", "Promise" y "Give me one reason") y olvida por completo sus obras del 92 ("Matters of heart") y del 89 ("Crossroads"). Todo lo que ofrece, otras quince canciones, pertenece en exclusiva a su primer y su último álbum. Es como una forma de volver al momento en el que el público más la reconoció, regresar a la música sencilla pero preciosista con la que esta mujer es capaz de emocionar hasta a las piedras. Una amiga mía decía que este tipo de artistas cantan para la piel... y es cierto. Apenas le basta a esta mujer con pulsar un par de cuerdas de su guitarra para conectar con el público, hacer reconocible sus canciones y captar la atención de todo quien pase por su lado. Luego suelta esa voz capaz de largar con ternura las letras más duras y veraces que se te puedan ocurrir... es una voz que parece un llanto, pero que llena el aire como un narrador de documentales. Su nuevo disco se lo repasó casi entero ("Nothing yet", "Less than stranglers", "Speak the word", "Unsung psalm", "Paper and ink", "Wedding song", "It's OK"...) y lo mismo hizo con su obra primeriza. Las canciones de aquel álbum fueron muy bien recibidas por el público, mucho del cual añoraba temas que reivindicaron en el momento de su aparición la figura de una mujer comprometida en contraposición a las fotocopias de casting que inundaron la música americana a finales de los ochenta. "Baby can I hold you", "For my lover", el excelente "Across the lines", "Behind the wall", un estupendo "Fast car" o la celebrada "Talking 'bout a revolution" fueron momentos mágicos dentro de un concierto mágico. Para despedirse, Tracy eligió una de las piezas que dibujan sumamente bien su música. El "Get up, stand up" escrito por Bob Marley sigue siendo una canción enteramente vigente, reivindicativa igualmente de los derechos sociales y del orgullo de la negritud. Con esta canción, la cantautora de Cleveland puso al teatro de pie y, probablemente, expectante ante el día en que vuelva a pasarse de nuevo por aquí. E.P.
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