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Salif Keita

Patio de Conde Duque. 12 de julio

Motivos de embotellamiento en carretera general nos impidieron llegar al concierto de Youssou N'Dour dentro del programa de lo que este año es el "Jazztel Festival", si bien, con mejor suerte, sí asistimos a la otra gran oferta africana del cartel: la del músico de Malí Salif Keita. El caso es que no sé a ciencia cierta si tuvimos tanta suerte. Yo esperaba de Keita un desparramo de energía y una solidez artística que respondieran al cartel de uno de los máximos exponentes de la música del continente del sur, pero, por lo que sea, este albino anda ahora en una temporada muy sosegada y eso también se evidencia en su puesta en escena.

"Papa", su último álbum, ya avanzaba que lo sinuoso y curtido es lo que domina ahora en el universo musical de este hombre y eso se hizo más palpable en el repertorio que eligió para presentarse ante el público madrileño. Unicamente el "Nou pas bouger (Don't move us)" que cerró el concierto trenzó comunión con el público y animó los pies de los asistentes, algunos de los cuales fueron subidos al escenario por el propio Keita. Aquel tema del 89 cerraba una noche en la que el elemento instrumental sobrepasó a toda la oferta vocal del de Malí. El parecía más centrado en su mensaje que en el terreno de la viveza y prefirió buscar entre sus piezas más sutiles y en arreglos que primaban la piel antes del sudor.

Arrodillándose después de cada tema para dar gracias al público, Salif hizo especial hincapié en las canciones de "Folon" ("Africa", "Tekere", "Sumun", "Manyou"...), probablemente el mejor disco que ha firmado. Los músicos jugueteaban alrededor de las canciones con cierta libertad, pero con un ejercicio de contención que al público le hubiera gustado se superara en más de una ocasión. También hubo un recuerdo para el "Amen" del 91 ("Lony") y, lógicamente, material de su nueva obra, aunque no en abundancia. Unicamente dos piezas (el "Bolon" que abrió el concierto y "Tolon Willie") fueron las elegidas para presentar a los españoles el álbum más reciente de este personaje.

Por si aún no quedara claro el momento de Keita, éste arrancó los bises tocando en solitario la kora y cantando sin más acompañamiento instrumental. El, vestido enteramente de blanco y con poco contacto con sus exóticas bailarinas, ejerció de ángel tanto en vestimenta como en actitud. Era la tranquilidad echa carne y él la trasladó a las gradas.

El concierto le quedó precioso, pero mostró únicamente la faceta más ligera de las que uno quiere disfrutar cuando se sienta delante de un monstruo como éste. Nada sería reprochable si viniese más a menudo, pero lo malo es que esa circunstancia no se da últimamente.

E.P.

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