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Tom Wait

Le Grand Rex. París

Hacía diez años que Tom Waits no organizaba una gira en condiciones. Mientras, esporádicas apariciones en conciertos benéficos o secretos donde congregar a la jet-set estadounidense han sido sus únicas exhibiciones públicas. Es obvio que él no necesita realizar tours para promocionar su trabajo y que no responde a ninguno de los estereotipos de las estrellas del rock (en la década de los noventa apenas ha editado dos discos "oficiales" sin disminuir un ápice su credibilidad y leyenda). Probablemente sea, junto a Neil Young, el cantautor clásico americano más respetado. Y eso que su música es cada vez más densa, oscura y personal.

Así lo demuestra "Mule variations". En medio de la resignación de los fans a no verle jamás, se saca de la manga, como un mago de su chistera, una gira ¡europea! La primera parte tuvo lugar en el verano del pasado año, llevándole a Alemania, Italia y Holanda. La segunda parte de su "Behind the mule tour" únicamente pasará por Varsovia y París. Ni de lejos cruzará los Pirineos. Las entradas, a una media de 10.000 pesetas, están agotadas con meses de antelación. En el último instante, y con el cartelito de "sold out" colgado para sus dos fechas parisinas, Tom decide añadir una fecha más a su cita francesa. Ni carteles, ni promoción: un par de anuncios en periódicos locales y el boca a boca funcionan a la perfección para llenar de nuevo el teatro.

Es en esta remesa cuando estos dos cronistas rompen sus huchitas de cerdo y consiguen hacerse con dos entradas para ver a uno de los músicos más escabullibles e inaccesibles que existen. El sueño mitómano de toda una vida al alcance de la mano. Total, si París está apenas a 1.260 kilómetros...

La entrada al teatro es un auténtico bullicio de fanáticos de toda Europa (y algún alucinado turista americano) que se pellizcan para comprobar que efectivamente están allí. Entre el respetable aparece un irreconocible Elliott Murphy, quien nos confiesa haber dejado a Tom Waits hace diez minutos en la puerta trasera del recinto (es sabido que desde que Elliott ha fijado su residencia en París le toca hacer de anfitrión de todos los colegas americanos que pasan por la ciudad).

La función comienza. El inicio es apoteósico. Se apagan las luces, una banda comienza con una alucinadora tonada mientras Tom Waits, megáfono en mano, avanza desde el fondo de las filas de asientos soltando por doquier confeti brillante que saca de sus bolsillos. La canción que interpreta es "The black rider", aquella banda sonora que compuso para una obra del difunto William Burroughs. Cuando acaba el tema, Tom está ya en el escenario. Tiene una pequeña tarima que le hace estar elevado sobre los cuatro músicos que le acompañan. Hay un buen montón de arena en la tarima de forma que, a cada patada o zapatazo, una nubecilla de polvo se eleva por encima del cantante creando un efecto visual simple pero muy competente.

Su voz ultraterrena y gravísima suena marciana a través del megáfono, aparato que dejará a mano para volver a él puntualmente a lo largo del recital. Después llega "Jesus gonna be here", que abre él solo con voz de bluesman infernal. Lleva un traje desarrapado --sombrero incluido-- que le da un aspecto de homeless alcohólico. La banda se une a él para seguir con el tema. Son cuatro tipos pintorescos: un guitarrista que a ratos coge el banjo; un contrabajista (Larry Taylor, viejo compinche de Tom) que de vez en cuando se pasa a la guitarra; un percusionista que, en su set, incluye batería, xilófono, un serrucho tocado con arco de violín y algún que otro cachivache más, y un teclista que a veces coge el acordeón. Francamente buenos y, por supuesto, raros.

Para la siguiente, la preciosa "Down town train", Waits coge la guitarra rítmica y se nos extrapola en ese afamado y tierno cantautor americano de baladas de oro (ése del que bien ha mamado Springsteen). Rápidamente vuelve al ácido sulfúrico en "The earth died screaming", hercúleo y tembloroso título con el que abría su maravilloso "Bone machine". Aún volvería a coger la guitarra para el viejo clásico "Heart of Saturday night" y acogería el papel de bufón "beef hearteriano" en el misterioso y brillante "Mule variations".

Tras esta iniciática sesión de indescriptibles e histriónicos caretos, de patadas al suelo que dejan polvo en el aire, de recitados a megáfono y posturas imposibles de borracho de callejón sin salida, Waits chasquea los dedos y sitúan delante de él un piano. La banda, excepto Larry Taylor, abandona el escenario y Tom, delante de nuestros ojos, se transforma en ese crooner de historias de perdedores que fue durante buena parte de la década de los setenta. Es el momento de "Chocolate Jesus", "You got to hold on" o "Johnbourg Illinois". El contrabajista las pasa moradas en algún momento debido a los inesperados arrebatos de su jefe al piano. Se diría que alguna de las canciones no estaban en el repertorio y se las aprende sobre la marcha. Es en este momento cuando Waits, sentado al piano, aprovecha a contarnos historias de perro verde entre tema y tema. Golpea las teclas alocadamente mientras nos habla de un bosque de tres árboles donde dos de ellos, grandes y fuertes, se burlan del pequeño, débil y torcido, para finalmente ser serrados por un leñador que quería los troncos buenos --así el pequeño se salvó--. También habló de su amiga Ruth, que siempre le regala por Navidad una radio metida dentro de una botella... Completaron este trozo de set el "Invitation to blues", "Cold wind", "Jockey full of bourbon" y la coreadísima "Innocent when you dream". Fue esta canción donde la gente, ya predispuesta y entregadísima de por sí, perdió los papeles y se saltó el encorsetado rollo de las butacas. Todo el mundo de pie a primera fila.

A partir de aquí, y hasta el final del repertorio, Tom vuelve a sus otros dos papeles (aparte del de etílico crooner pianista): un cantautor de tiernas joyas no pulidas y guitarra en ristre o un surrealista machacador de blues ultraterreno y enajenadas maneras. La banda se sale: percusiones imposibles y fraseos de guitarra irrepetibles, la ternura del acordeón o la viga sónica del contrabajo. A destacar las poderosas revisiones de "16 shells" o del más reciente "Who are you" del "Mule variations".

Y para ir finalizando, tres cotizados e histéricos bises (¿quién decía que los europeos eran unos sosos reservados?): primero "House where nobody lives", "Big in Japan" y Shore leaves; después un histórico "I shot he moon" (sólo recordarlo vuelve a poner los pelos de punta) y "Murder in Redport", y para acabar (y acallar) tanto griterío, se sienta e interpreta al piano una pieza inédita.

Fin. Han sido las dos horas y cuarto más intensas que estos dos cronistas hayan visto jamás. Ahora sólo queda la rabia de no poder reproducir en palabras todo el caudal de arrebatadoras sensaciones que produce este espectáculo único e irrepetible. Gracias, Tom: ha sido un verdadero y jodido placer. Ya puedes morir en paz.

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