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Ryuichi Sakamoto

Teatro Alcázar. 15 de febrero

Sakamoto quería tocar una sola vez en Madrid y en un teatro pequeño. El resultado fue que las entradas se acabaron enseguida y que un numeroso público (futuro) se quedó colgado a las puertas del teatro viendo que las taquillas ni siquiera abrían. Y es que, aparte de que casi todos los japoneses que había en Madrid se dieron cita en el Alcázar, hay que reconocer que este hombre tiene un tirón impresionante. En principio se anunció un concierto de piano solo, luego se conoció la noticia de que la primera parte sería una sesión con el pianista en plan DJ y al final terminó siendo un baño de aplausos proveniente de un público rendido de antemano que no iba a poner ningún reparo a lo que hiciera Sakamoto.

Ese hecho, el estar por encima del bien y del mal para mucha gente, le permite al japonés exponer, jugar con el riesgo y apostar por el terreno vanguardista, pero, a tenor de lo visto, no parece que, a estas alturas de su carrera, Sakamoto esté en esa tesitura. Se presentó en un escenario negro, vestido de negro, con dos pianos negros y con un set de DJ en el que realizó una introducción decepcionante (igual le daba Bela Bartok que un cuento narrado en inglés, un discurso en alemán o la interferencia de un móvil) para sentarse directamente y ofrecer al público lo que mayoritariamente estaba buscando.

El repertorio venía dado principalmente por el recientemente editado en Europa "BTTB", un álbum de piano solo que sirve de argumento para la gira. Para reproducirlo con fidelidad, Sakamoto utiliza dos instrumentos enfrentados y una unidad de control de piano de Yamaha, la PPC500R. Ahí ponía sus diskettes cuando creía conveniente y, de ese modo, modificaba las tonalidades a fin de no estar jugueteando demasiado por todo el teclado y, al mismo tiempo, subir y bajar octavas según requiriera la composición. Mientras iban sonando "Opus", "Intermezzo", Lorenze and Watson" y otras, en el fondo del escenario una minipantalla ofrecía mensajes escritos que, juntos, deberían significar algo. El caso es que estaban tanto tiempo puestos que, cuando volvías a mirarlos, ya no sabías si habían cambiado o estabas todavía con el "snow, hands" o "in the clouds" de turno.

El público se mostró más agradecido cuando comenzaron a aparecer los scores de "The sheltering sky", "High heels" o "The last emperor", pero, en el fondo, Sakamoto consiguió captar enseguida la atención de la gente con interpretaciones pulcras, muy intimistas y, por momentos, arrebatadoras. Especialmente llamativa resultó la versión de "Merry Christmas, Mr. Lawrence", que realizó en el primer bis, o su famoso "1919". En conjunto resultó una oportunidad de ver cómo se las gasta en directo el japonés y, a tenor de eso, el asunto quedó bastante poco resultón. La oscuridad reinante (apenas algún foco lateral ocasionalmente) favorecía un ambiente cuasi religioso en el que todo el mundo guardó el guión escuchando la homilía pianística y recitando sus oraciones con aplausos cuando tocaba.

E.P.

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