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Velódromo de Anoeta. 26 de mayo Hace poco leía en un periódico que Pearl Jam fue unos de los máximos representantes del grunge. El caso es cierto, pero eso no debe de ponernos una venda en la cara. Los americanos hacen rock desde que se inventó y, cuando el mercado se muestra remiso, buscan una ciudad, se inventan una etiqueta y vuelven a reinventarlo. Pearl Jam es un grupo de rock, con toda su idiosincrasia y con todos sus argumentos, pero, en lugar de referirse a los setenta y a su parafernalia, son de los que apenas tienen imagen; no quieren aparecer en la prensa, cuidan a sus fans como oro en paño y, cuando desaparezcan, no podrán decir que han inventado nada, aunque sí presumirán de tener un carro entero de buenas canciones. Eso, por lo menos, es lo que demostraron en San Sebastián en su segundo show dentro de la minigira española, la cual, como viene siendo habitual, no pasó por Madrid. Después de dos horas y pico de concierto uno puede poner en cuestión el tema del sonido, lo sosos que se muestran mientras el público está causando un terremoto o el mínimo espectáculo que llevan dentro de tanto camión, pero lo que se hace inapelable es que el repertorio que tiene esta gente después de diez años tocando es, sencillamente, imponente. En el velódromo donostiarra les telonearon The Vandalls, con ese espectáculo macarra en el que sueltan punk con sonido de lata y el vocalista termina desnudándose como si eso emocionase a alguien. No fueron nada del otro mundo, pero a muchos nos sirvió para conocer el local. Grande, sin gradas en la pista, es aprovechado en toda su intensidad. Si te aburres puedes ir a uno de los bares de los que dispone, tomar lo que quieras (lo-que-qui-e-ras) con precios razonables (ra-zo-na-bles) y volver con espacio suficiente como para sentarte o mezclarte con la gente más activa. Pearl Jam salió en su hora viendo cómo, enseguida, el recinto se llenaba de vapor procedente de la gente. Afuera había caído una de esas trombas que empapan hasta al más prevenido y la mayoría del público entró al recinto completamente empapado colaborando a que su cuerpo evaporara de todo e hiciese más resbaladizo todo aquello que pudiese resbalar. Vedder empezó a desgranar la letra de "Release" mientras los focos apenas aparecían y el sonido comenzaba a dar síntomas de desnutrición. Enseguida, con una tripleta que agrupaba "Given to fly", "Do the evolution" y "Corduroy", aquello comenzó a tener cuerpo, pero el sonido siguió mostrándose remiso a aparecer y quienes tenían situaciones menos privilegiadas tenían que aguzar la oreja si querían disfrutar de lo importante. En teoría, Pearl Jam realiza esta gira para presentar "Binaural", su último trabajo, pero, aunque el disco estuvo presente en la escenografía y en un montón de canciones, no hizo su aparición hasta "Of the girl". Allí, con una guitarra afilada y momentos al borde del blues, Pearl Jam evidenciaba que, antes que de modas y diseños, ellos son un grupo que ha mamado de lo clásico y que adora el sonido natural del rock. Después, el recuerdo de "Jeremy", de su álbum de debut, trajo la primera explosión de la noche, con el público rendido y loco por colaborar. "Binarual" volvería a aparecer con "Light years", "Nothing as it seems", un impresionante "Breakerfall" e "Insignificance", pero el resto del enorme setlist que atacó el grupo dio un repaso concienzudo a casi todas las canciones que son algo en su discografía. "Even flow", también de su debut, "Faithfull", del "Yield" o "Daughter", de su fantástico "Versus", dieron pie a uno de los momentos más felices de la noche, con el público coreando cada pieza y con el grupo mostrado en toda su intensidad. Eran, precisamente, estos momentos en los que se echaba de menos la potencia del sonido, pero, como consuelo, quedaba la fantástica escena de ver Anoeta como un solo cuerpo de dieciocho mil brazos entregado totalmente a la música. "Versus" volvió a aparecer con "Rear view mirror" y con un estupendo "Go" mientras que "Vitalogy" tuvo su protagonismo en las interpretaciones de "Better man", "Last exit" e "Inmortality", plantadas todas de un tirón con intermedios para "Insignificance" o "Hail, hail" (de "No Code"). "Alive", una de las canciones emblemáticas del grupo, cerró lo que, en principio, parecían los bises, pero el grupo no se resistió a volver a aparecer viendo cómo estaba respondiendo la gente y sabiendo que se habían guardado algún que otro plato fuerte que también era digno de cerrar el show. Así, después de hacer "Whipping", Vedder cogió una armónica, abordó los primeros compases del "Hoochie Coochie Man" y dejó espacio para un inmenso "Smile" que hizo babear a casi todo el personal. Realmente bordaron el tema; pletóricos y lúcidos como en muy pocos momentos del show, supieron sacarle un partido inmenso a la canción. El cierre, ya con las luces del velódromo encendidas, fue con "Yellow ledbetter" y con el recinto boca abajo. En realidad, el espectáculo pareció un poco escueto, pero si hay algo que caracteriza a Pearl Jam es su falta de efectismo y su sobriedad sobre el escenario. Su mejor argumento es su música y la interpretaron con empaque y solidez, centrándose mucho más en el terreno de conjunto que en carreras o guiños. Personalmente, me pareció que la gente salió sumamente contenta, aun cuando los más fans todavía echaron de menos algún que otro tema. Algunos decidieron continuar la fiesta como el acontecimiento se merecía mientras que otros (sniff) no podíamos sino volver a los autocares que nos iban a distribuir por media España. Esto de que los conciertos grandes no pasen por Madrid se está convirtiendo ya en algo bastante triste. E.P.
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