|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
La Riviera. 27 de marzo Desde luego, esto ya no es lo que era. Si algo tenían los góticos era que, en ocasiones como ésta, sacaban todas sus galas, se ponían de dulce y se involucraban en la fiesta como parte integrante del espectáculo. Pero ver ahora a The Cure en Madrid ya no supone un desfile de pintalabios negros, ni de pelos de punta, ni de casacas y camisas con chorreras; todo el mundo parece vestirse en El Corte Inglés y ese glamour que tenían los seguidores de las bandas siniestras ha desaparecido por completo. Y es que el tiempo pasa, está claro. Si antes un concierto de esta banda era un acontecimiento masivo, ahora el grupo tiene que aterrizar en La Riviera porque Madrid ni siquiera tiene un recinto grande, disponible para albergar a la enorme mara de seguidores que obligaron a los organizadores a inventarse una segunda fecha para que The Cure no dejar a demasiada gente en la calle. En fin... Yendo a lo nuestro, habría que señalar que Robert Smith y los suyos no depararon demasiadas sorpresas, ni en lo musical ni en lo escénico. Se suponía que la banda iba a cebarse con el material de su nuevo "Bloodflowers" y, desde luego, le dieron un buen repaso. Comenzaron con "Out of this world" y mostraron también las adaptaciones para el directo de "Watching the fall", "The last day of summer", "Maybe someday", "39" y la pieza que da título al disco. Con todo, el grupo no se cortó a la hora de recordar canciones de su amplísimo repertorio. Hasta dos horas y media se tiraron Smith y los suyos sobre las tablas ofreciendo a su gente recuerdos de "Desintegration" ("Plain song", "Pictures of you", "Prayers for rain"...), "Wish" ("From the edge of the deep green sea") o su fantástico "Pornography" ("Siamese twin", "A hundred years"...) y algún otro álbum perdido como el "Kiss me, kiss me, kiss me" del 87 ("If only tonight we could sleep"). En conjunto, aquello pareció un maratón en el que apenas hubo momentos álgidos y en el que la linealidad fue nota característica, máxime cuando el grupo no tocó en su set ni uno solo de sus singles famosos. The Cure es de esos grupos que, aunque lo intenten (que no lo intentan), no tienen suficiente variedad estilística como para mantenerse tanto tiempo encima del escenario. Todo se reduce a una escenografía oscura (las luces desde abajo y desde atrás, con un ambiente sombrío que ya es marca de fábrica), un sonido que no deja hueco en ninguna esquina y una tensión creciente que hace que su música mantenga una densidad tal que te parece estar flotando en medio de mantequilla. La validez instrumental es sólida, pero excesivamente similar en todas las piezas, y únicamente la voz de Smith (asombra que pueda mantener la serenidad y la eficacia durante tanto tiempo seguido) puede arrancar al público un cambio de postura o una salida del embobamiento que genera la música hipnótica de la banda. Apenas unas filigranas de luz en el telón de fondo ("eso es un accidente", comentaba mi chica extrañada ante la aparición de una luz amarilla) y alguna que otra palabra en castellano por parte de Smith fueron las únicas salidas de tono de un show que se movió entre la oscuridad, los recuerdos y la paciencia (para quienes no fueran fans, claro). Al fin y al cabo, de lo más previsible; excepto, claro, en la indumentaria del público. ¿Cómo se puede ir a un concierto de The Cure con una minifalda naranja? ¡Por Dios! E.P.
|