|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
|
La Peineta. 18 de mayo Las veces que Carlos Santana y su banda se habían dejado caer por aquí siempre habían exhibido una explosión percusiva capaz de secar los nervios de cualquiera. Puede que fuera por ello que el concierto de La Peineta no me hacía prever nada diferente a lo ya visto y, por ende, veía caerse sobre mí otro dolor de cabeza después de una danza tribal de más de tres horas. Pero, para bien de todos, Santana ha cambiado y lo ha hecho a mejor. Sigue (y seguirá mientras viva) teniendo ese toque místico que le hace presentarse ante la audiencia madrileña "acompañado de ángeles", pero, al menos en esta ocasión, todo el show se muestra mucho más medido y adecuado a una audiencia que, por suerte o por desgracia, no han nacido en medio de la jungla. En los espectáculos que el guitarrista ofrece dentro de su actual gira el protagonista "real" es su guitarra y el elemento de percusión, aunque continúa teniendo una presencia de primera línea, no se come en ningún momento lo que, al fin y al cabo, la gente va a ver. Esto, de todos modos, es la opinión de alguien que ha visto a Carlos Santana unas cuantas veces, pero quizás no responda del mismo modo aquél o aquélla que no haya visto antes el show del chicano en directo. Un amigo con el que asistí al concierto, por el contrario, terminó hasta el gorro de congas, timbales, cencerros y demás. Me alegré por él, ya que si hubiera visto el mismo concierto hace una década es probable que estuviera aún en el sanatorio. Ahora Santana asume que es un músico para mayorías, no mira en exceso al pasado y ofrece un show preparado para grandes audiencias. Una pantalla de vídeo circular detrás del grupo va pasando películas realizadas de acuerdo al repertorio mientras que otras dos laterales retransmiten el concierto con una acertada producción para quienes, por tamaño o lejanía, no alcanzan a ver lo que ocurre encima de las tablas. Su banda, menos numerosa que en otras ocasiones, no deja de incluir a dos percusionistas y una pequeña sección de viento, lo que, en la música de este hombre, siempre añade salero y calor aun cuando ni la trompeta ni el trombón fueran instrumentos que tuvieran demasiado protagonismo más allá de los bises. Siendo consciente de que mucha de la gente que asiste ahora a ver a Santana le conoce única y exclusivamente por su exitoso "Supernatural", Carlos da amplia cabida a las canciones de dicho álbum. Nada más empezar, y tras hacer su invocación a los famosos ángeles que le guardan, puso a la gente a la línea con "Yaleo", "Migra" y "Corazón espinado", tres de los temas de su último disco que animaron al personal y que mostraron una banda compacta pero con malos vocalistas. "Supernatural" volvería a aparecer con un "María María", cuya introducción extrajo Carlos del famoso adagio del "Concierto de Aranjuez", y con "Abrica Bamba" ya en la última recta del concierto. El resto de lo ofrecido, con un sonido acertado y limpio (excepto en las voces, pero no creo que fuera problema del sonido), tiró de recuerdos ("Europa" del "Amigos", "Guajira" de su álbum del 71, "Black magic woman/ Gypsy queen" y "Oye como va" del "Abraxas"...) y dio cancha a piezas que aquí no han tenido demasiada repercusión habida cuenta del poco cartel que ha tenido el guitarrista en la última década. Como nota pintoresca y curiosa, Carlos invitó a Javier Vargas a marcarse un par de temas con él. "Super boogie" quedó un poco desangelado, pero "Sácalo" sonó perfectamente en uno de los momentos más lindos de la noche. A destacar también la excelente actuación de Chester Thompson y Rodney Holmes, teclista y batería del grupo y verdaderos pilares del actual sonido "santanero". El público, que acudió en buen número, supo premiar a todos en el número final que cerró el concierto, ese legendario "Jin-go-lo-ba" que viera la luz en el 69 y que Santana recrea en cada una de sus actuaciones. E.P.
|