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Círculo de Bellas Artes. 5 de abril Es evidente que el folk está cambiando de un tiempo a esta parte. Después de una edad de oro en los años setenta y de un completo desarraigo durante los ochenta, la última década del siglo ha traído una nueva visión de lo que popularmente se ha denominado como música folk. En estos diez años, la mayoría de las figuras consolidadas han cedido a lo evidente, al hecho de que la música tradicional no está reñida con las nuevas sonoridades, y ello ha generado nuevas formas de ver este estilo teniendo, además, una enorme repercusión popular. Los irlandeses Sin é son de los que van un paso más adelante todavía. Para ellos la música tradicional no es sino sonido y una limitada parte estructural. No componen sobre ello, sino "con" ello, y, por tanto, el resultado de su música da al folk una nueva dimensión en la que únicamente lo más reconocible de una gaita o un violín hace pensar que estamos ante melodías ancestrales. El resto es deformar y crear para encontrar algo nuevo y, para ello, cualquier cosa vale si el resultado es estéticamente bello. En su reciente "Deep water dropoff", el cuarteto muestra por dónde van sus tiros y su particular visión de lo que "antes" era la música tradicional. En directo, incluso apoyado en esos principios, el resultado es más desigual habida cuenta que, cuando se investiga tanto sobre el aspecto sónico, la presentación ante el público suele quedar en un segundo plano. Respecto a este tema habría que tildar a Sin é como un grupo sin experiencia internacional que todavía tiene que vencer muchos miedos a la hora de presentarse fuera de su circuito. Eso pareció evidente en su presentación en Madrid, pero, del mismo modo, quedó claro que su concepto musical es válido y sirve de punto de partida para unos resultados agradables y sólidos. Vamos a tener que quitarnos ya, definitivamente, la idea de que el folk es una música festiva que tira de la tradición. Propuestas como las de Sin é convierten al género en una música de cámara en la que el público cuenta más bien poco. Ello podría entenderse como algo antinatural cuando se está hablando de folklore, pero el caso es que el folklore del siglo XXI se parece poco al que tenía éxito en los años setenta. Ese, obviamente, quedará y mantendrá su espacio para grupos y para público, pero cada día es más evidente que el nuevo folk, el que no reniega de tratamientos de estudio, samplers, fusiones culturales y sintetizadores, es el que escribirá la próxima página de la historia de este género. E.P.
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