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La Riviera. 19 de marzo. Lo de irte a escuchar música instrumental en un sitio como La Riviera con el aforo prácticamente completo es siempre una aventura que no sabes por dónde va a salir. Los músicos que reniegan de un vocalista suelen centrar su espectáculo, única y exclusivamente, en ellos mismos y eso supone, la mar de las veces, un soberano aburrimiento que se hubiera trocado en disfrute si te hubieses quedado en casa, con una copa, escuchando cualquier álbum del virtuoso en cuestión. La vez anterior que vi a Vai (no es un hombre que se prodigue mucho por aquí), me pareció un artista inmaduro que difícilmente sabía poner su música en directo. Vino acompañado de un vocalista loco que se subía por las paredes y que se asemejaba a un mono encerrado en el zoo. En esta ocasión, sin embargo, el guitarrista decidió evitar espectáculos como aquél y llegó a Madrid acompañado de músicos solventes y sin otro frontman que él mismo. Y allí, según aterrizó, se montó un concierto para quienes él sabía que eran su público potencial. Si alguien quería escuchar canciones podía irse a cualquier otro sitio porque, ahora, un concierto de Vai es uno de "guitarra y grupo". Eso supone que, puestos a querer disfrutarlo, o te quedas con las virguerías que este hombre es capaz de hacer con los dedos o con la música que sale de los altavoces. Cualquiera de las dos te entretendrá si es eso, lógicamente, lo que vas buscando. Si lo que quieres es bailar, pegar botes con ritmos machacones o cantar a coro los estribillos de las canciones más conocidas aquí no tienes nada que hacer. Afortunadamente, Vai trajo a Madrid como telonero a Eric Sardinas, artista que, por lo que me cuentan (no llegué a verlo), sí puso el contrapunto divertido y personal que siempre se agradece en una fiesta, aunque sea una fiesta guitarrera. Vai, por el contrario, sabe que todo se le va a tolerar, que puede dejar a la audiencia boquiabierta en cualquier momento que se le antoje y que, puestos a divertirse, quien se tiene que divertir es él. Probablemente por ello, al norteamericano no le cuesta nada parar el concierto y ponerse a hacer chistes con su promotor o tirarse un tiempo respetable buscando el ruidito que más le gusta. Todas esas cosas son como descansos para que la audiencia se prepare ante lo que puede venir. Y lo que viene, claro, es una exhibición de cómo se toca la guitarra, de cómo se trabaja con los efectos, de cómo ligar y ligar esquemas sin que nada suene forzado y de cómo se pueden mover los dedos más rápido de lo que la vista puede llegar a abarcar. Para quien iba a ver a Vai el concierto resultó, a la larga, estupendo. Sonó con suficiente contundencia, hubo ambiente, el artista colaboró exhibiendo sus personales modelos de instrumento y recuperó sus temas más conocidos para quienes le hayan seguido desde que comenzó. Tuvo la espectacularidad que se podía suponer y aportó música por kilos que difícilmente otro guitarrista podrá crear a no ser que tenga el mismo talento que el querido Steve. Además, y para que no faltara nada, el acompañamiento no estaba cojo por ningún lado, ya que todos los músicos demostraron suficiencia y, por momentos, cabían dudas sobre cuál de los guitarristas que había en escena era mejor a nivel técnico. Aplaudible, por tanto. E.P.
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